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La montaron hasta fracturarla, la dejaron tirada y, cuando llegó la ayuda, se tomó una difícil decisión: “Había una luz en su interior”

2025/11/27 14:00
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Cuando llegaron al lugar, estaba desplomada. Incapaz de ponerse de pie por sus propios medios, su estado era crítico. El dolor era evidente y todos comprendieron de inmediato que el animal estaba sufriendo.

“Supimos del caso luego de recibir el aviso de que una yegua había sido montada de manera violenta por una persona que, tras verla desplomarse, huyó sin brindarle asistencia”, recuerda Agustina Franconeri, voluntaria de la ONG Caballos en Libertad de La Plata, uno de los principales epicentros de maltrato y abandono equino.

Por una “bichera” en la cabeza, lo espantaban y le tiraban insecticida hasta que alguien lo encontró agonizando: “Era un infierno de gusanos”

Al potrillo le colocaron una mascarilla de oxígeno que lo ayudó a respirar por 30 días.

Rápidamente, el equipo de voluntarios de la ONG se puso en acción y se involucró en el caso. Una vez que la yegua fue puesta a salvo y trasladada desde Doomselar al refugio que la Asociación Civil tiene en esa ciudad, se procedió a una revisión médica. Allí, el veterinario ad honorem Juan M. Oliden constató que el animal presentaba una fractura bilateral de fémur, una lesión extremadamente grave y sin opción de tratamiento quirúrgico.

“Este tipo de fractura compromete vasos sanguíneos, masa muscular y estabilidad estructural. Y no cuenta con protocolo quirúrgico viable en equinos adultos por la imposibilidad de soportar carga durante la recuperación”, detalla el experto que trabaja de forma voluntaria junto a la ONG. Por eso, con inmenso dolor, debido a la severidad de las lesiones, la imposibilidad de recuperación y el sufrimiento extremo que la yegua padecía, se tomó una decisión que fue tan triste como dolorosa.

Se le hicieron estudios para evaluar el estado de sus pulmones, inmaduros al momento del nacimiento.

Para evitar el sufrimiento en un cuadro sin tratamiento posible e irreversible, tomamos la difícil decisión de proceder a la eutanasia humanitaria. Las razones médicas fueron el dolor extremo refractario a cualquier analgesia disponible que presentaba la yegua; el pronóstico vital nulo, ya que las fracturas bilaterales de fémur son incompatibles con la vida en equinos y el riesgo de shock traumático y agonía prolongada”, aclara Oliden.

Una sonda de alimentación le permitió a Chimy salir adelante.

El caballo es un gran ocultador del dolor”, asegura la escritora e investigadora sobre lenguaje, comportamiento y comunicación equina, Agustina Rebagliati (@entrecaballosok). “Por eso, las causas de la fractura pueden ser múltiples. Es probable que la yegua haya sido sobreexigida, que haya sido montada ya fracturada, que la fractura se haya producido por algún trauma, golpe, patada de otro caballo. También la pudo haber quebrado la persona que la montó y que estuviera descuidada su nutrición”, detalla la experta.

Sin embargo, había un detalle que complicaba aún más la situación. La yegua estaba preñada al momento del rescate y, aunque ya no se podía hacer nada por ella, en su interior todavía brillaba una tenue luz de esperanza. Su pequeño potrillo inmaduro de unos 10 meses, todavía se encontraba vivo dentro de ella.

Caballo en recuperación

“Cuando un potrillo llega al mundo, necesita del cuidado y la contención de su madre, tal como ocurre en todos los nacimientos. Pero esa posibilidad le fue arrebatada a Chimy. Su mamá había sido montada de manera salvaje por una persona que, al verla desplomarse, huyó del lugar sin brindarle asistencia, y la condenó a la muerte”, dice Agustina con tristeza.

La llegada al mundo de Chimy fue de la forma más trágica y su destino parecía que era morir junto a quien lo había engendrado. El nacimiento debió realizarse mediante cesárea, y desde ese instante comenzó una carrera contra el tiempo. “Ese pequeño corazoncito que no lograba latir, nos hizo pasar los 10 minutos más largos de nuestras vidas. Pero una vez que lo logró, latió más fuerte que nunca. Esa fue la noche en que le arrebatamos un ángel al cielo, para tenerlo hoy junto a nosotros”, recuerda entre lágrimas Agustina.

Chimy evolucionó de forma positiva.

El pequeño requirió cuidados intensivos día y noche: asistencia permanente, alimentación controlada, medicación endovenosa y oxígeno las 24 horas. Durante sus primeros días sufrió dos episodios de asfixia perinatal con convulsiones, de los que pudo recuperarse gracias al trabajo del veterinario Juan M. Oliden y de los voluntarios. Su evolución fue lenta pero constante y, lentamente, pudo superar todas las etapas críticas sin secuelas.

Chimy fue alimentado de forma manual con leche sustituta formulada para neonatos equinos.

Atrás habían quedado los momentos en los que reinaba la incertidumbre, las imágenes de Chimy conectado al tubo de oxígeno mientras se debatía entre la vida y la muerte, de ese bebé tan frágil y tan débil, que no podía siquiera alzar su cabeza, que daba pasos erráticos y temblorosos, que sólo se podía poner de pie si era sostenido por los voluntarios.

Los voluntarios brindaron contacto físico constante para suplir la contención materna.

Sin una madre que pudiera criarlo, el equipo veterinario y los voluntarios asumieron completamente ese rol: alimentaron a Chimy de forma manual con leche sustituta formulada para neonatos equinos; ofrecieron estímulos de bipedestación y movilidad para favorecer el desarrollo osteoarticular; aseguraron la vigilancia continua para evitar infecciones, hipoglucemia, hipotermia o fallas respiratorias y brindaron contacto físico constante para suplir la contención materna, indispensable en el neurodesarrollo de los potrillos.

Hoy, Chimy crece sano, feliz, relinchando y galopando con su melenita al viento.

“Cada avance, cada intento por ponerse en pie y cada señal de vitalidad nos llenaron de emoción y orgullo a todos los que estuvimos a su lado. Hoy, Chimy crece sano, feliz, relinchando y galopando con su melenita al viento. Aunque nunca pudo conocer el amor de su mamá, encontró el de las personas que lo alimentaron, lo cuidaron y lo vieron desarrollarse día a día. Y, aunque no esté físicamente, sabemos que desde el cielo su mamá lo acompaña siempre. Chimy es un símbolo de resiliencia y también un recordatorio de la importancia de proteger a los animales y denunciar cualquier forma de maltrato”, concluye con emoción Agustina.

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