Las cenas de Año Nuevo suelen obsesionarse con el centro del plato: la pierna, las costillas, la lasaña. Pero el verdadero golpe maestro está en aquello que sostiene todo lo demás: una guarnición caliente, abundante y capaz de convivir con una noche que no sigue horarios.
Las papas gratinadas son ese truco. No agotan presupuesto, no exigen atención constante y se comportan bien en la mesa: mantienen temperatura, se sirven sin protocolo, completan el hambre de quienes “solo quieren una cucharada más” y, casi siempre, se convierten en lo primero que desaparece.
Son, además, el acompañamiento universal: combinan con cualquier menú —carne, pasta, ensalada, pescado— y pueden prepararse horas antes de que empiece la cuenta regresiva.
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