(Foto: EFE/EPA/CHRIS TORRES)(Foto: EFE/EPA/CHRIS TORRES)

Los escenarios económicos que abre la guerra EU-Irán y su impacto en México

2026/03/01 13:14
Lectura de 4 min

La madrugada de este sábado 28 de febrero de 2026 reintrodujo, de golpe, un factor que los mercados detestan: la incertidumbre. El ataque coordinado de Estados Unidos e Israel sobre objetivos en Irán —y la respuesta inmediata de Teherán con misiles y drones— abre un abanico de escenarios que van desde un episodio intenso pero acotado, hasta una escalada capaz de alterar flujos de energía, comercio y finanzas globales.

En el corto plazo, el termómetro más sensible es el petróleo. El viernes, antes de que se materializara el ataque, el Brent cerró en 72.48 dólares por barril, ya inflado por una prima de riesgo asociada a la tensión militar y al fracaso de la vía diplomática.

Con los mercados reabriendo tras el fin de semana, lo relevante no será solo el primer salto, sino la persistencia: si el conflicto se percibe como “administrable”, la prima de riesgo se desinfla; si se percibe como antesala de una disrupción logística o de infraestructura, la prima persiste y se filtra a inflación, tasas y valuaciones.

El punto neurálgico es la geografía. El Estrecho de Ormuz no es un símbolo: de acuerdo con la Administración de Información de Energía de Estados Unidos (EIA), en 2024 pasaron por él, en promedio, alrededor de 20 millones de barriles diarios, cerca de una quinta parte del consumo mundial de líquidos petrolíferos. No hace falta un cierre total para mover precios: basta con que las navieras y los aseguradores decidan que el tránsito se encareció o que el riesgo ya no es “asegurable” en condiciones normales.

Ahí aparece el segundo canal, el que menos titulares captura pero más daño hace: seguros, fletes y tiempos. Aun si el crudo no “falta” físicamente, puede encarecerse por fricción. Más prima de guerra, más costo de aseguramiento, más demoras, más rutas evitadas. Es el tipo de shock que castiga a la economía real por la vía de costos.

Los escenarios de precio, por tanto, se bifurcan con claridad. En el escenario de “conflicto contenido” —una respuesta militar limitada, sin daño a infraestructura crítica y sin interrupción sostenida de exportaciones— el mercado termina reabsorbiendo el susto en días. En el escenario de “escalada”, con daño a terminales, oleoductos o un cierre, siquiera parcial, del Estrecho, los 90 o 100 dólares por barril dejan de ser posibilidad y se convierten en referencias de cobertura para los grandes consumidores.

El indicador clave a monitorear no será solo el precio spot del lunes por la mañana, sino el comportamiento de las primas de seguro marítimo: son el primer mercado en capturar si la percepción de riesgo es transitoria o estructural.

¿Y México? Aquí la historia es contradictoria en sus señales. México exporta crudo pesado, así que un Brent más alto suele traducirse en mejores ingresos petroleros y, en el margen, algo de alivio para Pemex y las finanzas públicas.

Pero México también es importador neto de gasolinas y otros refinados y ahí es donde el shock se vuelve doméstico: el alza internacional se filtra a costos de transporte, logística y precios al consumidor.

El dilema para Hacienda es conocido: o permite que suban los precios —y paga el costo político e inflacionario— o amortigua con estímulos fiscales, deteriorando una recaudación que ya enfrenta presiones.

La complicación adicional es financiera. Los episodios geopolíticos de esta magnitud casi siempre traen mayor aversión al riesgo, demanda por activos refugio y presión sobre monedas emergentes. Incluso si México recibe un viento a favor por el petróleo, puede enfrentar simultáneamente un tipo de cambio más volátil y primas de riesgo soberano al alza.

El resultado neto, en el horizonte de 30 a 90 días, tiende a ser negativo: la ganancia petrolera es difusa y tarda en materializarse; el costo financiero e inflacionario es inmediato.

La lección de fondo es que el shock no se mide solo en dólares por barril, sino en confianza. La economía mundial puede convivir con un barril de 75 u 80 dólares si cree que es temporal y predecible. Lo que complica no es el precio en sí, sino la sensación de que el mapa de riesgos cambió y que las rutas del comercio global —del Golfo Pérsico a Ormuz, del Mar Rojo al Mediterráneo— vuelven a ser un tablero militar con jugadores impredecibles.

En ese mundo, México tiene un amortiguador parcial por su petróleo; también tiene una vulnerabilidad concreta por su dependencia de importaciones de combustibles refinados. El saldo es un recordatorio que se repite cada vez que estalla un conflicto en el Medio Oriente: ser exportador de crudo no equivale a estar protegido cuando la guerra se traduce en costos internos, inflación y nerviosismo en los mercados financieros.

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