El pavo es uno de los grandes símbolos de la cena navideña en México, aunque no siempre se le trate con justicia. Su fama de platillo seco no tiene que ver con el producto, sino con errores de ejecución: descongelados apresurados, temperaturas mal calculadas y ausencia de reposo. Cuando se cocina con método, el pavo se convierte en el centro natural de la mesa, no por tamaño, sino por sabor.
El pavo es originario de Mesoamérica. Antes de la llegada de los europeos, el guajolote ya formaba parte de la alimentación y de los rituales de distintas culturas prehispánicas. Tras la Conquista, el ave fue llevada a Europa y, con el tiempo, se integró a las celebraciones invernales.
En México, su presencia en la cena de Navidad se consolidó en el siglo XX, impulsada por la expansión del horno doméstico y los recetarios familiares. Desde entonces, el pavo se asocia con abundancia, reunión y cocina de ocasión, una que no admite prisas.


