Cuando llega diciembre y el frío se instala, el vino deja de ser solo una copa a temperatura ambiente para convertirse en abrigo líquido. Caliente, especiado, ligeramente dulce: el vino caliente es una de esas bebidas que invitan a quedarse en la mesa, alargar la sobremesa y encender aún más el ambiente navideño.
En los mercados de Navidad de Alemania, Austria o Francia, el Glühwein o vin chaud es tan típico como las luces y los puestos de madera. Se sirve humeante en tazas gruesas. Con el tiempo, esta tradición cruzó fronteras: viajeros, restaurantes y bares adoptaron la receta, la adaptaron a su gusto y, en México, se empezó a servir como alternativa al ponche clásico en posadas y cenas de invierno.
La idea de calentar vino con especias es antigua: ya en la Edad Media se preparaban vinos especiados que se consideraban tonificantes y apropiados para el frío. Las especias eran caras y se asociaban con el cuidado de la salud y el lujo. Con los siglos, esa costumbre se fue concentrando en los meses de invierno y, sobre todo, en la temporada navideña.
En la Europa actual, el vino caliente es protagonista de los mercados de Navidad: se bebe al aire libre, en plazas y calles, mientras la gente compra adornos o come salchichas, pretzels y panes dulces. En México, en cambio, el vino caliente se vive más puertas adentro: cenas de amigos, mesas navideñas, menús especiales en restaurantes que quieren sumar un guiño invernal a su propuesta.


