¿Cómo definimos el éxito profesional? De eso hablan Andrés Hatum y Miguel Espeche en este episodio de Carreras extraordinarias para gente común¿Cómo definimos el éxito profesional? De eso hablan Andrés Hatum y Miguel Espeche en este episodio de Carreras extraordinarias para gente común

Vacaciones y carrera: cuando el silencio dispara preguntas incómodas

2026/01/17 15:16

Las vacaciones son ese momento extraño del año en el que los profesionales dejan de correr, pero no necesariamente de pensar. Se afloja con el Excel, el PowerPoint y el mail corporativo, pero la cabeza sigue funcionando en piloto automático. Quizás porque, cuando baja el ruido, aparecen las preguntas incómodas. Esas que durante el año se tapan con reuniones “urgentes”, agendas imposibles y proyectos estratégicos que nadie recuerda tres meses después.

El cierre del año tiene algo de balance contable existencial. Se mira hacia atrás y aparece una duda que incomoda más que cualquier auditoría: ¿la carrera que tengo es la que se eligió o la que quedó mientras se estaba ocupado trabajando? Las vacaciones abren una oportunidad poco glamorosa pero necesaria: pensar la carrera sin el apuro del lunes ni la tiranía del calendario.

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No se trata de reinventarse en quince días ni de volver de la playa con un propósito de vida escrito en una servilleta. Se trata de ordenar preguntas que, si no se piensan ahora, suelen reaparecer en julio bajo la forma de cinismo, apatía o burnout con cargo senior y sueldo competitivo.

La primera pregunta es brutal y directa: ¿quién es alguien más allá del cargo? Muchos profesionales confunden identidad con puesto. “Soy gerente”, “soy director”, “soy socio”. Pero cuando el cargo se suspende —por vacaciones, por despido o por una reestructuración elegante— aparece el vacío. La profesora Herminia Ibarra (autora del libro Working Identities) lo plantea con claridad: la identidad profesional no se descubre mirando el mar, se construye probando. La autora identifica tres estrategias clave para transitar cambios de carrera de manera efectiva: (1) experimentar con nuevas actividades profesionales, (2) interactuar con nuevas redes de personas y (3) interpretar lo que está ocurriendo a la luz de posibilidades emergentes. El problema es que hay carreras enteras construidas sin probar nada fuera del rol asignado. Después nos sorprende el hastío, como si fuera un virus nuevo.

Otra pregunta incómoda es en qué etapa profesional se encuentra cada uno. No toda incomodidad es crisis vocacional. A veces es simplemente un cambio de ciclo. No es lo mismo querer aprenderlo todo a los treinta que empezar a preguntarse para qué sirve todo lo aprendido a los cincuenta. El error habitual es negar la etapa y seguir actuando como si nada hubiera cambiado. Ahí empieza el desgaste silencioso, ese que no figura en ningún KPI.

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Los especialistas también recomiendan revisar las anclas de carrera. Edgar Schein hablaba de esos valores no negociables que operan aunque no se los nombre: autonomía, seguridad, desafío, impacto, equilibrio entre otros. Muchos profesionales descubren sus anclas tarde, cuando las evitaron durante años. Aceptaron roles prestigiosos que los alejaron de lo que disfrutan o ascensos que los convirtieron en jefes cuando, en realidad, amaban hacer.

Fuera de la oficina también pasan cosas importantes, aunque el mundo corporativo las llame “hobbies”, como si la vida real fuera un pasatiempo. Escribir, enseñar, entrenar, crear o involucrarse en proyectos paralelos no es pérdida de foco: es oxígeno identitario. Los profesionales que solo existen dentro de la organización suelen volverse frágiles cuando esa organización cambia o decide prescindir de ellos con una sonrisa y un “no es personal”. Es importante hacer actividades por fuera del trabajo para que el sentido de la vida no sea solamente la oficina.

Por último, pensar la carrera como un portafolio y no como una escalera ayuda a bajar ansiedad. Un mix de roles, ingresos y proyectos que conviven: empleo formal, consultoría, docencia, un emprendimiento pequeño (cada uno puede armar su propio combo). No para hacerlo ya, sino para dejar de creer que hay una única forma seria, lineal y aceptable de tener carrera profesional.

Las vacaciones también sirven para revisar la relación con el éxito. Durante el año se suelen medir los resultados con métricas prestadas: facturación, ranking, cargo, visibilidad. En enero, cuando nadie mira el CV, aparece otra vara más incómoda: la del sentido. No es una pregunta romántica, es una pregunta pragmática. ¿Esto que hago me sostiene o solo me exige? ¿Me ordena la vida o la ocupa por completo?

Otra trampa habitual es pensar que frenar es retroceder. Muchos profesionales viven en modo acumulación: más proyectos, más responsabilidades, más reuniones. Pero acumular no siempre es crecer. A veces es solo postergar decisiones. Las vacaciones permiten algo raro: distinguir cansancio de desalineación. No es lo mismo estar agotado que estar fuera de eje, aunque durante el año parezca lo mismo. También es un buen momento para revisar vínculos profesionales. Con quiénes aprendemos, con quiénes competimos, con quiénes repetimos conversaciones vacías. La carrera no se construye en soledad, pero tampoco debería vivirse como una competencia permanente. El cinismo organizacional suele nacer de relaciones mal digeridas, no de falta de talento.

El problema es que muchas de estas preguntas no entran en la agenda laboral. No tienen dueño, no tienen presupuesto y no generan resultados inmediatos. Por eso se postergan. Hasta que el cuerpo, la cabeza o el humor dicen basta. Las vacaciones no resuelven nada por sí solas. Solo bajan el ruido. Y cuando el ruido baja, algunas verdades aparecen. No para actuar de inmediato, sino para no olvidarlas cuando el año arranque otra vez. Pensar la carrera es un ejercicio incómodo porque obliga a hacerse cargo: de decisiones tomadas, de silencios aceptados y de caminos no recorridos. Pero también es una forma de recuperar autoría. Algo escaso en organizaciones que viven pidiendo compromiso mientras ofrecen cada vez menos certezas.

Si se quiere hacer un ejercicio práctico, a continuación van cinco preguntas de reposera. Primera: ¿qué parte del trabajo da energía y cuál la absorbe? Segunda: ¿a qué se le dice que sí por miedo (a perder estatus, plata, pertenencia) y no por deseo? Tercera: si mañana cambian el título, ¿qué se sabe hacer de verdad? Cuarta: ¿qué ancla se esta traicionando para “ser profesional”? Quinta: ¿qué proyecto fuera de la oficina podría devolver el juego, la curiosidad y la autoestima?

Muchos vuelven en marzo con la misma promesa de siempre: “este año me organizo” pero la realidad dice otra cosa. El sistema está diseñado para que uno no se organice, para vivir corriendo detrás de urgencias ajenas y creyendo que eso es relevancia. La trampa es elegante: dar sensación de importancia a cambio de tiempo. Por eso, el mejor cierre de año no es un balance de logros: es un acto mínimo de honestidad. Reconocer qué carrera se está construyendo, para quién y a qué costo. El resto —cursos, cambios, ascensos— viene después. Si viene. Y si no, al menos que la decisión sea de uno. Vacaciones no es huir del trabajo: es mirarlo desde afuera. El proceso puede doler, si se descubre que la escalera profesional estaba apoyada en la pared equivocada.

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