Los protocolos no se aplican y el sistema judicial se mueve entre negligencia, complicidad y omisión. Cada 25 de noviembre vemos y escuchamos lo mismo: listones y murales color naranja, discursos esperanzadores, sensibilización y activismo por 16 días y campañas infinitas que promueven un México sin violencia. Cuando amaneces, pasado el espectáculo, el país sigue siendo el mismo: uno donde ser mujer es un riesgo. No son metáforas ni buenas intenciones, son cifras y datos duros. En 2024, se sumaron casi 800 mujeres a las víctimas de feminicidios reconocidas, mientras centenares de asesinatos y desapariciones no se clasificaron como tales. Sabemos que nunca tendremos cifras reales de la desgracia del feminicidio en este país. Se cuentan tres mil mujeres desaparecidas en el mismo año, diez por día. Ahí tenemos a las madres buscadoras, esas heroínas que caminan entre fosas y basura haciendo el trabajo que es responsabilidad del Estado. Mientras los funcionarios escriben discursos, ellas buscan un hueso, una mandíbula o una osamenta que les devuelva a sus hijas. Hablemos de este año, entre enero y octubre de 2025, fueron asesinadas con violencia dos mil 300 mujeres. Ocho cada día. Ocho familias destruidas. La violencia contra la mujer nunca mantiene una tendencia real a la baja. Más de tres décadas de comisiones, fiscalías especializadas e impartición de justicia con perspectiva de género y seguimos igual: en un país misógino y feminicida. Es deber reconocer que México cuenta con un enorme aparato institucional y legislativo para proteger los derechos de las mujeres. El problema radica en que estas instituciones están plagadas de funcionarios con poca capacitación y falta de voluntad, un machismo enquistado y poco presupuesto. Para sorpresa de nadie, las leyes se convierten en letra muerta, los protocolos no se aplican y el sistema judicial se mueve entre la negligencia, la complicidad, la omisión y el desconocimiento. No hay peor violencia que pedir ayuda y recibir burocracia, ignorancia y revictimización. Un asco, pues. Y la violencia se multiplica, no sólo es física, psicológica o patrimonial; ahora le sumamos la digital. En América Latina, 91% de las mujeres hemos sido víctimas de algún tipo de violencia digital: acoso, amenazas, filtración de fotos íntimas, extorsión, deepfakes y un infinito etcétera. Ahora, por el simple hecho de tener presencia en redes sociales, también te conviertes en víctima.   ¿ES POSIBLE CAMBIARLO? Urge una revolución cultural. El machismo no se derrumba con campañas y discursitos motivacionales. Hay que atacarlo en la casa, en las escuelas, en las calles, en las bromitas sexistas, en los medios que romantizan el amor enfermizo y en el trabajo. También se necesitan leyes tremendamente duras, que un violentador lo piense muchas veces antes de actuar. Ministerios públicos capaces de investigar, jueces que comprendan que el silencio no es consentimiento, policías que no cuestionen a la víctima. Más sentencias y menos excusas y discursillos. Justicia, no simulación.   DESIGUALDAD La justicia también vive en la equidad y la igualdad. Es ridículo ver empresas con sus listones naranjas o sus edificios iluminados, pero promueven el techo de cristal y pagan menos a sus trabajadoras. Hipócritas. Sin libertad económica, millones de mujeres quedan atrapadas en círculos de violencia de los que no se puede salir. Basta ya de discursos motivacionales desde el privilegio. Mientras el sistema judicial siga diseñado para desgastarnos y no para protegernos, estamos jodidas.   POST SCRIPTUM ¡Qué ridícula la oposición con sus posicionamientos y exageraciones de la marcha de la “Generación Z”!     Columnista: Kimberly ArmengolImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0 Los protocolos no se aplican y el sistema judicial se mueve entre negligencia, complicidad y omisión. Cada 25 de noviembre vemos y escuchamos lo mismo: listones y murales color naranja, discursos esperanzadores, sensibilización y activismo por 16 días y campañas infinitas que promueven un México sin violencia. Cuando amaneces, pasado el espectáculo, el país sigue siendo el mismo: uno donde ser mujer es un riesgo. No son metáforas ni buenas intenciones, son cifras y datos duros. En 2024, se sumaron casi 800 mujeres a las víctimas de feminicidios reconocidas, mientras centenares de asesinatos y desapariciones no se clasificaron como tales. Sabemos que nunca tendremos cifras reales de la desgracia del feminicidio en este país. Se cuentan tres mil mujeres desaparecidas en el mismo año, diez por día. Ahí tenemos a las madres buscadoras, esas heroínas que caminan entre fosas y basura haciendo el trabajo que es responsabilidad del Estado. Mientras los funcionarios escriben discursos, ellas buscan un hueso, una mandíbula o una osamenta que les devuelva a sus hijas. Hablemos de este año, entre enero y octubre de 2025, fueron asesinadas con violencia dos mil 300 mujeres. Ocho cada día. Ocho familias destruidas. La violencia contra la mujer nunca mantiene una tendencia real a la baja. Más de tres décadas de comisiones, fiscalías especializadas e impartición de justicia con perspectiva de género y seguimos igual: en un país misógino y feminicida. Es deber reconocer que México cuenta con un enorme aparato institucional y legislativo para proteger los derechos de las mujeres. El problema radica en que estas instituciones están plagadas de funcionarios con poca capacitación y falta de voluntad, un machismo enquistado y poco presupuesto. Para sorpresa de nadie, las leyes se convierten en letra muerta, los protocolos no se aplican y el sistema judicial se mueve entre la negligencia, la complicidad, la omisión y el desconocimiento. No hay peor violencia que pedir ayuda y recibir burocracia, ignorancia y revictimización. Un asco, pues. Y la violencia se multiplica, no sólo es física, psicológica o patrimonial; ahora le sumamos la digital. En América Latina, 91% de las mujeres hemos sido víctimas de algún tipo de violencia digital: acoso, amenazas, filtración de fotos íntimas, extorsión, deepfakes y un infinito etcétera. Ahora, por el simple hecho de tener presencia en redes sociales, también te conviertes en víctima.   ¿ES POSIBLE CAMBIARLO? Urge una revolución cultural. El machismo no se derrumba con campañas y discursitos motivacionales. Hay que atacarlo en la casa, en las escuelas, en las calles, en las bromitas sexistas, en los medios que romantizan el amor enfermizo y en el trabajo. También se necesitan leyes tremendamente duras, que un violentador lo piense muchas veces antes de actuar. Ministerios públicos capaces de investigar, jueces que comprendan que el silencio no es consentimiento, policías que no cuestionen a la víctima. Más sentencias y menos excusas y discursillos. Justicia, no simulación.   DESIGUALDAD La justicia también vive en la equidad y la igualdad. Es ridículo ver empresas con sus listones naranjas o sus edificios iluminados, pero promueven el techo de cristal y pagan menos a sus trabajadoras. Hipócritas. Sin libertad económica, millones de mujeres quedan atrapadas en círculos de violencia de los que no se puede salir. Basta ya de discursos motivacionales desde el privilegio. Mientras el sistema judicial siga diseñado para desgastarnos y no para protegernos, estamos jodidas.   POST SCRIPTUM ¡Qué ridícula la oposición con sus posicionamientos y exageraciones de la marcha de la “Generación Z”!     Columnista: Kimberly ArmengolImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0

