En muchas casas de México, la Navidad comienza con un plato caliente. Antes de los asados, los moles o los romeritos, aparece el caldo de camarón como un gesto de bienvenida: prepara el paladar, reconforta y reúne.
A diferencia de otros caldos, el de camarón tiene un carácter festivo sin ser ostentoso. Su sabor profundo se construye con pocos elementos y una técnica precisa, donde el respeto al producto es la clave.
La diferencia entre un caldo correcto y uno memorable está en las cáscaras y las cabezas. Ahí vive la esencia del camarón. Dorarlas ligeramente antes de hervirlas permite extraer aceites, color y aromas que dan como resultado un caldo rojo, fragante y con identidad, sin necesidad de concentrados ni atajos.
El chile seco —generalmente guajillo y un toque de ancho— aporta color y dulzor. No busca picar, sino acompañar. El equilibrio es fundamental: el mar debe sentirse limpio, nunca invasivo.
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