Carlos Omar López López es doctor en ciencias médicas y académico del Instituto de Investigación Aplicada y Tecnología (InIAT) de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.
Los avances tecnológicos han transformado radicalmente la historia de la humanidad, logrando una extensión sin precedentes en la expectativa de vida. Mientras que, a principios del siglo XX, el promedio de vida oscilaba apenas entre los 35 y 45 años, hoy, en diversos países desarrollados esta cifra supera los 80 años e incluso alcanza el centenario. En México, este indicador se sitúa alrededor de los 75 años, manteniéndose una tendencia de mayor longevidad en mujeres que en hombres.
Estos cambios en nuestra forma de vivir —y de morir— es el resultado directo de una revolución en el campo médico y de la salud pública. Factores determinantes como el fortalecimiento de la medicina preventiva, el descubrimiento de los antibióticos, la optimización de la nutrición, el acceso universal al agua potable y sistemas de salud más completos han sido pilares fundamentales.
Sin embargo, este éxito ha traído consigo una compleja transición epidemiológica. Al extender nuestra vida, nos enfrentamos ahora a una nueva gama de procesos de salud/enfermedad asociados al envejecimiento y a la exposición prolongada a factores ambientales, toxinas y carcinógenos.
Dentro de los padecimientos más temidos y desafiantes en el campo clínico se encuentra el cáncer, el cual ha sido históricamente una batalla de desgaste —económica, emocional y familiar— para quienes lo padecen, así como reto para el gasto público en los sistemas de salud.
Cada año, el 4 de febrero, se conmemora el Día Mundial contra el Cáncer, una oportunidad para reflexionar no solo sobre los avances médicos, sino también sobre los desafíos persistentes que representa esta enfermedad en nuestras sociedades.
Según la Organización Mundial de la Salud, cada año se diagnostican cerca de 20 millones de casos nuevos de cáncer a nivel mundial, siendo los de pulmón, mama y colorrectal los más frecuentes y con mayores tasas de mortalidad. En México, el panorama es igualmente crítico: el cáncer es la tercera causa de muerte en el país, con aproximadamente 195,000 nuevos diagnósticos anuales. El cáncer de mama es el más frecuente y letal entre las mujeres mexicanas, mientras que el de próstata encabeza la lista en hombres. Por desgracia, cerca de la mitad (46%) de estos pacientes fallece por esta causa.
Con el desarrollo de nuevas estrategias para la obtención, procesamiento e interpretación de información médica —como historias clínicas electrónicas, estudios de imagen y análisis de laboratorio— se abre un nuevo horizonte en el abordaje diagnóstico y terapéutico del cáncer.
La inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta potente e indispensable para el radiólogo, permitiendo analizar miles de imágenes (resonancias magnéticas, tomografías, mastografías) en segundos, lo que permite detectar alteraciones sugerentes de malignidad (dimensiones, forma, extensión de tumores, microcalcificaciones, etc.), algunas de las cuales podrían pasar desapercibidas para el ojo humano debido a limitaciones biológicas o simple fatiga. Lo que ha resultado en una mejora significativa para los protocolos de diagnóstico y seguimiento del paciente con cáncer.
El desarrollo computacional y la creación de algoritmos avanzados han permitido el análisis detallado de la información genética, lo que ha impulsado la medicina personalizada. En el caso del cáncer, esto ha significado que dos personas con el mismo tipo de tumor, como el cáncer de mama, puedan recibir tratamientos distintos, diseñados específicamente para su perfil molecular, lo que mejora la efectividad de los tratamientos y reduce sus efectos secundarios.
Si esto ocurre con el cáncer, imaginemos lo que puede suceder con el estudio, manejo y seguimiento de otras enfermedades como la diabetes, hipertensión o artritis, por citar algunas que, si bien pueden considerarse menos catastróficas, son igualmente complejas, afectan a millones de personas en todo el mundo y deterioran de manera significativa la calidad de vida.
Estos ejemplos nos permiten observar cómo el desarrollo tecnológico ha tenido un impacto favorable no solo en los años que vivimos, sino también en la calidad de vida durante esos años. Enfermedades que hace no mucho tiempo eran sinónimo de muerte, hoy pueden ser tratadas con éxito gracias a la ciencia y la personalización terapéutica.
Por lo tanto, el reto actual de la medicina no es solo añadir años a la vida, sino garantizar que esos años ganados se vivan con plenitud, enfrentando los desafíos de un cuerpo que habita en un mundo tecnológicamente avanzado, pero biológicamente demandante.
Al final, cada avance tecnológico debe tener un propósito mayor: permitir que más personas vivan más años… y que vivan mejor.


