Existen puntos de inflexión en la vida individual o en la de una nación a partir de los cuales no hay retorno posible a lo anterior. No se puede seguir repitiendo o sosteniendo una dinámica o una forma de relación, ya sea con el mundo, con el otro ni con ese otro político que es el Estado. Ese momento es el: ¡Ya basta! Ese es el momento muy particular que está viviendo México, para todo aquel que esté suficientemente atento para verlo. Carlos Manzo y los agricultores en Michoacán representan una restauración de la dignidad, permiten romper con la humillación repetida y continuada de un Estado que somete a sus ciudadanos a violencia e inseguridad como forma de vida. A una nación ninguneados de forma metódica. El movimiento del sombrero es un ¡ya basta! de un grupo que logra articular, más allá del malestar, el hartazgo, y no se trata de un tema de partidos, sino una postura de dignidad hacia la vida. Este movimiento, al igual que el de los jóvenes, busca recuperar una manera digna de vivir, es la rebelión contra un sometimiento que viene creciendo desde hace varios años, pero, sobre todo, a partir de la llegada de la mancha guinda al gobierno: “Aguanta la pérdida de los tuyos, de tu forma de vida, resiste y sigue adelante, no te metas y quizá no te pase nada, busca adaptarte al clima de inseguridad, extorsión, violencia e injusticia y quizá no te pase nada y quizá también puedas seguir viviendo”. Carlos Manzo no puso un alto desde la ilegalidad. Sino utilizando y recuperando en todo su valor las instituciones gritó y su voz sigue resonando contra la normalización del cinismo, la extorsión de los políticos y del crimen organizado hacia los ciudadanos, el abandono del Estado no sólo para cumplir con su obligación, sino por no guardar ni pizca de decencia. Su grito, que se extiende en el Movimiento del Sombrero, es recuperar la voz para romper una anestesia moral colectiva originada por la sensación de impotencia e indefensión. En la política mexicana podemos pensar que ese momento está llegando casi sincrónico a los diferentes sectores, a los estudiantes, a los jóvenes, a los transportistas, a los agricultores, a los médicos, a las madres buscadoras, a los periodistas que han tenido un papel fundamental en modelar lo que es la valentía. El todo es la restitución de la dignidad. Al hacer un paralelo con el terreno de la mente desde la teoría del Yo, Ana Freud y Heinz Hartmann tratan de restaurar el yo, que se encontraba invadido por las otras instancias. Se trata de un momento de madurez y de crecimiento, cuando una persona está en una relación, ya sea amorosa, de amistad o familiar y decide decir: ¡Ya basta! Ahí se observa que el yo ha logrado recuperarse a sí mismo y ya no negocia, ya no disculpa, ya sabe decir: ahí ya no. No es dejar al otro, es dejar una forma de ser uno mismo, que ya resulta insoportable para el yo y para la conciencia. Si retornamos al terreno social, el ¡ya basta! es una salida de la posición de indefensión. No es sólo ponerle un límite al otro, sino cortar la dinámica iatrogénica, ésa que enferma de tanta sumisión. Se sabe que ahí ya no hay negociación posible, los ciudadanos no están más dispuestos a dejarse usar como medio electoral ni como medio económico, tampoco a perder a sus familias ni renunciar a su forma de vida como un daño colateral del costo con el que un partido hace cargar a toda una nación con tal de mantenerse en el poder.  Los tiempos han cambiado dramáticamente, la valentía de Carlos Manzo y las voces que levantó ahora generan una nueva posición de ser un individuo que no está dispuesto a negociar su dignidad con el miedo. Después de Manzo y de los valientes agricultores nada vuelve a ser igual, pues como escribe Sigmund Freud en Psicología de las masas y análisis del yo (1921): “Cuando la ligazón con la autoridad se debilita, el miedo cambia de lugar.” Este ¡ya basta! es un corte con el cual la persona ya no busca justificarse, ya no pide permiso, ya no dice me duele, ya no dice no entiendo, solo dice HASTA AQUÍ. Y en ese momento recupera toda su dignidad. Columnista: Ingela Camba LudlowImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0Existen