Era 2015 cuando la pareja de arquitectos Mara Ambrosio y Gerardo Noriega dejó Buenos Aires para vivir cerca del mar. Se instalaron en el barrio Villarobles, y desde ese pintar de casi 1000 hectáreas levantaron su estudio, Diezpasos. “Que la materialidad no invada el paisaje, sino que se adapte: esa es la misión”, sintetiza Mara su lema de base.
Entre sus obras, “El Granero”, que visitamos hoy, ocupa un lugar especial. Su origen no está en un plano, sino en un recuerdo compartido: el divinísimo bar y restaurante Olsen de Palermo (que allá lejos y hace tiempo creara Germán Martitegui). Amaban su jardín, la doble altura, las cabriadas expuestas y su atmósfera cálida y pioneramente nórdica. “Cada vez que íbamos, decíamos lo mismo: este lugar es para vivir”, recuerda Gerardo.
Su deseo se concretó esta una casa grande, pero íntima, con dos suites y una planta libre que concentra la vida diaria. “El lujo está en la espacialidad, no en materiales caros o de moda”, resume Mara. “Lo que realmente importa es cómo la casa se vive. La pensamos para pocas personas, pero con lugar para disfrutar del encuentro”.
La cocina se resuelve con un único plano que oculta cajones, puertas y módulos de despensa detrás de una superficie perforada. Ese gesto continuo unifica la escena y permite que las funciones queden sugeridas, nunca explícitas.
No solo hay chapa microperforada en todos los frentes de los muebles, sino también en el plano que nace en el techo y baja hasta el piso. Esa gran piel metálica funciona como límite entre las áreas sociales y el sector de los dormitorios.
Las perforaciones, diseñadas y moduladas especialmente para el proyecto, generan un efecto casi oriental: cuando se sube la escalera, la luz se filtra como por un tamiz que permite ver desde el interior de la circulación sin que desde el living se perciba el movimiento.
“La pérgola es permeable: la hicimos con palitos de álamo y plantamos tres glicinas −buscando que la flor sea blanca− para que algún día la cubran por completo. Queríamos sentir la naturaleza, por eso no la cerramos con policarbonato”, cuentan los dueños de casa.
“Para traer las cosas, el camión hizo un recorrido que salió desde Córdoba para cargar esta mesa blanca con los sillones, pasó por Casilda a buscar las canoas, por Pilar por otros sillones; ¡y las alfombras vinieron de Rosario y Entre Ríos!”, se ríe Mara recordando el periplo.
“En un momento pensamos hacer el interior de ladrillo, una decisión peleada. Al final dejamos una sola pared blanca, solo para los cuartos: da una delicadeza distinta sin romper el carácter general de ‘El Granero’”.


