Las imágenes satelitales del Atlántico tropical, frente a la costa occidental de África, muestran desde hace años una mancha marrón que se extiende miles de kilómetros hacia el Caribe. Se trata de una acumulación masiva de sargazo, un alga marina flotante cuya presencia se ha intensificado. En 2025, los registros científicos volvieron a marcar cifras récord y reavivaron el debate sobre qué está cambiando en el océano y por qué este fenómeno ya no puede considerarse excepcional.
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El sargazo es una macroalga parda que flota en la superficie y, en cantidades normales, cumple una función ecológica relevante al servir de refugio para peces y otros organismos. El problema es que cuando deja de dispersarse, se concentra en enormes agregaciones que forman el llamado Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico, una estructura estacional que reaparece casi cada año desde 2011, según la NASA.
Según los seguimientos por satélite, esta banda puede unir visualmente África con el golfo de México, con picos más intensos durante la primavera y el verano.
En mayo de 2025, las estimaciones situaron la biomasa acumulada en torno a 38 millones de toneladas, una cifra que superó máximos anteriores y que confirmó la dimensión transnacional del fenómeno.
NASA
Los científicos coinciden en que no existe una causa única. El crecimiento del cinturón responde a una combinación de factores que se potencian entre sí y favorecen la proliferación de algas a gran escala.
Entre los elementos más señalados destacan:
Esta mezcla convierte un fenómeno oceánico en un problema visible en playas y comunidades litorales, especialmente en el Caribe.
La fase más crítica comienza con la acumulación en aguas poco profundas o en la arena. Al descomponerse, el sargazo puede reducir el oxígeno disponible en el agua, afectar a peces e invertebrados y dañar praderas marinas y arrecifes por sombreado y enterramiento. A esto se suman molestias para la población, ya que la materia orgánica en descomposición libera gases irritantes y limita el uso recreativo de las playas.
Desde el punto de vista económico, la retirada de grandes volúmenes de algas implica costos elevados y una gestión compleja de los residuos, que no siempre pueden reutilizarse por la posible presencia de contaminantes.
Los expertos coinciden en que el sargazo actúa como un indicador visible de desequilibrios en la relación entre océano, atmósfera y actividades humanas.
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