Javier Milei se ha metido en una trampa, la de tener que cristalizar, con un liderazgo populista, el apoyo político de un sector de la sociedad argentina que siempre despreció al populismo.
El punto de partida de la encrucijada es el siguiente: en el análisis político está muy aceptado que el parteaguas histórico fundamental para entender el funcionamiento del sistema político argentino no es la diferenciación entre los tradicionales conceptos de izquierda y derecha, sino la distinción entre peronismo y no-peronismo o, en otras palabras, entre populismo y republicanismo.
En ambos polos puede haber propuestas y gobiernos más de derecha (por ejemplo, promotores del libre mercado como el mejor asignador de recursos en una sociedad) o bien más de izquierda (por ejemplo, más inclinados a aumentar el gasto estatal para aminorar las desigualdades económicas). De hecho, hemos conocido peronismos neoliberales (Menem) y peronismos mercado-internistas (Kirchner), no-peronismos progresistas (Alfonsín) y no-peronismos conservadores (Milei).
El sociólogo Juan Carlos Torre ha delineado con precisión esta distinción, señalando las diferencias entre los seguidores (votantes, simpatizantes, adherentes, militantes, beneficiarios) de cada uno de estos dos grupos. Mientras que entre los peronistas hay una mayor lealtad a los liderazgos, razón por la cual muchos de sus votantes y dirigentes pueden pasar de convicciones librecambistas a convicciones proteccionistas con llamativa velocidad, entre los no-peronistas impera en cambio una subcultura más exigente, y electoralmente más volátil, evaluadora de resultados y métodos.
La elección de Milei como presidente fue realmente disruptiva, quizá la más sorprendente desde la elección de Perón en 1946. Pero, siguiendo la misma línea de razonamiento, en tanto la emergencia de Perón reconfiguró el esquema de la competencia política en el país, cambiando para siempre la composición y la forma del oficialismo y la oposición, Milei se ha adaptado a una estructura de competencia que lo precedía, y su novedad se ha limitado, desde este marco de análisis, a ocupar la silla que Macri dejó vacía.
Ootro elemento: Milei es un líder populista. El populismo no se define por el contenido, sino por las formas, que básicamente trazan de manera confrontativa y agresiva líneas divisorias entre un pueblo puro -por ejemplo, “los argentinos de bien”- y una elite corrupta o “casta”. Por lo tanto, que una política esté más cercana a la intervención estatal en la economía no la hace más populista que una fiscalmente más restrictiva.
En el mundo hay populismos de todo pelaje, pero lo que los define es esa confrontación básica. Entonces, si lo dicho hasta aquí es correcto, la encrucijada de Milei es tener que consolidar electoralmente un liderazgo de tipo populista para un colectivo de votantes que es, por el contrario, culturalmente sensible a los valores del republicanismo, como la tolerancia, la legitimidad de la oposición, el respeto por la diversidad de opiniones, la transparencia, las limitaciones al poder, y así. ¿Puede este experimento tener éxito, o es contradictorio en sus propios términos y destinado a ser efímero?
Todavía podemos ir a aguas un poco más profundas. Hay un rasgo característico de los populismos: su carácter “movimientista”. Su estrategia de acumulación política no pasa tanto por el resultado de un paquete coherente de políticas públicas como por la continua activación, movilización y radicalización de su base electoral a través de la identificación de “enemigos” a ser combatidos o, eventualmente, destruidos.
Para el populismo movimientista ya sea “de izquierda” o “de derecha”, como habitualmente se los clasifica, lo más importante son las identidades y las creencias de su base. De allí que estos líderes, con sus estrategias polarizadoras, suelan tener más altos niveles de popularidad que otros gobernantes, dado que sus bases no los apoyan o rechazan por los resultados de las políticas públicas, sino por su carisma y efectividad como modeladores de un grupo de pertenencia, de un movimiento político sin bordes precisos.
En esta línea argumental hay un elemento adicional que podría jugarle en contra a La Libertad Avanza: no parece tener la capacidad de identificar ni de trabajar políticamente sobre este problema. Hasta ahora, no tiene mucho que ofrecerle a su electorado más que el descenso de la inflación y la agitación del fantasma del kirchnerismo. Y en este sentido, su apuesta es arriesgada. Al Gobierno no le interesa tener una política sobre la ciencia, la universidad, la asistencia social para discapacitados o la corrupción y no parece tener mucha idea sobre esos u otros temas generalmente apreciados por su propio electorado.
Su interés no está en las políticas públicas, sino en señalar sectores, tanto de la sociedad como de la burocracia, como enemigos y buscar desmantelarlos bajo una supuesta “batalla cultural”. En otras palabras, el Gobierno parece querer consolidar un movimiento populista basado en identidades y no en políticas alternativas a fin de afianzar el voto no-peronista.
La pregunta vuelve entonces a surgir, ampliada y con nuevas aristas. ¿Podrá Milei ser el primero en implantar con éxito una lealtad identitaria y una fidelidad electoral en los sectores no-peronistas que hoy constituyen su base electoral? ¿Podrá imponerles un estilo movimientista, sin mucho apego a las reglas, a unas bases con tradición y subcultura más republicanas?
¿Estarán esas bases dispuestas a renunciar a los valores republicanos que defendieron por décadas? ¿Aceptarán definitivamente esas bases un nuevo populismo, con tal de que no sea peronista? ¿Conseguirá Milei afianzar una polarización que asfixia el renacimiento de alternativas republicanas?
Si todo esto ocurre, ¿logrará entonces asegurar su gobernabilidad si los resultados tambalean, si la inflación no termina de bajar o el crecimiento no termina de llegar? Las respuestas, como siempre en política, no están escritas.
El tiempo mostrará si Milei puede encontrar una salida o no a esta trampa.
Politólogo, presidente de Poder Ciudadano
