Nunca sabremos a ciencia cierta los pormenores en torno a la desaseada e intempestiva salida de Alejandro Gertz Manero como titular de la Fiscalía General de la República. La política mexicana es como un iceberg del que sólo atinamos a percibir lo que está en la superficie: mientras más profundo se va sumergiendo, las aguas se vuelven más turbias.  En lo más aparente, la salida del fiscal fue una comedia de enredos de la que ambos bandos trataron de aprovecharse, sobre todo el oficialista. A los rumores iniciales, la supuesta carta del Senado, la comparecencia a puerta cerrada y el ofrecimiento de una embajada le siguió no sólo una celebración triunfalista por el nombramiento de la nueva fiscal, sino el repudio virulento de los aliados al régimen —que no necesariamente a la Presidenta— hacia un funcionario que en el pasado habían sabido defender con pasión. La oposición, por su parte, trató de enmarcarlo de inmediato como una muestra de autoritarismo y desprecio al Estado de derecho; las redes sociales, mientras tanto, se olvidaron por completo de los agricultores y sus bloqueos.  Los cambios en la Fiscalía traerán consigo, sin duda alguna, prioridades distintas. Y tranquilidad para algunas personas, también. Las filtraciones sobre los procesos e investigaciones en curso afectaron de manera directa a personajes emblemáticos de la 4T, y pusieron en riesgo su carrera política: el senador que detonó la crisis del fiscal tras su reunión con la Presidenta y —de forma eficiente— operó la comparecencia del fiscal ante el Senado a puerta cerrada, sabe muy bien que, tras la remoción del mismo, las investigaciones que lo relacionan con el cártel de La Barredora acabarán perdiendo cualquier relevancia. Hay sonrisas, ciertamente, que no se fingen.  La relación de Gertz con el Poder Ejecutivo siempre fue extraña, por decir lo menos: “pues qué tanto le deben”, solía ser la reacción de propios y ajenos ante cada uno de sus desplantes. El mismo personaje que se condujo durante años como si tuviera un poder ilimitado, lo perdió todo en cuestión de horas: “Pues qué tanto le sabrían”, será la pregunta que marcará no sólo el final de la carrera de un funcionario siniestro, sino el comienzo de una nueva etapa en la procuración de justicia. La etapa de Claudia Sheinbaum.  Es mucho lo que se ha especulado sobre un distanciamiento real entre la mandataria y su predecesor: lo que para algunos habría sido indicio de autonomía, al haberse atrevido a investigar a las figuras más cercanas al movimiento, hoy se considera como una de las razones que justificarían la remoción y exilio dorado del otrora todopoderoso fiscal general de la República. El momento, de una u otra forma, le pertenece a la Presidenta de México: la responsabilidad histórica del rumbo de la procuración de justicia, de ahora en adelante, también.  “Todavía es temporada de zopilotes”, declaró el expresidente López Obrador en un video subido de forma inesperada el día de ayer en redes sociales. “Hay que apoyar mucho, mucho, mucho a la Presidenta”, recalcó quien aseguró estar retirado aunque sigue contando con la lealtad absoluta de sus seguidores, a quienes aprovechó para anunciar la posibilidad de su retorno en caso de que tuviera que volver para salvarlo todo. La gente, por supuesto, ya comenzó a esperarlo.  “No estoy contento con México”, había advertido el presidente norteamericano la semana previa a la salida de Gertz Manero. “Haremos lo que sea necesario para detener el flujo de drogas”, respondió al ser cuestionado sobre la posibilidad de dirigir ataques directos en territorio mexicano. La cabeza del fiscal bien podría haber sido el comienzo.  Nunca sabremos a ciencia cierta los pormenores en torno a la salida de Alejandro Gertz como titular de la FGR. La política mexicana es como un iceberg del que sólo percibimos la superficie sin darnos cuenta de lo que pasa debajo, en cada capa, donde los peces se devoran entre sí y sigue rigiendo la ley del más fuerte. Columnista: Víctor BeltriImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0Nunca sabremos a ciencia cierta los pormenores en torno a la desaseada e intempestiva salida de Alejandro Gertz Manero como titular de la Fiscalía General de la República. La política mexicana es como un iceberg del que sólo atinamos a percibir lo que está en la superficie: mientras más profundo se va sumergiendo, las aguas se vuelven más turbias.  