(AP /Leo Correa)(AP /Leo Correa)

Los verdugos de Bondi Beach

2025/12/16 11:00
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Los verdugos eligieron el lugar apropiado: las playas de Bondi Beach en Sídney, Australia, donde la gente se reúne para estar en paz con el mar como testigo y bajo un cielo pintado de azul. Por lo menos eso creían. Los verdugos eligieron la fecha: Janucá, un día de celebración judía, la fiesta de las luces, la fiesta para celebrar la victoria de los judíos contra sus opresores. Si se honraba a las luces, los asesinos optaron por las tinieblas, la oscuridad y los parpadeos de la sangre. Hicieron lo que más les gusta hacer en estos casos: matar judíos indefensos. Les gusta hacerlo y lo disfrutan. Suponen que desde el cielo o el infierno alguien los habilita para celebrar sus orgías de muerte. El saldo del festín de sangre aún es incompleto, pero se habla de más de doce muertos y alrededor de cuarenta heridos. Entre los muertos, un rabino y también un sobreviviente del Holocausto. ¡Qué felicidad! Matar judíos y, si es posible, ajustar cuentas con los que no murieron cuando debían morir en los campos de Auschwitz, Treblinka, Dachau, Buchenwald.

Los asesinos no innovaron en nada. Reiteraron punto por punto lo que desde la noche de los tiempos practican sin escrúpulos ni remordimientos. En lo fundamental, se propusieron reeditar lo mismo que perpetraron sus compañeros de causa el 7 de octubre de 2023 en Israel. Eso se llama genocidio. Matar a alguien no por lo que hace, sino por lo que es. Y una vuelta de tuerca siniestra que Hitler no se atrevió a orquestar. Si la víctima osa defenderse, ella adquiere de inmediato la condición de genocida y de cometer crímenes de lesa humanidad.

El primer ministro de Australia, Anthony Albanese, está muy acongojado. No le gusta que las playas de Bondi Beach se manchen de sangre. Vamos a creer en la sinceridad de sus sentimientos, pero también recordemos que el hombre estaba avisado. Que lo sucedido no cayó sorpresivamente del cielo. Estaba avisado y no hizo nada, tal vez porque estaba más preocupado en combatir una inexistente islamofobia que en poner límites a una judeofobia real. Albanese estaba avisado. Desde Israel le habían recordado más de una vez los peligros del fascismo islámico. Y que denunciarlo y combatirlo no es islamofobia, es realismo político. Parece mentira que a un político laborista haya que explicarle que el antisemitismo es una pasión enfermiza que contagia a millones en el mundo.

Nada nuevo bajo el sol: la judeofobia nace de la necesidad de hallar un chivo expiatorio que pague en nombre de todos. Es una pasión, una enfermedad del espíritu que abraza a la humanidad. En esa faena Hitler nunca estuvo solo. Tampoco lo está hoy. Cabe imaginar que desde la izquierda y la derecha el júbilo será inmenso. “Es la resistencia contra la ocupación”, dirán los imbéciles y los perversos de siempre. “Que paguen sus deudas los colonialistas hijos de Sión”. Los más escrupulosos es posible que escriban algunas palabras de condolencias, pero en el fondo de sus corazones afirmarán su convicción de que, por un camino o por otro, por una razón o por otra, los judíos merecen ser asesinados en manada porque entregaron a Jesús, porque son una raza maldita y porque han cometido la infamia de construir su propio hogar. A semejantes pecados solo corresponde la muerte. Niños, mujeres, viejos y jóvenes. Lo mismo da. Lo que importa es que sean judíos. No importa si viven en Tel Aviv, en Jerusalén, en Nueva York, en París o en Sídney. Deben pagar y deberán pagar siempre.

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