El evento del sábado pasado convocado por la Presidencia de la República dejó en evidencia una práctica ya conocida: la movilización masiva de acarreados y sindicatos. Este acto es políticamente estéril, diseñado para aparentar un respaldo popular que difícilmente puede considerarse espontáneo. Las multitudes llegaron en camiones, bajo presión o incentivos, en un escenario controlado.
En otros casos, cuando las protestas son con causa por parte de los ciudadanos, la presencia policial se intensifica, se ponen vallas y se reprime tanto con grupos de choques controlados por ellos, así como con los granaderos que supuestamente ya no existen. En cambio, cuando el Gobierno organiza, todo fluye como si se tratara de una coreografía bien ensayada, siempre con la bandera nacional ondeando.
La Presidenta presume una aprobación elevada y en Morena repiten en redes sociales, así como en espacios de medios de comunicación, que es una de las mandatarias con mayor respaldo en el mundo.
Sin embargo, cuando se trata de ir realmente a un evento público sin acarreados, como lo es el Mundial de Futbol, prefiere salir de manera populista y regalar su boleto a una niña cuando la realidad es que el gobierno federal, en cada uno de los juegos, podría obsequiar a niños de bajos recursos varios boletos para asistir a la Copa del Mundo.
Esto sólo nos revela una contradicción profunda entre la imagen de fortaleza y el temor evidente a enfrentarse a una reacción auténtica del pueblo mexicano. La distancia entre la popularidad proclamada y la percepción real se amplía cada vez más, esa tensión se nota en cada aparición cuidadosamente seleccionada.
Mientras en el Zócalo se celebraban cifras, discursos y triunfos como si México fuera Dinamarca, cayó la cubetada de realidad con el estallido del coche bomba frente a las instalaciones de la Policía Comunitaria del municipio de Coahuayana. Este hecho, en primera instancia, se clasificó como un acto terrorista por parte de la nueva fiscal, lo cual estaba en el acierto, debido a la naturaleza del acto cometido. Todo esto cambió cuando seguramente la fiscal recibió una llamada para rectificar sus declaraciones y ahora resulta que la línea de investigación es el crimen organizado.
El contraste entre los festejos políticos y la realidad que vive el país es doloroso. Morena no ha demostrado capacidad para enfrentar los retos que la nación requiere, resaltando el control territorial del crimen, la impunidad prácticamente garantizada y la falta de resultados efectivos, los cuales exponen un gobierno que prefiere invertir energía en propaganda antes que en soluciones. La transformación prometida se ha convertido en un discurso vacío, incapaz de sostenerse frente a los hechos.
El evento del sábado no representó un respaldo genuino, sino un espectáculo de simulación. Fue un recordatorio de que la popularidad se puede inflar, pero no se puede blindar eternamente.
Mientras la narrativa oficial insiste en que todo marcha bien, la realidad del país avanza en dirección contraria. México exige seguridad, verdad y liderazgo, no concentraciones coreografiadas.