En lo más aparente, la salida del fiscal fue una comedia de enredos de la que ambos bandos trataron de aprovecharse, sobre todo el oficialista. A los rumores iniciales, la supuesta carta del Senado, la comparecencia a puerta cerrada y el ofrecimiento de una embajada le siguió no sólo una celebración triunfalista por el nombramiento de la nueva fiscal, sino el repudio virulento de los aliados al régimen —que no necesariamente a la Presidenta— hacia un funcionario que en el pasado habían sabido defender con pasión. La oposición, por su parte, trató de enmarcarlo de inmediato como una muestra de autoritarismo y desprecio al Estado de derecho; las redes sociales, mientras tanto, se olvidaron por completo de los agricultores y sus bloqueos.  Los cambios en la Fiscalía traerán consigo, sin duda alguna, prioridades distintas. Y tranquilidad para algunas personas, también. Las filtraciones sobre los procesos e investigaciones en curso afectaron de manera directa a personajes emblemáticos de la 4T, y pusieron en riesgo su carrera política: el senador que detonó la crisis del fiscal tras su reunión con la Presidenta y —de forma eficiente— operó la comparecencia del fiscal ante el Senado a puerta cerrada, sabe muy bien que, tras la remoción del mismo, las investigaciones que lo relacionan con el cártel de La Barredora acabarán perdiendo cualquier relevancia. Hay sonrisas, ciertamente, que no se fingen.  La relación de Gertz con el Poder Ejecutivo siempre fue extraña, por decir lo menos: “pues qué tanto le deben”, solía ser la reacción de propios y ajenos ante cada uno de sus desplantes. El mismo personaje que se condujo durante años como si tuviera un poder ilimitado, lo perdió todo en cuestión de horas: “Pues qué tanto le sabrían”, será la pregunta que marcará no sólo el final de la carrera de un funcionario siniestro, sino el comienzo de una nueva etapa en la procuración de justicia. La etapa de Claudia Sheinbaum.  Es mucho lo que se ha especulado sobre un distanciamiento real entre la mandataria y su predecesor: lo que para algunos habría sido indicio de autonomía, al haberse atrevido a investigar a las figuras más cercanas al movimiento, hoy se considera como una de las razones que justificarían la remoción y exilio dorado del otrora todopoderoso fiscal general de la República. El momento, de una u otra forma, le pertenece a la Presidenta de México: la responsabilidad histórica del rumbo de la procuración de justicia, de ahora en adelante, también.  “Todavía es temporada de zopilotes”, declaró el expresidente López Obrador en un video subido de forma inesperada el día de ayer en redes sociales. “Hay que apoyar mucho, mucho, mucho a la Presidenta”, recalcó quien aseguró estar retirado aunque sigue contando con la lealtad absoluta de sus seguidores, a quienes aprovechó para anunciar la posibilidad de su retorno en caso de que tuviera que volver para salvarlo todo. La gente, por supuesto, ya comenzó a esperarlo.  “No estoy contento con México”, había advertido el presidente norteamericano la semana previa a la salida de Gertz Manero. “Haremos lo que sea necesario para detener el flujo de drogas”, respondió al ser cuestionado sobre la posibilidad de dirigir ataques directos en territorio mexicano. La cabeza del fiscal bien podría haber sido el comienzo.  Nunca sabremos a ciencia cierta los pormenores en torno a la salida de Alejandro Gertz como titular de la FGR. La política mexicana es como un iceberg del que sólo percibimos la superficie sin darnos cuenta de lo que pasa debajo, en cada capa, donde los peces se devoran entre sí y sigue rigiendo la ley del más fuerte. Columnista: Víctor BeltriImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0

