¿Cómo se gobierna una metrópoli de 125 mil personas sin dejar una sola línea escrita? ¿Cómo era la vida de quienes construyeron la ciudad más grande del México antiguo? Estas son las preguntas que la doctora Linda Rosa Manzanilla Naim, integrante de El Colegio Nacional, responderá en el ciclo “La ciencia del siglo XXI al servicio de la arqueología: el caso de Teotihuacan”.
En entrevista previa a su presentación, la arqueóloga Manzanilla —galardonada con el Shanghai Archaeology Forum Research Award por sus investigaciones— explica que su trabajo se aleja de la arqueología tradicional para convertirse en una labor de detective forense.
"El reto intelectual ha sido averiguar quién es quién en esta ciudad de 125,000 personas. Hemos logrado entender la multietnicidad: a qué se dedicaron en vida, de dónde venían y qué marcas de actividad quedaron ancladas en sus esqueletos".
Aunque solemos imaginar a Teotihuacan como una ciudad de libre tránsito, las investigaciones de Manzanilla Naim revelan una realidad distinta. La ciudad no era simplemente "cosmopolita", sino una urbe multiétnica rígidamente organizada.
"Era una urbe muy vigilada", explica la arqueóloga a El Economista. "Había casetas de control sobre las calles para evitar que la gente caminara libremente. Los trabajadores estaban anclados a sus barrios". Mientras las élites se desplazaban por la Calzada de los Muertos, los migrantes y trabajadores vivían y laboraban en distritos específicos, formando corredores comerciales que conectaban a Teotihuacan con regiones tan lejanas como la costa de Veracruz.
Al no existir textos en el territorio de Teotihuacan que nos den claridad sobre esta cultura, el equipo interdisciplinario de la doctora Manzanilla —en colaboración con institutos de Física, Geofísica y Geología de la UNAM, y el Cinvestav— han analizado también los restos humanos para reconstruir biografías.
Por ejemplo, el estrés del migrante: a través de isótopos de estroncio y oxígeno, se ha detectado que muchos migrantes llegaron a la ciudad buscando mejores condiciones tras sufrir "estrés nutricional" (hambre) en su infancia en lugares como Puebla, Tlaxcala o Veracruz.
También se ha utilizado la entesopatía, es decir, para entender realmente cómo vivían los teotihuacanos, los arqueólogos no solo miran lo que construyeron, sino las huellas que el trabajo dejó en sus cuerpos.
"Muchos migrantes llegaron buscando mejores condiciones de vida porque sufrían estrés nutricional en sus lugares de origen, pero al llegar a Teotihuacan se convirtieron en trabajadores que no paraban. Encontramos casos de escorbuto porque trabajaban tanto tiempo bajo techo, como maquiladores, que no recibían luz solar".
En Teotihuacan, que dependía de caravanas humanas para traer productos desde la costa del Golfo o el Altiplano, los esqueletos de estos individuos presentan compresión severa en las vértebras cervicales debido al uso del mecapal (la banda de cuero que se apoya en la frente para cargar peso), un abultamiento en el hueso occipital (la base del cráneo), resultado de la tensión constante de los músculos del cuello y alteraciones en los huesos del tarso y metatarso, producto de caminatas de cientos de kilómetros cargando hasta 30 o 40 kilos.
El anterior es solo un ejemplo, pero este tipo de pruebas permite desmentir mitos, pues antes se pensaba que todos los habitantes tenían una vida similar; hoy, gracias a estas marcas óseas, sabemos que existía una especialización laboral extrema, una jerarquía del esfuerzo, ya que mientras unos cargaban el peso de la economía sobre sus espaldas, otros realizaban labores manuales finas bajo condiciones de encierro, y que la salud física estaba ligada al origen étnico: los migrantes solían presentar marcas de mayor desgaste y enfermedades como el escorbuto, mientras que los locales, aunque trabajadores, tenían una estructura ósea más sana.
Por último, la ciencia revela una brecha social profunda. Por ejemplo, mientras los albañiles locales disfrutaban de una dieta rica en venado, conejo, frijol y diversas frutas, los trabajadores migrantes eran alimentados con raciones básicas de maíz (tamales y atole) y carne de perro o guajolote.
A pesar de los avances, el enigma mayor permanece: ¿Quiénes mandaban en Teotihuacan? A diferencia de los mayas, donde los reyes se glorificaban en estelas, en Teotihuacan el poder parece haber sido compartido.
"He propuesto un consejo de cuatro cogobernantes procedentes de los cuatro distritos", señala la doctora. "Al ser un gobierno colegiado, los individuos se 'esfuman' del registro arqueológico. No hay tumbas reales ni nombres propios". Probar esta hipótesis de un gobierno multiétnico es el próximo gran reto de la arqueología moderna.
La doctora Manzanilla compartirá estos hallazgos, incluyendo estudios de ADN antiguo y aproximación facial (técnica para "dar vida" a los rostros del pasado), en las siguientes sesiones en El Colegio Nacional este martes 20 de enero:
¿Dónde verlo? Transmisión gratuita a través de la página de El Colegio Nacional, Facebook y YouTube. O de manera presencial en Donceles 104, Centro Histórico de la Ciudad de México
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