(Foto: Presidencia de México)(Foto: Presidencia de México)

Las lecciones de Canadá a México

Donald Trump se llevó esta semana dos frentazos.

Por un lado estuvo la decisión de la Unión Europea de respaldar la soberanía de Groenlandia, lo cual lo enfureció y amenazó -como podría ser de otro modo- con imponer más aranceles a los países que le impidan quedarse con ese territorio.

Por el otro, se topó con la decisión del gobierno de Canadá de establecer un trato con China, como conclusión de la visita del primer ministro, Mark Carney, al gigante asiático.

Aunque ambas cosas incumben a México, veamos por lo pronto el significado de la estrategia canadiense.

Hay una diferencia de fondo entre el estilo negociador de Canadá y el de México frente a Estados Unidos: Ottawa está dispuesto a comprar grados de libertad aun al costo de tensar a Washington; México, en cambio, ha optado por reducir fricciones con la Casa Blanca, incluso si eso implica endurecer su postura frente a China.

El viaje de Mark Carney y el acuerdo anunciado a su regreso, ilustran bien esa lógica. Canadá aceptó recortar de manera sustantiva el arancel a los vehículos eléctricos chinos (con un cupo anual), a cambio de que China bajara aranceles a la canola y relajara medidas sobre otros productos agroalimentarios, con calendario de entrada en vigor.

Esa señal es nítida: Carney está apostando por diversificar ahora, aun si eso incomoda a Estados Unidos en vísperas de la revisión del acuerdo comercial de Norteamérica.

El cálculo canadiense tiene lógica… y también riesgo. Washington ya calificó el arreglo como “problemático”, precisamente porque introduce a China —aunque sea por una rendija— en una cadena industrial sensible como la automotriz norteamericana. Es una jugada con filo: abre opciones para agricultores y consumidores canadienses, pero al mismo tiempo le da municiones a Trump si decide usar la renegociación como palanca para “disciplinar” a sus socios.

México se movió en sentido contrario. A partir del 1 de enero de 2026 entraron en vigor aumentos arancelarios de hasta 50% en 1,463 fracciones para importaciones provenientes de países sin tratado, con China como el objetivo práctico más visible. La lectura externa es inevitable: México intenta mostrar alineamiento con la preocupación estadounidense por el “transbordo” asiático y por el crecimiento de importaciones chinas en sectores donde también compiten proveedores norteamericanos.

¿Por qué Canadá puede darse el lujo de incomodar a EU más abiertamente, mientras México camina con mayor cautela? La respuesta está en la estructura del comercio y, por tanto, en el margen de maniobra.

Canadá depende enormemente del mercado estadounidense, sí, pero con una composición que le da instrumentos. En energía, la integración es casi total: en 2024, 94.4% de las exportaciones canadienses de hidrocarburos fueron a Estados Unidos. Eso convierte a Canadá en proveedor estratégico de un insumo que Washington difícilmente puede sustituir sin costos políticos y económicos. La asimetría existe, pero Ottawa no llega a la mesa con las manos vacías.

México, por el contrario, está atado a Estados Unidos en su principal fortaleza: manufacturas integradas en cadenas regionales. Diversas mediciones ubican el envío de exportaciones no petroleras al mercado estadounidense alrededor de cuatro quintas partes del total. Y no son commodities intercambiables: son autopartes, vehículos, maquinaria, electrónicos, dispositivos médicos, eslabones de producción que cruzan la frontera varias veces antes de convertirse en producto final. Ahí está el problema: la misma integración que ha sido el “blindaje” de México, también limita su libertad para ensayar movimientos que irriten a Trump.

En importaciones, México tiene una exposición relevante a China, la cual aparece consistentemente como segundo proveedor del país después de Estados Unidos. Por eso el giro arancelario mexicano no es menor: no solo es un gesto político; también reordena costos a industrias y consumidores, con efectos que se sentirán en precios relativos y márgenes en varios sectores.

Carney juega a dos bandas: le dice a Washington “no me encierres” y le dice a Beijing “te abro un espacio acotado”. México juega a una banda principal: “no me conviertas en objetivo”, aun si para ello debe endurecer medidas frente a Asia. Y en el mundo Trump, ambos enfoques tienen un denominador común: no garantizan nada.

Porque el rasgo central de Trump en la negociación no es la coherencia, sino la volatilidad: hoy premia, mañana castiga; hoy elogia, mañana amenaza.

La conclusión, entonces, no es que Canadá tenga la receta y México esté equivocado, ni al revés. La conclusión es más incómoda: en esta mesa nadie firma certezas.

México necesita la estrategia más inteligente: una que preserve el acceso preferencial y la integración productiva —su activo mayor—, pero que al mismo tiempo reduzca vulnerabilidades sin autoimponerse costos que debiliten competitividad.

Si algo enseña el movimiento canadiense es que los grados de libertad se construyen… pero también se pagan. Y en la era Trump, el error más caro es creer que ya se llegó a puerto.

Ya lo veremos en los siguientes meses.

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