Por primera vez desde hace cuatro décadas, Portugal no ha conseguido elegir al jefe de Estado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. En las celebradas este domingo, el más votado fue el candidato socialista, António José Seguro, con un 31% de los votos. Por un lado, su victoria demuestra que las fuerzas moderadas aún pueden ganar; por otro lado, hay una señal preocupante: la extrema derecha sigue creciendo en Portugal y el candidato André Ventura obtuvo casi uno de cada cuatro votos (24%).
Una obra de teatro ayuda a explicar lo ocurrido este domingo y lo que puede suceder en las próximas tres semanas. En Lisboa, ha vuelto a representarse Catarina e a beleza de matar fascistas (Catarina y la belleza de matar fascistas), que ha llenado salas en todo el país desde su estreno, hace ya cinco años. Durante la pieza, un político de extrema derecha se levanta y lanza un discurso racista y xenófobo dirigido al público. El monólogo de más de 20 minutos se va radicalizando hasta volverse insoportable. Cuando alguno de lo espectadores interrumpe al actor, es habitual que se produzca una oleada de abucheos y que algunos abandonen la sala. Pero otros asistentes lo toleran, más o menos.
Es un símil de lo que ocurre en Portugal. Hay quienes nunca han tolerado las palabras, carteles y gestos xenófobos que inundan los discursos políticos y otros que tardan en reaccionar con firmeza. Quedan tres semanas para la segunda vuelta de una campaña entre un candidato que quiere ser “el presidente de todos los portugueses” y otro que dice que “no será el presidente de todos” y que, además, aspira a modificar la Constitución para cambiar sustancialmente el modelo de gobierno.
La clave de estas elecciones podría ser precisamente esta: ¿hasta qué punto están dispuestos los portugueses a escuchar un discurso populista y sin soluciones, basado en el fomento del odio hacia las minorías y los inmigrantes? ¿Y hasta qué punto ese discurso puede condicionar a la derecha democrática e, incluso, ganar las elecciones?
Ventura sigue creciendo elección tras elección y no es difícil entender dónde obtiene más votos: donde el Estado está menos presente, donde no hay transporte, donde escasea el trabajo, donde hay que recorrer demasiados kilómetros para recibir atención sanitaria y donde los más jóvenes ya no quieren quedarse. Y donde la política no da respuestas, crece el populismo. Mirar los mapas electorales sirve de lección para cualquier democracia: sin un Estado que cubra las necesidades de los ciudadanos, el terreno se vuelve fértil para el extremismo.
La extrema derecha intentará convencer a los portugueses de que estas elecciones se disputarán “entre socialistas y no socialistas”, tratando de asociar a António José Seguro con el último Gobierno de este signo en Portugal. Pero el ganador de la primera vuelta de estas elecciones ha estado fuera de la vida política durante más de una década, dedicándose exclusivamente a la enseñanza, la agricultura y la gestión de alojamientos locales en su tierra natal, Penamacor, junto a la frontera con Extremadura.
La derecha tradicional y los liberales no declararon su apoyo a Seguro este domingo: entre los responsables de esos partidos y del primer ministro reinó el silencio, lo que da espacio a Ventura para presentarse, al menos durante estas tres semanas, como líder indiscutible de la derecha en Portugal.
El candidato presidencial António José Seguro, después de ganar la primera vuelta de las elecciones en Portugal.El Gobierno, que se está colocando al margen de la segunda vuelta tras la rotunda derrota del candidato al que apoyaba —Luís Marques Mendes no superó el 11%, el resultado más bajo jamás obtenido por un candidato apoyado por el partido de centroderecha PSD—, corre un grave riesgo si Ventura consigue crecer mucho. Si obtiene un buen resultado en la segunda ronda, aunque no gane, el principal objetivo del candidato de extrema derecha es desgastar al máximo al Ejecutivo hasta que sea inevitable la convocatoria de elecciones anticipadas.
Seguro quiere demostrar que está por encima de las luchas entre partidos, defendiendo que la batalla de estas elecciones es contra “quienes siembran el odio y la división entre los portugueses”. A pesar de contar con el apoyo del Partido Socialista, el candidato volvió a defender que la suya “no es una candidatura partidista, sino la casa de todos los demócratas” y no recurrió a los barones del partido durante la campaña.
El antiguo líder del PS se benefició de la división de la derecha —con tres candidatos con porcentajes entre el 11% y el 16%— y de la concentración del voto de izquierdas. A la izquierda de Seguro, ningún candidato obtuvo más del 2%, lo que demuestra que esos votantes optaron por el aspirante que garantizaba la presencia de la izquierda en la segunda vuelta. Pero, por mucho que las encuestas muestren que Seguro no debería tener dificultades para vencer a Ventura, el candidato no quiere que sus votantes se desmovilicen. “En democracia nada está garantizado y, mucho menos, las victorias”, advirtió.
En esta victoria de António José Seguro hay algo de justicia poética con casi una década de retraso. Seguro fue líder del PS entre 2011 y 2014, pero, tras una escasa victoria en las elecciones europeas de 2014, fue desafiado por el entonces alcalde de Lisboa, António Costa. Más carismático que Seguro, Costa forzó la celebración de elecciones primarias que lo llevaron a la dirección del partido, que ganó con el 67% de los votos. Seguro se retiró de la dirección del Partido Socialista y desapareció hasta hace unos meses, cuando los candidatos presidenciales comenzaron a perfilarse para estas elecciones.
Seguro consigue que los portugueses lo vean como más fiable y moderado, una figura de consenso que se sitúa en el centro del espectro político. No deja de ser un triunfo para él, ya que cuando presentó su candidatura fueron muchas las voces que desde el Partido Socialista dijeron que no reunía las condiciones para ser presidente y que preferían tener a otro candidato socialista. Nadie dio un paso al frente.
De hecho, es una sorpresa que Seguro haya conseguido situarse por delante de André Ventura, ya que las encuestas daban con mayor probabilidad que el candidato de extrema derecha quedara en primer lugar.
El candidato liberal, Cotrim de Figueiredo, llegó a aspirar a quedar entre los dos primeros y pasar a una segunda vuelta, pero perdió parte de su base de apoyo la última semana tras no rechazar a André Ventura en una segunda vuelta. Más tarde admitió que no sabía “en qué estaba pensando” cuando dijo eso. Una lección para cualquier demócrata.
Ante cualquier intento de convertir la segunda vuelta de estas elecciones en una lucha “entre socialistas y no socialistas”, un recordatorio: Portugal no va a elegir entre la izquierda y la derecha. Las elecciones del próximo 8 de febrero son entre la democracia y el extremismo. Y en cualquier democracia sana solo hay una opción posible.

