El control de natalidad fue una política de Estado durante cuatro décadas. Hoy, con la población en descenso y la natalidad en mínimos, Beijing ensaya subsidios y servicios para revertir una tendencia que ya parece estructural.
China construyó una de las intervenciones demográficas más ambiciosas del siglo XX. Durante décadas, el Estado reguló la cantidad de hijos por familia con un objetivo explícito: frenar el crecimiento poblacional para sostener el desarrollo económico. Ese esquema moldeó hábitos, expectativas y decisiones privadas. El giro actual es, por eso, más que un cambio normativo: el país pasó de restringir nacimientos a intentar promoverlos, en un contexto en el que la población volvió a caer y la natalidad marcó mínimos históricos.
El problema ya no es la “sobrepoblación”, como se diagnosticaba en los años setenta, sino la combinación de envejecimiento acelerado, menos jóvenes y menor dinamismo de la fuerza laboral. El desafío es doble: aumentar nacimientos en una sociedad urbana que percibe la crianza como costosa y, al mismo tiempo, sostener sistemas de seguridad social y salud con una base de aportantes más reducida.
A fines de los años setenta, el liderazgo chino incorporó la natalidad al núcleo de la planificación estatal. El razonamiento era directo: un crecimiento poblacional elevado podía diluir el ingreso por habitante, presionar sobre alimentos, vivienda, educación y empleo, y dificultar la modernización productiva.
La política se tradujo en campañas para retrasar el matrimonio, espaciar nacimientos y reducir el tamaño de los hogares. Con el tiempo, esas orientaciones se transformaron en un sistema más exigente, gestionado por autoridades locales con metas cuantitativas y mecanismos administrativos.
Ese cambio tuvo un punto de inflexión a comienzos de los años ochenta: el ideal de “un solo hijo” se convirtió en el eje del mensaje público. Aunque no fue una regla idéntica en todo el territorio —hubo excepciones y variaciones por regiones—, fijó una norma social y una arquitectura burocrática que condicionaron decisiones familiares durante generaciones.
La política del “un hijo” operó como un entramado de incentivos y sanciones. En términos simples: el Estado buscó que la mayoría de las familias tuviera un solo hijo y diseñó instrumentos para aproximar el resultado a esa meta.
La implementación estuvo descentralizada, con un rol importante de provincias y municipios. Allí se definían objetivos y se administraban permisos, registros y sanciones. En muchos casos, el cumplimiento se apoyó en multas y restricciones administrativas. El resultado fue un descenso pronunciado de la natalidad y, con el paso del tiempo, una transición demográfica rápida hacia una sociedad envejecida.
Más allá de las cifras, la consecuencia de largo plazo fue cultural: se consolidó la idea de familia pequeña como estándar urbano, al mismo tiempo que aumentaron las aspiraciones educativas y el costo percibido de criar y sostener a un hijo en ciudades con vivienda cara y competencia laboral intensa.
Con el avance del envejecimiento y la caída de nacimientos, el Estado comenzó a corregir el rumbo. Primero, habilitó la política de “dos hijos”. Luego, en 2021, amplió el marco a “tres hijos”. Fue el reconocimiento de un problema que se volvía más visible: aunque se levantaran límites, muchas parejas no estaban dispuestas —o no podían— tener más hijos.
Esa brecha entre permiso y decisión es clave para entender el presente. Cambiar una norma no altera de inmediato la economía doméstica ni las preferencias que se formaron durante décadas. En las grandes ciudades, la decisión de tener hijos se encuentra atravesada por la estabilidad laboral, el precio de la vivienda, la disponibilidad de jardines, las licencias, el costo de la educación y el tiempo de cuidado.
En ese terreno, los cambios normativos fueron condición necesaria, pero no suficiente.
En los últimos años, el eje de la política pública se desplazó: de la regulación directa a los incentivos y la provisión de servicios. El objetivo ya no es evitar nacimientos “excedentes”, sino reducir las barreras que desincentivan la maternidad y la paternidad.
El Estado y los gobiernos locales ensayaron medidas de distinto alcance: subsidios, beneficios fiscales, apoyo al cuidado infantil y programas para ampliar la oferta de guarderías. También aparecieron iniciativas para mejorar licencias y facilitar la conciliación laboral, con distintos niveles de implementación entre regiones.
El problema de fondo es que la natalidad dejó de estar determinada por una cuota y pasó a depender de cálculos privados: cuánto cuesta criar, cuánto tiempo exige, qué impacto tiene sobre la carrera laboral y qué nivel de incertidumbre enfrenta el hogar. En sociedades urbanas con alto costo de vida, el “techo” de la natalidad suele ser económico y organizacional, no normativo.
Por eso, incluso con medidas de estímulo, la recuperación tiende a ser lenta y limitada si no se modifica el conjunto de factores que presionan sobre las familias.
Las perspectivas para China combinan tres tendencias que se refuerzan entre sí.
La primera es la continuidad de la caída poblacional, con oscilaciones anuales, pero con una dirección predominante: menos nacimientos que defunciones en un país que ya ingresó en una etapa de crecimiento natural negativo.
La segunda es el envejecimiento. La proporción de adultos mayores aumenta y, con ella, la demanda de salud y cuidados. En términos fiscales, eso amplía el gasto estructural.
La tercera es la presión sobre el mercado laboral. Una economía con menos jóvenes enfrenta tensiones para sostener oferta de trabajo, productividad y, a la vez, financiar sistemas previsionales y de salud.
En ese escenario, la política de natalidad queda integrada a un paquete más amplio: servicios de cuidado, vivienda, empleo, educación, licencias y reformas de protección social. El objetivo es atenuar el descenso y amortiguar el impacto del envejecimiento, más que volver a niveles de natalidad propios de otras etapas históricas.
China enfrenta, así, un cambio de época: el Estado que durante décadas limitó nacimientos ahora intenta recomponerlos, pero lo hace en un país distinto. Más urbano, más caro, con expectativas educativas más altas y con un vínculo entre familia y trabajo que se volvió más exigente. El péndulo se movió de la restricción al incentivo; la demografía, en cambio, no suele responder con la misma velocidad.
La entrada China se quedó sin bebés: el país que limitó nacimientos ahora los busca se publicó primero en Revista Mercado.