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2025/11/26 16:07
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  • Los protocolos no se aplican y el sistema judicial se mueve entre negligencia, complicidad y omisión.

Cada 25 de noviembre vemos y escuchamos lo mismo: listones y murales color naranja, discursos esperanzadores, sensibilización y activismo por 16 días y campañas infinitas que promueven un México sin violencia. Cuando amaneces, pasado el espectáculo, el país sigue siendo el mismo: uno donde ser mujer es un riesgo. No son metáforas ni buenas intenciones, son cifras y datos duros.

En 2024, se sumaron casi 800 mujeres a las víctimas de feminicidios reconocidas, mientras centenares de asesinatos y desapariciones no se clasificaron como tales. Sabemos que nunca tendremos cifras reales de la desgracia del feminicidio en este país. Se cuentan tres mil mujeres desaparecidas en el mismo año, diez por día. Ahí tenemos a las madres buscadoras, esas heroínas que caminan entre fosas y basura haciendo el trabajo que es responsabilidad del Estado. Mientras los funcionarios escriben discursos, ellas buscan un hueso, una mandíbula o una osamenta que les devuelva a sus hijas.

Hablemos de este año, entre enero y octubre de 2025, fueron asesinadas con violencia dos mil 300 mujeres. Ocho cada día. Ocho familias destruidas. La violencia contra la mujer nunca mantiene una tendencia real a la baja. Más de tres décadas de comisiones, fiscalías especializadas e impartición de justicia con perspectiva de género y seguimos igual: en un país misógino y feminicida.

Es deber reconocer que México cuenta con un enorme aparato institucional y legislativo para proteger los derechos de las mujeres. El problema radica en que estas instituciones están plagadas de funcionarios con poca capacitación y falta de voluntad, un machismo enquistado y poco presupuesto. Para sorpresa de nadie, las leyes se convierten en letra muerta, los protocolos no se aplican y el sistema judicial se mueve entre la negligencia, la complicidad, la omisión y el desconocimiento. No hay peor violencia que pedir ayuda y recibir burocracia, ignorancia y revictimización. Un asco, pues.

Y la violencia se multiplica, no sólo es física, psicológica o patrimonial; ahora le sumamos la digital. En América Latina, 91% de las mujeres hemos sido víctimas de algún tipo de violencia digital: acoso, amenazas, filtración de fotos íntimas, extorsión, deepfakes y un infinito etcétera. Ahora, por el simple hecho de tener presencia en redes sociales, también te conviertes en víctima.

  • ¿ES POSIBLE CAMBIARLO?

Urge una revolución cultural. El machismo no se derrumba con campañas y discursitos motivacionales. Hay que atacarlo en la casa, en las escuelas, en las calles, en las bromitas sexistas, en los medios que romantizan el amor enfermizo y en el trabajo.

También se necesitan leyes tremendamente duras, que un violentador lo piense muchas veces antes de actuar. Ministerios públicos capaces de investigar, jueces que comprendan que el silencio no es consentimiento, policías que no cuestionen a la víctima. Más sentencias y menos excusas y discursillos. Justicia, no simulación.

  • DESIGUALDAD

La justicia también vive en la equidad y la igualdad. Es ridículo ver empresas con sus listones naranjas o sus edificios iluminados, pero promueven el techo de cristal y pagan menos a sus trabajadoras. Hipócritas. Sin libertad económica, millones de mujeres quedan atrapadas en círculos de violencia de los que no se puede salir. Basta ya de discursos motivacionales desde el privilegio.

Mientras el sistema judicial siga diseñado para desgastarnos y no para protegernos, estamos jodidas.

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