El lado oscuro Luis Manuel Arellano   En el Día Mundial de Lucha contra el sida enfrentamos una paradoja; sabemos cómo controlar esta epidemia pero no la estamos controlando. Si la infección puede prevenirse y diagnosticarse a tiempo, ¿por qué se complica hacerlo? No es responsabilidad de nadie en particular pero si de todos en conjunto. La resistencia a coordinar esfuerzos y reconocer mejores prácticas es combustible para mantener activa la epidemia. ¿De qué se alimenta el VIH? ¿De quienes no usan condón? Para nada. Este virus se nutre de la fatuidad institucional e incluso comunitaria que impide mirar hacia el mismo lugar, bajo las mismas metas. Sucede como en las batallas perdidas; abundan generales y capitanes pero falta tropa. Las estadísticas de incidencia anual y de mortalidad -a pesar del subregistro- tiran cualquier argumento complaciente. Basta con revisar el seguimiento epidemiológico oficial; los números no dejan de crecer.  A más de cuatro décadas de epidemia, el daño inicial del VIH quedó sustituido por el impacto de las malas decisiones. La estigmatización limita, pero también la soberbia del personal médico que sigue sin comprender las expresiones culturales del sida y sus determinantes sociales. En esta tozudez colectiva otro tanto lo aporta esa necesidad de algunos activismos para asumirse redentores de la salud comunitaria; acciones de histrionismo que no contribuyen a controlar la epidemia pero que la degradan al transformarla en espectáculo. En México abundan los recursos financieros y humanos contra el sida, pero se han invertido mal. Hay mucho personal contratado en los servicios de prevención y atención que complican las intervenciones y, por si fuera poco,  existe otro ángulo necesario de abordar: el monopolio de la ciencia médica y en general de la medicina para dictar e imponer una única lectura sobre el sida y además en idioma inglés.   Al paso de los años queda claro que esta epidemia tiene asideros ideológicos. El punto de control se ejerce a través del Programa Conjunto de las Naciones Unidas para el Sida (ONUSIDA), desde donde se le dictan al mundo los lineamientos y metas a seguir para derrotar la epidemia, a través de una burocracia muy bien pagada que cuenta con oficinas en 82 países. En gran medida, ONUSIDA ha contribuido a que el sida esté anclado en el ethos de la ciencia médica neoliberal. Retomando la visión del investigador Leonardo Viniegra Velázquez, pueden aplicarse a la dinámica del sida algunos “caracteres degradantes” de esta cooptación ideológica. En primer lugar la especialización reduccionista y excluyente con la cual se toman decisiones, tanto de los expertos como de funcionarios del sector salud negados a revalorar la interrelación de la epidemia con el entorno en que se expresa. En segundo lugar puede citarse la competitividad. La historia del sida ha sido también la confrontación de saberes y de tratamientos. La industria farmacéutica persigue el control del oneroso mercado de antirretrovirales e impone esquemas de tratamiento que los órganos reguladores estandarizan. En tercer lugar aparece el consumismo. Es aterrador el hecho de que millones de personas deben tomar medicamentos de por vida ante la supuesta (para mí, dudosa) imposibilidad de encontrarle cura a la epidemia. 
 Por cierto, los ideólogos del libre mercado impiden la fabricación de medicamentos genéricos para defender la enajenación de patentes.  Siguiendo a Viniegra Velázquez, ¿alguien puede negar que “la prioridad” de los tratamientos está determinada por la industria farmacéutica y que la venta de antirretrovirales sigue criterios económicos, que se negocian en función de su precio y volumen de compra? Indudablemente los antirretrovirales tienen muchas aportaciones para evitar la muerte de los pacientes e incluso son valiosos en la prevención. Sin embargo, sus contribuciones en materia de virología y biología molecular no están siendo orientadas a encontrar la cura ni la vacuna; para las farmacéuticas lo importante es conservar y seguir explotando los mercados de venta de ese medicamento, incluso en personas seronegativas a quienes se les ofrece como profilaxis. Comprender el papel de la ideología del libre mercado en las decisiones tomadas para controlar el VIH puede ayudarnos a romper el paradigma con el cual se le ha enfrentado; un modelo perjudicial para la salud pública pero benéfico para la industria farmacéutica.  Ante el sida la visión de la medicina es insuficiente. La epidemiología necesita abrirse a las ciencias sociales que dimensionan el proceso de transmisión sexual silenciosa del VIH y que pueden explicar el peso de las determinantes sociales para el control efectivo de la epidemia. México necesita definir sus propias metas operativas; las del ONUSIDA son inalcanzables. Como sucedió con las metas del milenio del 2015 tampoco se concretarán en nuestro país las metas del 2030. ¿Qué sentido tiene conmemorar el Día Mundial de la Lucha contra el Sida sin reconocer los factores que impiden su control?  ReferenciaViniegra Velázquez, Leonardo. “Ciencia y salud en nuestro tiempo. Crítica del pensamiento filosófico y científico en el campo de la salud”. Ed. Fondo de Cultura Económica, 2023, México.   @LuisManuelArell       Columnista: Columnista invitado ComunidadImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0El lado oscuro Luis Manuel Arellano   En el Día Mundial de Lucha contra el sida enfrentamos una paradoja; sabemos cómo controlar esta epidemia pero no la estamos controlando. Si la infección puede prevenirse y diagnosticarse a tiempo, ¿por qué se complica hacerlo? No es responsabilidad de nadie en particular pero si de todos en conjunto. La resistencia a coordinar esfuerzos y reconocer mejores prácticas es combustible para mantener activa la epidemia. ¿De qué se alimenta el VIH? ¿De quienes no usan condón? Para nada. Este virus se nutre de la fatuidad institucional e incluso comunitaria que impide mirar hacia el mismo lugar, bajo las mismas metas. Sucede como en las batallas perdidas; abundan generales y capitanes pero falta tropa. Las estadísticas de incidencia anual y de mortalidad -a pesar del subregistro- tiran cualquier argumento complaciente. Basta con revisar el seguimiento epidemiológico oficial; los números no dejan de crecer.  A más de cuatro décadas de epidemia, el daño inicial del VIH quedó sustituido por el impacto de las malas decisiones. La estigmatización limita, pero también la soberbia del personal médico que sigue sin comprender las expresiones culturales del sida y sus determinantes sociales. En esta tozudez colectiva otro tanto lo aporta esa necesidad de algunos activismos para asumirse redentores de la salud comunitaria; acciones de histrionismo que no contribuyen a controlar la epidemia pero que la degradan al transformarla en espectáculo. En México abundan los recursos financieros y humanos contra el sida, pero se han invertido mal. Hay mucho personal contratado en los servicios de prevención y atención que complican las intervenciones y, por si fuera poco,  existe otro ángulo necesario de abordar: el monopolio de la ciencia médica y en general de la medicina para dictar e imponer una única lectura sobre el sida y además en idioma inglés.   Al paso de los años queda claro que esta epidemia tiene asideros ideológicos. El punto de control se ejerce a través del Programa Conjunto de las Naciones Unidas para el Sida (ONUSIDA), desde donde se le dictan al mundo los lineamientos y metas a seguir para derrotar la epidemia, a través de una burocracia muy bien pagada que cuenta con oficinas en 82 países. En gran medida, ONUSIDA ha contribuido a que el sida esté anclado en el ethos de la ciencia médica neoliberal. Retomando la visión del investigador Leonardo Viniegra Velázquez, pueden aplicarse a la dinámica del sida algunos “caracteres degradantes” de esta cooptación ideológica. En primer lugar la especialización reduccionista y excluyente con la cual se toman decisiones, tanto de los expertos como de funcionarios del sector salud negados a revalorar la interrelación de la epidemia con el entorno en que se expresa. En segundo lugar puede citarse la competitividad. La historia del sida ha sido también la confrontación de saberes y de tratamientos. La industria farmacéutica persigue el control del oneroso mercado de antirretrovirales e impone esquemas de tratamiento que los órganos reguladores estandarizan. En tercer lugar aparece el consumismo. Es aterrador el hecho de que millones de personas deben tomar medicamentos de por vida ante la supuesta (para mí, dudosa) imposibilidad de encontrarle cura a la epidemia. 
 Por cierto, los ideólogos del libre mercado impiden la fabricación de medicamentos genéricos para defender la enajenación de patentes.  Siguiendo a Viniegra Velázquez, ¿alguien puede negar que “la prioridad” de los tratamientos está determinada por la industria farmacéutica y que la venta de antirretrovirales sigue criterios económicos, que se negocian en función de su precio y volumen de compra? Indudablemente los antirretrovirales tienen muchas aportaciones para evitar la muerte de los pacientes e incluso son valiosos en la prevención. Sin embargo, sus contribuciones en materia de virología y biología molecular no están siendo orientadas a encontrar la cura ni la vacuna; para las farmacéuticas lo importante es conservar y seguir explotando los mercados de venta de ese medicamento, incluso en personas seronegativas a quienes se les ofrece como profilaxis. Comprender el papel de la ideología del libre mercado en las decisiones tomadas para controlar el VIH puede ayudarnos a romper el paradigma con el cual se le ha enfrentado; un modelo perjudicial para la salud pública pero benéfico para la industria farmacéutica.  Ante el sida la visión de la medicina es insuficiente. La epidemiología necesita abrirse a las ciencias sociales que dimensionan el proceso de transmisión sexual silenciosa del VIH y que pueden explicar el peso de las determinantes sociales para el control efectivo de la epidemia. México necesita definir sus propias metas operativas; las del ONUSIDA son inalcanzables. Como sucedió con las metas del milenio del 2015 tampoco se concretarán en nuestro país las metas del 2030. ¿Qué sentido tiene conmemorar el Día Mundial de la Lucha contra el Sida sin reconocer los factores que impiden su control?  ReferenciaViniegra Velázquez, Leonardo. “Ciencia y salud en nuestro tiempo. Crítica del pensamiento filosófico y científico en el campo de la salud”. Ed. Fondo de Cultura Económica, 2023, México.   @LuisManuelArell       Columnista: Columnista invitado ComunidadImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0