puntos de inflexión en la vida individual o en la de una nación a partir de los cuales no hay retorno posible a lo anterior. No se puede seguir repitiendo o sosteniendo una dinámica o una forma de relación, ya sea con el mundo, con el otro ni con ese otro político que es el Estado. Ese momento es el: ¡Ya basta! Ese es el momento muy particular que está viviendo México, para todo aquel que esté suficientemente atento para verlo. Carlos Manzo y los agricultores en Michoacán representan una restauración de la dignidad, permiten romper con la humillación repetida y continuada de un Estado que somete a sus ciudadanos a violencia e inseguridad como forma de vida. A una nación ninguneados de forma metódica. El movimiento del sombrero es un ¡ya basta! de un grupo que logra articular, más allá del malestar, el hartazgo, y no se trata de un tema de partidos, sino una postura de dignidad hacia la vida. Este movimiento, al igual que el de los jóvenes, busca recuperar una manera digna de vivir, es la rebelión contra un sometimiento que viene creciendo desde hace varios años, pero, sobre todo, a partir de la llegada de la mancha guinda al gobierno: “Aguanta la pérdida de los tuyos, de tu forma de vida, resiste y sigue adelante, no te metas y quizá no te pase nada, busca adaptarte al clima de inseguridad, extorsión, violencia e injusticia y quizá no te pase nada y quizá también puedas seguir viviendo”. Carlos Manzo no puso un alto desde la ilegalidad. Sino utilizando y recuperando en todo su valor las instituciones gritó y su voz sigue resonando contra la normalización del cinismo, la extorsión de los políticos y del crimen organizado hacia los ciudadanos, el abandono del Estado no sólo para cumplir con su obligación, sino por no guardar ni pizca de decencia. Su grito, que se extiende en el Movimiento del Sombrero, es recuperar la voz para romper una anestesia moral colectiva originada por la sensación de impotencia e indefensión. En la política mexicana podemos pensar que ese momento está llegando casi sincrónico a los diferentes sectores, a los estudiantes, a los jóvenes, a los transportistas, a los agricultores, a los médicos, a las madres buscadoras, a los periodistas que han tenido un papel fundamental en modelar lo que es la valentía. El todo es la restitución de la dignidad. Al hacer un paralelo con el terreno de la mente desde la teoría del Yo, Ana Freud y Heinz Hartmann tratan de restaurar el yo, que se encontraba invadido por las otras instancias. Se trata de un momento de madurez y de crecimiento, cuando una persona está en una relación, ya sea amorosa, de amistad o familiar y decide decir: ¡Ya basta! Ahí se observa que el yo ha logrado recuperarse a sí mismo y ya no negocia, ya no disculpa, ya sabe decir: ahí ya no. No es dejar al otro, es dejar una forma de ser uno mismo, que ya resulta insoportable para el yo y para la conciencia. Si retornamos al terreno social, el ¡ya basta! es una salida de la posición de indefensión. No es sólo ponerle un límite al otro, sino cortar la dinámica iatrogénica, ésa que enferma de tanta sumisión. Se sabe que ahí ya no hay negociación posible, los ciudadanos no están más dispuestos a dejarse usar como medio electoral ni como medio económico, tampoco a perder a sus familias ni renunciar a su forma de vida como un daño colateral del costo con el que un partido hace cargar a toda una nación con tal de mantenerse en el poder.  Los tiempos han cambiado dramáticamente, la valentía de Carlos Manzo y las voces que levantó ahora generan una nueva posición de ser un individuo que no está dispuesto a negociar su dignidad con el miedo. Después de Manzo y de los valientes agricultores nada vuelve a ser igual, pues como escribe Sigmund Freud en Psicología de las masas y análisis del yo (1921): “Cuando la ligazón con la autoridad se debilita, el miedo cambia de lugar.” Este ¡ya basta! es un corte con el cual la persona ya no busca justificarse, ya no pide permiso, ya no dice me duele, ya no dice no entiendo, solo dice HASTA AQUÍ. Y en ese momento recupera toda su dignidad. Columnista: Ingela Camba LudlowImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0

