Callamos por pena, por miedo, por creer que aquello fue una “travesura”, porque la culpa se pega a la piel como si fuera nuestra. La primera vez que fui víctima de violencia tenía cinco años. A esa edad una no tiene palabras para nombrar el miedo ni herramientas para comprenderlo. Sólo queda la sensación de vulnerabilidad absoluta y, peor aún, la culpa: esa trampa que te convence de que quizá tú provocaste lo sucedido. Pasan los años y una sigue cargando el silencio como si fuera parte natural del cuerpo, hasta que un día, en terapia, algo se desbloquea. Y entonces aparece lo que estaba escondido en algún rincón del inconsciente. Comprender que no fue tu culpa, que no lo merecías y que tu historia no te define, es un proceso tan duro como liberador. Callamos por pena, por miedo, por creer que aquello fue una “travesura”, porque la culpa se pega a la piel como si fuera nuestra. Pero hoy, en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, me permito reconocer mi historia, mis heridas y mi fuerza. Hablar es un acto de resistencia. Y sí, el 25 de noviembre se debe seguir conmemorando. Porque demasiadas mujeres aún no se atreven a nombrar lo que vivieron; porque otras ni siquiera lo reconocen; porque tantas más cargan culpas que nunca fueron suyas.   LA IMPUNIDAD ES EL OXÍGENO DE LA VIOLENCIA La violencia de género continúa siendo una de las violaciones de derechos humanos más extendidas en el mundo: casi una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual, y cada diez minutos una mujer o niña es asesinada por alguien de su familia. Es una emergencia global que muchos prefieren minimizar. Este año, la campaña internacional pone el foco en un territorio donde la violencia crece con rapidez: el espacio digital. Ahí donde se supone que compartimos ideas, convivimos y nos informamos, miles de mujeres enfrentan acoso, amenazas, difusión no consentida de imágenes, suplantación de identidad, pornografía falsificada con IA, discursos de odio y doxxeo. No son “cosas de internet”, muchas veces terminan en agresiones físicas, control coercitivo o incluso feminicidios. Y son especialmente dirigidas a mujeres jóvenes, periodistas, activistas, políticas, defensoras de derechos humanos y a quienes enfrentan discriminaciones cruzadas. México no es la excepción. Entre enero y octubre de 2025, 2,378 mujeres fueron víctimas de homicidio doloso o feminicidio. Ocho mujeres asesinadas cada día. A esto se suma la otra cifra del horror: 2,901 mujeres desaparecidas, entre ellas 1,248 niñas y adolescentes, un incremento de más de cuarenta por ciento respecto al año anterior. Las leyes existen y las instituciones también, pero siguen sin recursos suficientes, sin personal especializado y sin voluntad real de transformación. Mientras tanto, la respuesta del Estado es vacilante. La reciente decisión de la SCJN de eliminar garantías presupuestales para la reparación del daño a víctimas va en sentido contrario a estándares internacionales y a los compromisos asumidos por México. Sin justicia no hay reparación y sin reparación no hay garantía de no repetición. Por eso este año la campaña “Únete para poner fin a la violencia digital contra las mujeres y las niñas” llama a toda la sociedad: gobiernos, empresas tecnológicas, instituciones, donantes, hombres aliados y cada persona que habita el espacio digital. No basta con decir “no al machismo”, necesitamos regulaciones, sanciones, educación en igualdad, acompañamiento a víctimas y una cultura que deje de tolerar las violencias normalizadas. Hoy, desde mi historia —ésa que ahora duele distinto y que hoy decido nombrar como la primera de muchas que vendrían después— abrazo la posibilidad de una vida libre de violencia. Reconozco mis pasos hacia el bienestar. Cada palabra compartida es un mensaje a otras mujeres: no estás sola, no fue tu culpa, no tienes por qué cargar el silencio. No lo provocaste, y hablar también es luchar.   