Hay platillos que pasan desapercibidos y otros que, sin hacer ruido, desaparecen primero de la mesa. La ensalada de manzana pertenece a esta segunda categoría. No compite con el pavo ni con el bacalao, pero siempre vuelve a servirse. Su lugar está en el equilibrio: refresca, endulza y da descanso entre sabores intensos. Por eso, cada diciembre, reaparece como una certeza.
La ensalada de manzana tiene raíces en ensaladas dulces europeas y norteamericanas del siglo XX, donde la fruta, la crema y los frutos secos eran comunes en celebraciones invernales. En México, la receta se transformó al ritmo de la despensa local: manzana roja, piña en almíbar, nuez, pasas y crema. Con el tiempo, dejó de ser una novedad para convertirse en un acompañamiento imprescindible de la cena de Nochebuena.
Su éxito también tiene que ver con la lógica de la cocina festiva: es rendidora, se prepara con anticipación y mejora tras unas horas de reposo. No necesita técnica compleja, pero sí atención al balance.


