En un escenario que desafió los pronósticos de gran parte de la City porteña, el mercado cambiario argentino atraviesa un verano de calma inesperada. Mientras muchos analistas preveían una presión creciente sobre la brecha tras el salto devaluatorio y la inercia inflacionaria, la realidad muestra un Banco Central (BCRA) sumamente agresivo en la compra de reservas y un tipo de cambio paralelo que no encuentra piso.
Para el economista Fernando Marull, director de FMyA, este fenómeno no es producto del azar, sino de una estrategia de “pinzas” diseñada por el equipo económico que combina un incentivo feroz a la liquidación de divisas con un enfriamiento deliberado de la demanda de dólares.
En diálogo con el periodista Willy Kohan en Radio Rivadavia, Marull destacó que la clave del éxito oficial reside en la reconfiguración de los incentivos financieros. En la primera quincena del mes, el BCRA ya logró capturar casi u$s 700 millones, una cifra récord para el período. Según el consultor, el mercado pasó de la búsqueda desesperada de cobertura a una apuesta por la tasa en pesos.
“La clave es que la demanda está fría”, sentenció Marull. El economista explicó que el freno en la cotización del Contado con Liquidación (CCL) responde a una comparación de rendimientos que hoy favorece ampliamente a la moneda local: “Muchos dijeron: ‘Bueno, yo a 1530 de contado con liqui prefiero vender unos dólares y colocarme a 45 días al 4% mensual’, que le gana un poquito a la expectativa del dólar y a la expectativa de inflación”.
Esta dinámica de “carry trade” se sustenta en una decisión política: el Tesoro comenzó a convalidar tasas de interés muy superiores a las que ofrecen los bancos comerciales. Mientras que un plazo fijo tradicional rinde cerca del 26% anual, las licitaciones del Tesoro (Lecaps) han llegado a pagar cerca del 40% anual. “Es básicamente la clásica: mayores tasas de interés, dólar quieto”, resumió Marull.
Pero la tasa no es el único factor. Por el lado de la oferta, Marull identificó dos motores que están nutriendo las arcas del Central. Por un lado, el sector agropecuario mantiene un ritmo de liquidación constante de aproximadamente u$s 80 millones diarios. Por el otro, el mercado de capitales corporativo está jugando a favor del Gobierno.
“Hace dos o tres meses las empresas habían colocado casi u$s 7000 millones de Obligaciones Negociables (ON). Bueno, de a poquito van vendiendo”, explicó el economista. Este flujo de dólares financieros, sumado a la liquidación comercial, genera un excedente que el BCRA aprovecha sin necesidad de forzar el precio al alza. De hecho, Marull señaló que el organismo “está muy cómodo” y que, ante el exceso de oferta, “encima lo deja bajar [al dólar], dando una señal de que el dólar está ofrecido”.
Uno de los puntos más optimistas del análisis de Marull tiene que ver con la desaceleración de los precios. Tras el 2,8% registrado en diciembre, los datos de alta frecuencia que maneja su consultora indican una tendencia a la baja para enero y febrero, impulsada por el comportamiento de los alimentos.
“Esta semana que pasó nos dio deflación en la lectura semanal porque cayó la carne”, reveló Marull. Según sus cálculos, el componente de la carne fue responsable de 0,6 puntos del índice de diciembre. Sin ese efecto, la inflación habría sido del 2,2%. Para los próximos meses, el economista proyecta una inflación más cercana al 2% mensual, lo que dejaría a las tasas del 4% en un terreno de rendimiento real muy positivo.
A pesar del optimismo de corto plazo, la sombra del atraso cambiario —un dólar que sube mucho menos que los precios internos— vuelve a sobrevolar el debate económico. Sin embargo, Marull cree que, por ahora, el nivel actual es sostenible debido a que el “pánico electoral” ha quedado atrás.
“Los argentinos demandamos entre 20.000 y 25.000 millones de dólares de cobertura cambiaria el año pasado por las elecciones. Eso no se sostiene”, recordó. Sin el ruido político de los comicios, la dolarización de carteras ha caído drásticamente, permitiendo que el BCRA mantenga el control incluso con un tipo de cambio que empieza a percibirse como “barato” en términos históricos.
Por esto, para Marull, el éxito del plan actual depende de un equilibrio precario: que la inflación siga su camino descendente y que la tasa de interés permanezca lo suficientemente atractiva para que el ahorrista prefiera el peso antes que el billete verde. Por ahora, el “invierno cambiario” en pleno verano parece haberle dado al Gobierno el aire que tanto necesitaba para intentar estabilizar la macroeconomía, siempre y cuando logren evitar un nuevo choque de expectativas.

