Si bien la Ruta Nacional 40 es famosa por sus vistas con paisajes montañosos y lagos de la Patagonia, hay otra carretera que se apunta como la más linda de todas. No tiene nada que envidiarle y suma también viñedos y pueblitos muy pintorescos.
La Ruta Nacional 68, ubicada en la provincia de Salta, es un recorrido de 183 km que une la capital salteña con Cafayate. A lo largo del trayecto, los viajeros pueden disfrutar de una gran variedad de atractivos: monumentos históricos, lagunas, viñedos, decenas de pueblos y espectaculares vistas de los Valles Calchaquíes.
Sus menos de 200 kilómetros de camino tienen lugares hermosos que todos deberían visitar alguna vez si recorren el norte argentino. Entre los destinos más destacados, están:
En la ciudad de Salta, es posible disfrutar de un día completo lleno de atractivos sin necesidad de alejarse demasiado. Todo comienza en la Plaza 9 de Julio, el corazón histórico de la ciudad, donde se concentran verdaderas joyas patrimoniales: la imponente Catedral Basílica y el antiguo Cabildo, hoy convertido en museo y punto de partida perfecto para un recorrido guiado gratuito.
Un paseo por la calle Caseros permite admirar la arquitectura colonial mejor conservada, con destacados como la Iglesia de San Francisco —famosa por su campanario rojo y dorado— y el tranquilo Convento San Bernardo. Para cerrar con una vista inolvidable, se puede subir al Cerro San Bernardo en teleférico o por las escaleras: desde arriba, la ciudad se despliega al atardecer, con puestos de artesanías y un mirador que quita el aliento.
Imprescindible es el Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM), que alberga las momias incas mejor conservadas del mundo —los Niños del Llullaillaco—, una experiencia impactante. Otros espacios como el Museo Güemes o el Museo de Arte Contemporáneo completan el panorama histórico y cultural.
Y, por supuesto, la comida es protagonista: empanadas salteñas recién salidas del horno (de las más ricas del país), tamales, humitas y vinos torrontés para acompañar. Cuando cae la noche, la calle Balcarce se transforma en el epicentro del folclore, con peñas donde suenan zambas y chacareras, se sirve locro humeante y se vive el auténtico espíritu del norte argentino.
La Ruta 68 también pasa por el Dique Cabra Corral, el cual está a solo 60 km de Salta capital. Es el embalse más grande del noroeste argentino y un lugar muy elegido por los salteños para pasar el día.
Aquí se puede practicar kayak, windsurf, pesca de pejerrey o simplemente disfrutar de la playa artificial y el agua turquesa rodeada de cerros. Los que buscan adrenalina tienen dos clásicos imperdibles: el salto en bungee jumping desde lo alto del puente (uno de los más altos de Sudamérica) y el rafting en el río Juramento, con rápidos emocionantes entre cañones rojizos.
Para quienes prefieren quedarse en sus cercanías, la experiencia mejora al atardecer: hay complejos de cabañas cómodas, áreas de camping bien equipadas y glampings a orillas del lago, perfectos para despertarse con el reflejo de las montañas sobre el agua y el canto de los pájaros.
Si viste Relatos salvajes, seguro tenés grabada a fuego la escena del brutal “accidente” en medio de un desierto rojizo y un puente solitario. Pues ese lugar existe y está justo aquí, en la Ruta 68.
El puente que cruza el río Las Conchas (también conocido como río Cafayate) es hoy un punto atractivo para los amantes del cine. Los viajeros paran, sacan fotos y hasta han colocado carteles caseros que dicen “Aquí se filmó Relatos Salvajes”.
Es un imperdible: aparece de repente después de un tramo de recta, así que estate atento o poné la ubicación en el GPS para frenar justo ahí y hacer tu propia toma digna de Damián Szifron.
A lo largo de la Ruta 68, hay varias paradas obligatorias que están a solo minutos unas de otras y convierten el viaje en una galería natural al aire libre:
Cafayate es la capital del torrontés y el corazón de los viñedos de altura más famosos de Argentina. Este pueblo tranquilo respira vino por todos lados, pero también guarda una fuerte identidad artesanal, una gastronomía sabrosa y paisajes que quitan el aliento.
Lo mejor de la ciudad es perderse entre bodegas (muchas familiares y con visitas guiadas que terminan en catas generosas), sentarse al atardecer en la Plaza Principal mientras algún dúo toca zambas en vivo, y probar los quesos de cabra locales, el dulce de cayote o los inolvidables helados de torrontés y cabernet.
Otros lugares recomendables son: el Museo de la Vid y el Vino (para entender por qué a 1.700 metros de altura salen vinos tan únicos), caminar o andar en bici entre los viñedos al caer el sol y llevarte algún recuerdo de los talleres de artesanos que trabajan la arcilla, el cuero y la plata como hace siglos.