Columnista: Crystal MendívilImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0 Callamos por pena, por miedo, por creer que aquello fue una “travesura”, porque la culpa se pega a la piel como si fuera nuestra. La primera vez que fui víctima de violencia tenía cinco años. A esa edad una no tiene palabras para nombrar el miedo ni herramientas para comprenderlo. Sólo queda la sensación de vulnerabilidad absoluta y, peor aún, la culpa: esa trampa que te convence de que quizá tú provocaste lo sucedido. Pasan los años y una sigue cargando el silencio como si fuera parte natural del cuerpo, hasta que un día, en terapia, algo se desbloquea. Y entonces aparece lo que estaba escondido en algún rincón del inconsciente. Comprender que no fue tu culpa, que no lo merecías y que tu historia no te define, es un proceso tan duro como liberador. Callamos por pena, por miedo, por creer que aquello fue una “travesura”, porque la culpa se pega a la piel como si fuera nuestra. Pero hoy, en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, me permito reconocer mi historia, mis heridas y mi fuerza. Hablar es un acto de resistencia. Y sí, el 25 de noviembre se debe seguir conmemorando. Porque demasiadas mujeres aún no se atreven a nombrar lo que vivieron; porque otras ni siquiera lo reconocen; porque tantas más cargan culpas que nunca fueron suyas.   LA IMPUNIDAD ES EL OXÍGENO DE LA VIOLENCIA La violencia de género continúa siendo una de las violaciones de derechos humanos más extendidas en el mundo: casi una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual, y cada diez minutos una mujer o niña es asesinada por alguien de su familia. Es una emergencia global que muchos prefieren minimizar. Este año, la campaña internacional pone el foco en un territorio donde la violencia crece con rapidez: el espacio digital. Ahí donde se supone que compartimos ideas, convivimos y nos informamos, miles de mujeres enfrentan acoso, amenazas, difusión no consentida de imágenes, suplantación de identidad, pornografía falsificada con IA, discursos de odio y doxxeo. No son “cosas de internet”, muchas veces terminan en agresiones físicas, control coercitivo o incluso feminicidios. Y son especialmente dirigidas a mujeres jóvenes, periodistas, activistas, políticas, defensoras de derechos humanos y a quienes enfrentan discriminaciones cruzadas. México no es la excepción. Entre enero y octubre de 2025, 2,378 mujeres fueron víctimas de homicidio doloso o feminicidio. Ocho mujeres asesinadas cada día. A esto se suma la otra cifra del horror: 2,901 mujeres desaparecidas, entre ellas 1,248 niñas y adolescentes, un incremento de más de cuarenta por ciento respecto al año anterior. Las leyes existen y las instituciones también, pero siguen sin recursos suficientes, sin personal especializado y sin voluntad real de transformación. Mientras tanto, la respuesta del Estado es vacilante. La reciente decisión de la SCJN de eliminar garantías presupuestales para la reparación del daño a víctimas va en sentido contrario a estándares internacionales y a los compromisos asumidos por México. Sin justicia no hay reparación y sin reparación no hay garantía de no repetición. Por eso este año la campaña “Únete para poner fin a la violencia digital contra las mujeres y las niñas” llama a toda la sociedad: gobiernos, empresas tecnológicas, instituciones, donantes, hombres aliados y cada persona que habita el espacio digital. No basta con decir “no al machismo”, necesitamos regulaciones, sanciones, educación en igualdad, acompañamiento a víctimas y una cultura que deje de tolerar las violencias normalizadas. Hoy, desde mi historia —ésa que ahora duele distinto y que hoy decido nombrar como la primera de muchas que vendrían después— abrazo la posibilidad de una vida libre de violencia. Reconozco mis pasos hacia el bienestar. Cada palabra compartida es un mensaje a otras mujeres: no estás sola, no fue tu culpa, no tienes por qué cargar el silencio. No lo provocaste, y hablar también es luchar.   Columnista: Crystal MendívilImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0