El iceberg de Gertz Manero

2025/12/01 16:29
Lectura de 4 min
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Nunca sabremos a ciencia cierta los pormenores en torno a la desaseada e intempestiva salida de Alejandro Gertz Manero como titular de la Fiscalía General de la República. La política mexicana es como un iceberg del que sólo atinamos a percibir lo que está en la superficie: mientras más profundo se va sumergiendo, las aguas se vuelven más turbias. 

En lo más aparente, la salida del fiscal fue una comedia de enredos de la que ambos bandos trataron de aprovecharse, sobre todo el oficialista. A los rumores iniciales, la supuesta carta del Senado, la comparecencia a puerta cerrada y el ofrecimiento de una embajada le siguió no sólo una celebración triunfalista por el nombramiento de la nueva fiscal, sino el repudio virulento de los aliados al régimen —que no necesariamente a la Presidenta— hacia un funcionario que en el pasado habían sabido defender con pasión. La oposición, por su parte, trató de enmarcarlo de inmediato como una muestra de autoritarismo y desprecio al Estado de derecho; las redes sociales, mientras tanto, se olvidaron por completo de los agricultores y sus bloqueos. 

Los cambios en la Fiscalía traerán consigo, sin duda alguna, prioridades distintas. Y tranquilidad para algunas personas, también. Las filtraciones sobre los procesos e investigaciones en curso afectaron de manera directa a personajes emblemáticos de la 4T, y pusieron en riesgo su carrera política: el senador que detonó la crisis del fiscal tras su reunión con la Presidenta y —de forma eficiente— operó la comparecencia del fiscal ante el Senado a puerta cerrada, sabe muy bien que, tras la remoción del mismo, las investigaciones que lo relacionan con el cártel de La Barredora acabarán perdiendo cualquier relevancia. Hay sonrisas, ciertamente, que no se fingen. 

La relación de Gertz con el Poder Ejecutivo siempre fue extraña, por decir lo menos: “pues qué tanto le deben”, solía ser la reacción de propios y ajenos ante cada uno de sus desplantes. El mismo personaje que se condujo durante años como si tuviera un poder ilimitado, lo perdió todo en cuestión de horas: “Pues qué tanto le sabrían”, será la pregunta que marcará no sólo el final de la carrera de un funcionario siniestro, sino el comienzo de una nueva etapa en la procuración de justicia. La etapa de Claudia Sheinbaum

Es mucho lo que se ha especulado sobre un distanciamiento real entre la mandataria y su predecesor: lo que para algunos habría sido indicio de autonomía, al haberse atrevido a investigar a las figuras más cercanas al movimiento, hoy se considera como una de las razones que justificarían la remoción y exilio dorado del otrora todopoderoso fiscal general de la República. El momento, de una u otra forma, le pertenece a la Presidenta de México: la responsabilidad histórica del rumbo de la procuración de justicia, de ahora en adelante, también. 

“Todavía es temporada de zopilotes”, declaró el expresidente López Obrador en un video subido de forma inesperada el día de ayer en redes sociales. “Hay que apoyar mucho, mucho, mucho a la Presidenta”, recalcó quien aseguró estar retirado aunque sigue contando con la lealtad absoluta de sus seguidores, a quienes aprovechó para anunciar la posibilidad de su retorno en caso de que tuviera que volver para salvarlo todo. La gente, por supuesto, ya comenzó a esperarlo. 

“No estoy contento con México”, había advertido el presidente norteamericano la semana previa a la salida de Gertz Manero. “Haremos lo que sea necesario para detener el flujo de drogas”, respondió al ser cuestionado sobre la posibilidad de dirigir ataques directos en territorio mexicano. La cabeza del fiscal bien podría haber sido el comienzo. 

Nunca sabremos a ciencia cierta los pormenores en torno a la salida de Alejandro Gertz como titular de la FGR. La política mexicana es como un iceberg del que sólo percibimos la superficie sin darnos cuenta de lo que pasa debajo, en cada capa, donde los peces se devoran entre sí y sigue rigiendo la ley del más fuerte.

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