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Un vasto coro de canciones sanadoras

2025/11/23 11:00
Lectura de 4 min
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Los oídos no tienen párpados. Salvo impedimentos funcionales, nos llegan todos los sonidos del mundo circundante. Los sonidos y el ruido. La música y el grito, las sirenas hirientes y los murmullos amorosos, la palabra que insulta y la que acaricia, el bocinazo que lastima y el goteo apaciguador de la llovizna. Escuchamos desde antes de nacer, dice la ensayista británica Jay Griffiths, autora de Por qué rebelarse y Cómo los animales nos curan (2025) y ganadora del premio Orion en el Festival Hay. En el útero el feto conoce la voz de su madre, el pollito en el huevo oye el canto de la gallina que lo empolla y, según investigaciones, el oído es el último sentido que se apaga cuando morimos.

Las canciones de cuna, los cantos de monjes y chamanes, el tañido de cuencos tibetanos son sólo algunos de los sonidos sanadores del alma y del cuerpo que producimos los humanos. Otros nos los entrega la naturaleza. El canto de los pájaros, el susurro del viento entre las hojas, el croar de las ranas, el fluir de un arroyo, el ritmo de la marea en la playa, la cadencia de los grillos. “Una persona es un instrumento de escucha, tocado por todo lo que la rodea”, escribe Griffiths. “Resuena con el canto de las cabras, el trino de los frailecillos y el villancico de los camellos”. Incluso, agrega, en nuestro interior profundo se producen vibraciones sanadoras cuando se trata de sonidos que están en un registro bajo y profundo que no puede captar el oído humano, como el que producen los elefantes para comunicarse.

El músico y ecologista estadounidense Bernie Krause estudia desde hace medio siglo el poderoso efecto y el valor esencial de los sonidos naturales. “Una tarde de octubre, en 1968 –según cuenta– fui a un parque cerca de San Francisco, grabador y micrófonos en mano. El impacto de la delicada atmósfera acústica fue tan impresionante y emocionalmente poderoso que dediqué el resto de mi vida a capturar paisajes sonoros naturales. Además, la ecología del paisaje sonoro me hacía sentir relajado y centrado por primera vez en mi batalla eterna con el TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad)”. Ese mismo año Krause, que trabajó en la musicalización de la película Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, fundó la organización Wild Sanctuary, dedicada a la investigación y recopilación de paisajes naturales sonoros y ha compilado más de 5.000 horas de sonidos pertenecientes a unos 15.000 especímenes de la naturaleza. Se emociona con el modo en que todas esas voces trabajan juntas y se armonizan como una orquesta, y lamenta que más de la mitad de los hábitats a los que pertenecen esos sonidos ya no existan, extinguidos o transformados por el comportamiento humano.

La naturaleza nos invita a la contemplación

Maltratada, explotada de manera devastadora, depredada irresponsablemente por gobernantes que evaden su deber de cuidarla y por corporaciones que ven en ella una fuente de lucro a cualquier precio (incluido el futuro de las próximas generaciones), violentada por ruidos artificiales hirientes e insalubres, la naturaleza sobrevive, pese a todo, como un reservorio de sonidos sanadores que, cuando pueden ser escuchados, nos devuelven a nuestra condición ancestral, nos recuerdan que fuimos (somos) parte de ella. Griffiths lo reafirma así: “Ella nos enseña que somos solo un animal entre muchos, mostrándonos que el sonido humano por sí mismo resulta insuficiente y malsano porque es antinatural, desequilibrado y en desarmonía con el Todo. Los animales son colectivamente la base fundamental de la normalidad. Nos llaman al mundo de pertenencia, donde importamos y ellos importan”. Cantan los delfines, ronronean los gatos, zumban las abejas, gorjean los pájaros, nos hablan el viento y las cascadas. Nos rodean una orquesta y un coro de sonidos sanadores. Callemos. Que cese el bochinche y se escuche la armonía del universo.

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