No lo provoqué

2025/12/06 14:52
Lectura de 4 min
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  • Callamos por pena, por miedo, por creer que aquello fue una “travesura”, porque la culpa se pega a la piel como si fuera nuestra.

La primera vez que fui víctima de violencia tenía cinco años. A esa edad una no tiene palabras para nombrar el miedo ni herramientas para comprenderlo. Sólo queda la sensación de vulnerabilidad absoluta y, peor aún, la culpa: esa trampa que te convence de que quizá tú provocaste lo sucedido. Pasan los años y una sigue cargando el silencio como si fuera parte natural del cuerpo, hasta que un día, en terapia, algo se desbloquea. Y entonces aparece lo que estaba escondido en algún rincón del inconsciente. Comprender que no fue tu culpa, que no lo merecías y que tu historia no te define, es un proceso tan duro como liberador.

Callamos por pena, por miedo, por creer que aquello fue una “travesura”, porque la culpa se pega a la piel como si fuera nuestra. Pero hoy, en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, me permito reconocer mi historia, mis heridas y mi fuerza. Hablar es un acto de resistencia.

Y sí, el 25 de noviembre se debe seguir conmemorando. Porque demasiadas mujeres aún no se atreven a nombrar lo que vivieron; porque otras ni siquiera lo reconocen; porque tantas más cargan culpas que nunca fueron suyas.

  • LA IMPUNIDAD ES EL OXÍGENO DE LA VIOLENCIA

La violencia de género continúa siendo una de las violaciones de derechos humanos más extendidas en el mundo: casi una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual, y cada diez minutos una mujer o niña es asesinada por alguien de su familia. Es una emergencia global que muchos prefieren minimizar.

Este año, la campaña internacional pone el foco en un territorio donde la violencia crece con rapidez: el espacio digital. Ahí donde se supone que compartimos ideas, convivimos y nos informamos, miles de mujeres enfrentan acoso, amenazas, difusión no consentida de imágenes, suplantación de identidad, pornografía falsificada con IA, discursos de odio y doxxeo. No son “cosas de internet”, muchas veces terminan en agresiones físicas, control coercitivo o incluso feminicidios. Y son especialmente dirigidas a mujeres jóvenes, periodistas, activistas, políticas, defensoras de derechos humanos y a quienes enfrentan discriminaciones cruzadas.

México no es la excepción. Entre enero y octubre de 2025, 2,378 mujeres fueron víctimas de homicidio doloso o feminicidio. Ocho mujeres asesinadas cada día. A esto se suma la otra cifra del horror: 2,901 mujeres desaparecidas, entre ellas 1,248 niñas y adolescentes, un incremento de más de cuarenta por ciento respecto al año anterior. Las leyes existen y las instituciones también, pero siguen sin recursos suficientes, sin personal especializado y sin voluntad real de transformación.

Mientras tanto, la respuesta del Estado es vacilante. La reciente decisión de la SCJN de eliminar garantías presupuestales para la reparación del daño a víctimas va en sentido contrario a estándares internacionales y a los compromisos asumidos por México. Sin justicia no hay reparación y sin reparación no hay garantía de no repetición.

Por eso este año la campaña “Únete para poner fin a la violencia digital contra las mujeres y las niñas” llama a toda la sociedad: gobiernos, empresas tecnológicas, instituciones, donantes, hombres aliados y cada persona que habita el espacio digital. No basta con decir “no al machismo”, necesitamos regulaciones, sanciones, educación en igualdad, acompañamiento a víctimas y una cultura que deje de tolerar las violencias normalizadas.

Hoy, desde mi historia —ésa que ahora duele distinto y que hoy decido nombrar como la primera de muchas que vendrían después— abrazo la posibilidad de una vida libre de violencia. Reconozco mis pasos hacia el bienestar. Cada palabra compartida es un mensaje a otras mujeres: no estás sola, no fue tu culpa, no tienes por qué cargar el silencio. No lo provocaste, y hablar también es luchar.

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