Ante el sida, falta autocrítica

2025/11/28 03:29
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El lado oscuro

Luis Manuel Arellano

En el Día Mundial de Lucha contra el sida enfrentamos una paradoja; sabemos cómo controlar esta epidemia pero no la estamos controlando. Si la infección puede prevenirse y diagnosticarse a tiempo, ¿por qué se complica hacerlo?

No es responsabilidad de nadie en particular pero si de todos en conjunto. La resistencia a coordinar esfuerzos y reconocer mejores prácticas es combustible para mantener activa la epidemia. ¿De qué se alimenta el VIH? ¿De quienes no usan condón? Para nada. Este virus se nutre de la fatuidad institucional e incluso comunitaria que impide mirar hacia el mismo lugar, bajo las mismas metas.

Sucede como en las batallas perdidas; abundan generales y capitanes pero falta tropa. Las estadísticas de incidencia anual y de mortalidad -a pesar del subregistro- tiran cualquier argumento complaciente. Basta con revisar el seguimiento epidemiológico oficial; los números no dejan de crecer. 

A más de cuatro décadas de epidemia, el daño inicial del VIH quedó sustituido por el impacto de las malas decisiones. La estigmatización limita, pero también la soberbia del personal médico que sigue sin comprender las expresiones culturales del sida y sus determinantes sociales. En esta tozudez colectiva otro tanto lo aporta esa necesidad de algunos activismos para asumirse redentores de la salud comunitaria; acciones de histrionismo que no contribuyen a controlar la epidemia pero que la degradan al transformarla en espectáculo.

En México abundan los recursos financieros y humanos contra el sida, pero se han invertido mal. Hay mucho personal contratado en los servicios de prevención y atención que complican las intervenciones y, por si fuera poco,  existe otro ángulo necesario de abordar: el monopolio de la ciencia médica y en general de la medicina para dictar e imponer una única lectura sobre el sida y además en idioma inglés.  

Al paso de los años queda claro que esta epidemia tiene asideros ideológicos. El punto de control se ejerce a través del Programa Conjunto de las Naciones Unidas para el Sida (ONUSIDA), desde donde se le dictan al mundo los lineamientos y metas a seguir para derrotar la epidemia, a través de una burocracia muy bien pagada que cuenta con oficinas en 82 países.

En gran medida, ONUSIDA ha contribuido a que el sida esté anclado en el ethos de la ciencia médica neoliberal. Retomando la visión del investigador Leonardo Viniegra Velázquez, pueden aplicarse a la dinámica del sida algunos “caracteres degradantes” de esta cooptación ideológica. En primer lugar la especialización reduccionista y excluyente con la cual se toman decisiones, tanto de los expertos como de funcionarios del sector salud negados a revalorar la interrelación de la epidemia con el entorno en que se expresa.

En segundo lugar puede citarse la competitividad. La historia del sida ha sido también la confrontación de saberes y de tratamientos. La industria farmacéutica persigue el control del oneroso mercado de antirretrovirales e impone esquemas de tratamiento que los órganos reguladores estandarizan. En tercer lugar aparece el consumismo. Es aterrador el hecho de que millones de personas deben tomar medicamentos de por vida ante la supuesta (para mí, dudosa) imposibilidad de encontrarle cura a la epidemia. 


Por cierto, los ideólogos del libre mercado impiden la fabricación de medicamentos genéricos para defender la enajenación de patentes. 

Siguiendo a Viniegra Velázquez, ¿alguien puede negar que “la prioridad” de los tratamientos está determinada por la industria farmacéutica y que la venta de antirretrovirales sigue criterios económicos, que se negocian en función de su precio y volumen de compra? Indudablemente los antirretrovirales tienen muchas aportaciones para evitar la muerte de los pacientes e incluso son valiosos en la prevención. Sin embargo, sus contribuciones en materia de virología y biología molecular no están siendo orientadas a encontrar la cura ni la vacuna; para las farmacéuticas lo importante es conservar y seguir explotando los mercados de venta de ese medicamento, incluso en personas seronegativas a quienes se les ofrece como profilaxis.

Comprender el papel de la ideología del libre mercado en las decisiones tomadas para controlar el VIH puede ayudarnos a romper el paradigma con el cual se le ha enfrentado; un modelo perjudicial para la salud pública pero benéfico para la industria farmacéutica. 

Ante el sida la visión de la medicina es insuficiente. La epidemiología necesita abrirse a las ciencias sociales que dimensionan el proceso de transmisión sexual silenciosa del VIH y que pueden explicar el peso de las determinantes sociales para el control efectivo de la epidemia.

México necesita definir sus propias metas operativas; las del ONUSIDA son inalcanzables. Como sucedió con las metas del milenio del 2015 tampoco se concretarán en nuestro país las metas del 2030. ¿Qué sentido tiene conmemorar el Día Mundial de la Lucha contra el Sida sin reconocer los factores que impiden su control? 

Referencia
Viniegra Velázquez, Leonardo. “Ciencia y salud en nuestro tiempo. Crítica del pensamiento filosófico y científico en el campo de la salud”. Ed. Fondo de Cultura Económica,

2023, México.

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