El discurso político del autoritarismo contemporáneo está fundamentado en principios y valores que a simple vista parecieran reivindicar la democracia, el desarrollo y la igualdad. En la superficie, el “movimiento” lucha por redistribuir la riqueza, en una búsqueda justiciera por equilibrar una cancha dispareja e inclinada para que los que “menos tienen” accedan a una vida más feliz, con salud, empleo y educación para todos. Los programas sociales, que a la larga se hacen insostenibles por falta de recursos fiscales, son la pieza clave en la construcción de legiones de clientes electorales para apuntalar en las urnas la permanencia del “proyecto”. A costa de lo que sea, la estrella polar del autoritarismo es la uniformidad ideológica y la aniquilación de las opciones políticas alternativas. Nadie en su sano juicio podría estar en contra de un proyecto que redistribuye y reparte la riqueza. Sin embargo, una característica común de los regímenes autoritarios más recientes es la búsqueda frenética de los “líderes” de la causa por una concentración de facultades unipersonales en detrimento del equilibrio de poderes, la transparencia y la libertad de expresión. Durante 2025 hemos sido testigos del dramático colapso de dos gobiernos autoritarios: Bolivia y Honduras. En ambos casos, la centro-derecha logró borrar del mapa electoral a dos propuestas políticas cercanas a la retórica castrochavista y a la defensa de Maduro y su criminal dictadura en Venezuela. La derrota de Andrónico Rodríguez y Rixi Moncada es una prueba fehaciente de que los gobiernos de izquierda que le apuestan a la reivindicación del eje Habana-Caracas-Managua imprimen en su gestión una serie de medidas populistas que son incapaces de producir empleos, atraer inversión o desarrollar innovaciones tecnológicas. El desprecio a los verdaderos valores de la Carta Democrática Interamericana como la libertad de expresión, el equilibrio de poderes, la transparencia y la rendición de cuentas, se ha enmascarado en un torcido concepto de defensa a la soberanía y la autodeterminación que defiende excesos y corruptelas. El impacto brutal de los petrodólares chavistas en el Caribe, la creación del ALBA, la búsqueda por sustituir a la OEA por la CELAC y los acercamientos peligrosos a China, Irán y Rusia han forjado una plataforma que llegó a ser inquietante, pero que con el tiempo se fue diluyendo electoralmente. La retórica autoritaria, que sacrifica libertades en la búsqueda del desarrollo, ha topado con pared gracias a los excesos y corrupción de nuevas camarillas del poder, muy semejantes a las que buscaron derrotar cuando esos “grupos libertarios” eran oposición. El mejor ejemplo del desplome de gobiernos altamente ideologizados lo representa la derrota histórica del evismo en Bolivia. La disputa suicida  entre Luis Arce y Evo Morales, sumado a la catástrofe económica de un gobierno ineficiente y voraz acabaron de tajo con uno de los bastiones de la izquierda en América del Sur.   BALANCE Todo por servir se acaba. El autoritarismo de izquierda, enraizado en la defensa de las dictaduras nicaragüenses, cubanas y venezolanas, ha resultado repulsivo para nuevas generaciones de votantes en un mundo verdaderamente globalizado por las redes sociales. Las clases medias también existen y cuando se movilizan los resultados pueden ser sorprendentes. La búsqueda de una izquierda democrática como una alternativa a los excesos del mercado es una opción electoral legítima. Sin embargo, como lo demostró el colapso electoral en Bolivia y Honduras, pareciera que algunos se sienten más atraídos por la concentración brutal de poder del autoritarismo que de las verdaderas causas históricas de la justicia y la libertad.       Columnista: Francisco Guerrero AguirreImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0El discurso político del autoritarismo contemporáneo está fundamentado en principios y valores que a simple vista parecieran reivindicar la democracia, el desarrollo y la igualdad. En la superficie, el “movimiento” lucha por redistribuir la riqueza, en una búsqueda justiciera por equilibrar una cancha dispareja e inclinada para que los que “menos tienen” accedan a una vida más feliz, con salud, empleo y educación para todos. Los programas sociales, que a la larga se hacen insostenibles por falta de recursos fiscales, son la pieza clave en la construcción de legiones de clientes electorales para apuntalar en las urnas la permanencia del “proyecto”. A costa de lo que sea, la estrella polar del autoritarismo es la uniformidad ideológica y la aniquilación de las opciones políticas alternativas. Nadie en su sano juicio podría estar en contra de un proyecto que redistribuye y reparte la riqueza. Sin embargo, una característica común de los regímenes autoritarios más recientes es la búsqueda frenética de los “líderes” de la causa por una concentración de facultades unipersonales en detrimento del equilibrio de poderes, la transparencia y la libertad de expresión. Durante 2025 hemos sido testigos del dramático colapso de dos gobiernos autoritarios: Bolivia y Honduras. En ambos casos, la centro-derecha logró borrar del mapa electoral a dos propuestas políticas cercanas a la retórica castrochavista y a la defensa de Maduro y su criminal dictadura en Venezuela. La derrota de Andrónico Rodríguez y Rixi Moncada es una prueba fehaciente de que los gobiernos de izquierda que le apuestan a la reivindicación del eje Habana-Caracas-Managua imprimen en su gestión una serie de medidas populistas que son incapaces de producir empleos, atraer inversión o desarrollar innovaciones tecnológicas. El desprecio a los verdaderos valores de la Carta Democrática Interamericana como la libertad de expresión, el equilibrio de poderes, la transparencia y la rendición de cuentas, se ha enmascarado en un torcido concepto de defensa a la soberanía y la autodeterminación que defiende excesos y corruptelas. El impacto brutal de los petrodólares chavistas en el Caribe, la creación del ALBA, la búsqueda por sustituir a la OEA por la CELAC y los acercamientos peligrosos a China, Irán y Rusia han forjado una plataforma que llegó a ser inquietante, pero que con el tiempo se fue diluyendo electoralmente. La retórica autoritaria, que sacrifica libertades en la búsqueda del desarrollo, ha topado con pared gracias a los excesos y corrupción de nuevas camarillas del poder, muy semejantes a las que buscaron derrotar cuando esos “grupos libertarios” eran oposición. El mejor ejemplo del desplome de gobiernos altamente ideologizados lo representa la derrota histórica del evismo en Bolivia. La disputa suicida  entre Luis Arce y Evo Morales, sumado a la catástrofe económica de un gobierno ineficiente y voraz acabaron de tajo con uno de los bastiones de la izquierda en América del Sur.   BALANCE Todo por servir se acaba. El autoritarismo de izquierda, enraizado en la defensa de las dictaduras nicaragüenses, cubanas y venezolanas, ha resultado repulsivo para nuevas generaciones de votantes en un mundo verdaderamente globalizado por las redes sociales. Las clases medias también existen y cuando se movilizan los resultados pueden ser sorprendentes. La búsqueda de una izquierda democrática como una alternativa a los excesos del mercado es una opción electoral legítima. Sin embargo, como lo demostró el colapso electoral en Bolivia y Honduras, pareciera que algunos se sienten más atraídos por la concentración brutal de poder del autoritarismo que de las verdaderas causas históricas de la justicia y la libertad.       Columnista: Francisco Guerrero AguirreImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0

