Una muestra del Museo Reina Sofía, de Madrid, rinde homenaje a la artista gallegaUna muestra del Museo Reina Sofía, de Madrid, rinde homenaje a la artista gallega

Maruja Mallo, una vida intensa al servicio del arte

2026/01/03 11:06

Con la retrospectiva “Maruja Mallo. Máscara y compás”, que ocupa nada menos que 11 de sus salas, el Museo Reina Sofía de Madrid rinde homenaje a la artista más innovadora de la vanguardia. La muestra, que abrió en ocubre, sigue abierta hasta el 16 de marzo.

Ana María Gómez González (nombre original de Maruja Mallo) nació el 5 de enero de 1902 en Viveiro, al norte de Galicia. Fue la cuarta de catorce hermanos, criados en un ambiente de igualdad que fue el embrión de la libertad con la que manejó su vida.

En 1922, trasladada la familia a Madrid, Maruja Mallo se convierte en la primera mujer admitida en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En ese lugar se hizo amiga de Salvador Dalí, quien la introdujo al surrealismo y a la célebre Generación del 27, que entre otros integraban Federico García Lorca y Luis Buñuel, quienes también se hicieron amigos de la recién llegada. Pero acaso su gran reconocimiento como artista llegó cuando José Ortega y Gasset, impresionado por sus ilustraciones para La revista de Occidente, decidió organizarle una exposición de sus obras.

Las Sinsombrero fueron un grupo de artistas e intelectuales mujeres de la Generación del 27 que desafiaron las normas sociales de su época. Su nombre proviene de lo que hicieron Maruja Mallo y Margarita Manso, quien en compañía de Dalí y García Lorca decidieron, caminando por la Puerta del Sol, quitarse el sombrero en público como un acto de rebeldía contra las convenciones de la época. Entre ellas estaban María Teresa León y Rosa Chacel. En 1932 la pintora recibe una beca para estudiar en París. Allí conoce a Miró, Magritte, Picasso, De Chirico y Breton y se sumerge en el movimiento surrealista.

Fiel defensora de La República, Maruja Mallo decide marcharse de España como consecuencia de la guerra civil. Primero logra huir a Lisboa, donde es recibida por Gabriela Mistral, por entonces embajadora de Chile en Portugal. Por pedido de la Premio Nobel, Victoria Ocampo la recibió en Buenos Aires, la sumó al staff de Sur y la protegió durante sus 25 años de exilio. Una amistad que nutrió a ambas en las artes y en las letras.

En Buenos Aires pintó, entre 1936 y 1939, una serie conocida como La religión del trabajo, un homenaje a los trabajadores del mar y de la tierra como esperanza de un mundo futuro en armonía con la naturaleza. Las figuras monumentales de esta serie representan a las diosas del arte clásico y se iluminan con una luz dorada para las campesinas y plateadas para las pescadoras.

Tuvo muchos amores, aunque ella decía que no se encadenaba a ninguna relación para no perder su libertad. Vale mencionar a Rafael Alberti y Miguel Hernández entre ellos. Con este último mantuvo una relación frustrada. Mallo fue el gran amor de Hernández, que le dedica su poemario El rayo que no cesa. Su relación se terminó abruptamente en 1936, tras un incidente en el que la Guardia Civil los sorprendió en una situación comprometedora, lo que provocó la detención del poeta.

Con Rafael Alberti compartieron además una comunión creativa que influyó en la obra de ambos. Alberti le dedicó poemas como “La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo” y “El ángel malo“, incluidos en su obra Sobre los ángeles, ambos inspirados en la pintora.

En la muestra del Reina Sofía se exhibe una carta de Antonio Machado de octubre de 1938: “Mi admirada amiga: Con toda el alma le agradezco el espléndido regalo que me anuncia y que en las circunstancias actuales adquiere categoría de providencial. Le deseo salud, ánimo y toda suerte de bienandanzas para bien del arte y satisfacción de sus buenos amigos”.

Durante el período franquista muchos artistas fueron mantenidos en las sombras en España. Decidida a conseguir el reconocimiento que se merecía, Maruja Mallo se dedicó, durante los años 60 y 70, a recuperar y reconstruir su obra. Retomó su colaboración en la Revista de Occidente, se reintegró en los círculos artísticos y por supuesto siguió pintando. Falleció en Madrid el 6 de febrero de 1995, convertida acaso en la pintora española más importante del siglo XX.

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