La dignidad del ¡ya basta!

2025/12/08 17:26
Lectura de 4 min
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Existen puntos de inflexión en la vida individual o en la de una nación a partir de los cuales no hay retorno posible a lo anterior. No se puede seguir repitiendo o sosteniendo una dinámica o una forma de relación, ya sea con el mundo, con el otro ni con ese otro político que es el Estado.

Ese momento es el: ¡Ya basta! Ese es el momento muy particular que está viviendo México, para todo aquel que esté suficientemente atento para verlo.

Carlos Manzo y los agricultores en Michoacán representan una restauración de la dignidad, permiten romper con la humillación repetida y continuada de un Estado que somete a sus ciudadanos a violencia e inseguridad como forma de vida. A una nación ninguneados de forma metódica. El movimiento del sombrero es un ¡ya basta! de un grupo que logra articular, más allá del malestar, el hartazgo, y no se trata de un tema de partidos, sino una postura de dignidad hacia la vida.

Este movimiento, al igual que el de los jóvenes, busca recuperar una manera digna de vivir, es la rebelión contra un sometimiento que viene creciendo desde hace varios años, pero, sobre todo, a partir de la llegada de la mancha guinda al gobierno: “Aguanta la pérdida de los tuyos, de tu forma de vida, resiste y sigue adelante, no te metas y quizá no te pase nada, busca adaptarte al clima de inseguridad, extorsión, violencia e injusticia y quizá no te pase nada y quizá también puedas seguir viviendo”.

Carlos Manzo no puso un alto desde la ilegalidad. Sino utilizando y recuperando en todo su valor las instituciones gritó y su voz sigue resonando contra la normalización del cinismo, la extorsión de los políticos y del crimen organizado hacia los ciudadanos, el abandono del Estado no sólo para cumplir con su obligación, sino por no guardar ni pizca de decencia. Su grito, que se extiende en el Movimiento del Sombrero, es recuperar la voz para romper una anestesia moral colectiva originada por la sensación de impotencia e indefensión.

En la política mexicana podemos pensar que ese momento está llegando casi sincrónico a los diferentes sectores, a los estudiantes, a los jóvenes, a los transportistas, a los agricultores, a los médicos, a las madres buscadoras, a los periodistas que han tenido un papel fundamental en modelar lo que es la valentía.

El todo es la restitución de la dignidad.

Al hacer un paralelo con el terreno de la mente desde la teoría del Yo, Ana Freud y Heinz Hartmann tratan de restaurar el yo, que se encontraba invadido por las otras instancias. Se trata de un momento de madurez y de crecimiento, cuando una persona está en una relación, ya sea amorosa, de amistad o familiar y decide decir: ¡Ya basta! Ahí se observa que el yo ha logrado recuperarse a sí mismo y ya no negocia, ya no disculpa, ya sabe decir: ahí ya no. No es dejar al otro, es dejar una forma de ser uno mismo, que ya resulta insoportable para el yo y para la conciencia.

Si retornamos al terreno social, el ¡ya basta! es una salida de la posición de indefensión. No es sólo ponerle un límite al otro, sino cortar la dinámica iatrogénica, ésa que enferma de tanta sumisión. Se sabe que ahí ya no hay negociación posible, los ciudadanos no están más dispuestos a dejarse usar como medio electoral ni como medio económico, tampoco a perder a sus familias ni renunciar a su forma de vida como un daño colateral del costo con el que un partido hace cargar a toda una nación con tal de mantenerse en el poder. 

Los tiempos han cambiado dramáticamente, la valentía de Carlos Manzo y las voces que levantó ahora generan una nueva posición de ser un individuo que no está dispuesto a negociar su dignidad con el miedo. Después de Manzo y de los valientes agricultores nada vuelve a ser igual, pues como escribe Sigmund Freud en Psicología de las masas y análisis del yo (1921): “Cuando la ligazón con la autoridad se debilita, el miedo cambia de lugar.”

Este ¡ya basta! es un corte con el cual la persona ya no busca justificarse, ya no pide permiso, ya no dice me duele, ya no dice no entiendo, solo dice HASTA AQUÍ. Y en ese momento recupera toda su dignidad.

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