Bolivia y Honduras: derrota del autoritarismo

2025/12/09 15:16
Lectura de 3 min
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El discurso político del autoritarismo contemporáneo está fundamentado en principios y valores que a simple vista parecieran reivindicar la democracia, el desarrollo y la igualdad. En la superficie, el “movimiento” lucha por redistribuir la riqueza, en una búsqueda justiciera por equilibrar una cancha dispareja e inclinada para que los que “menos tienen” accedan a una vida más feliz, con salud, empleo y educación para todos.

Los programas sociales, que a la larga se hacen insostenibles por falta de recursos fiscales, son la pieza clave en la construcción de legiones de clientes electorales para apuntalar en las urnas la permanencia del “proyecto”. A costa de lo que sea, la estrella polar del autoritarismo es la uniformidad ideológica y la aniquilación de las opciones políticas alternativas.

Nadie en su sano juicio podría estar en contra de un proyecto que redistribuye y reparte la riqueza. Sin embargo, una característica común de los regímenes autoritarios más recientes es la búsqueda frenética de los “líderes” de la causa por una concentración de facultades unipersonales en detrimento del equilibrio de poderes, la transparencia y la libertad de expresión.

Durante 2025 hemos sido testigos del dramático colapso de dos gobiernos autoritarios: Bolivia y Honduras. En ambos casos, la centro-derecha logró borrar del mapa electoral a dos propuestas políticas cercanas a la retórica castrochavista y a la defensa de Maduro y su criminal dictadura en Venezuela.

La derrota de Andrónico Rodríguez y Rixi Moncada es una prueba fehaciente de que los gobiernos de izquierda que le apuestan a la reivindicación del eje Habana-Caracas-Managua imprimen en su gestión una serie de medidas populistas que son incapaces de producir empleos, atraer inversión o desarrollar innovaciones tecnológicas. El desprecio a los verdaderos valores de la Carta Democrática Interamericana como la libertad de expresión, el equilibrio de poderes, la transparencia y la rendición de cuentas, se ha enmascarado en un torcido concepto de defensa a la soberanía y la autodeterminación que defiende excesos y corruptelas.

El impacto brutal de los petrodólares chavistas en el Caribe, la creación del ALBA, la búsqueda por sustituir a la OEA por la CELAC y los acercamientos peligrosos a China, Irán y Rusia han forjado una plataforma que llegó a ser inquietante, pero que con el tiempo se fue diluyendo electoralmente.

La retórica autoritaria, que sacrifica libertades en la búsqueda del desarrollo, ha topado con pared gracias a los excesos y corrupción de nuevas camarillas del poder, muy semejantes a las que buscaron derrotar cuando esos “grupos libertarios” eran oposición.

El mejor ejemplo del desplome de gobiernos altamente ideologizados lo representa la derrota histórica del evismo en Bolivia. La disputa suicida  entre Luis Arce y Evo Morales, sumado a la catástrofe económica de un gobierno ineficiente y voraz acabaron de tajo con uno de los bastiones de la izquierda en América del Sur.

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Todo por servir se acaba. El autoritarismo de izquierda, enraizado en la defensa de las dictaduras nicaragüenses, cubanas y venezolanas, ha resultado repulsivo para nuevas generaciones de votantes en un mundo verdaderamente globalizado por las redes sociales. Las clases medias también existen y cuando se movilizan los resultados pueden ser sorprendentes.

La búsqueda de una izquierda democrática como una alternativa a los excesos del mercado es una opción electoral legítima. Sin embargo, como lo demostró el colapso electoral en Bolivia y Honduras, pareciera que algunos se sienten más atraídos por la concentración brutal de poder del autoritarismo que de las verdaderas causas históricas de la justicia y la libertad.

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