La Argentina vuelve a posicionarse en el mapa de la exploración espacial internacional. Esta vez no por un anuncio político, sino por la integración de un desarrollo tecnológico nacional que formará parte de una misión clave de la NASA, que marcará el regreso del ser humano a las cercanías de la Luna después de más de medio siglo.
Se llama ATENEA y es un CubeSat: un microsatélite diseñado y fabricado en el país por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) en colaboración con tres universidades públicas, dos institutos de investigación y una empresa. Su tamaño es el de un microondas casero, pero su alcance es estratégico: validará tecnologías para misiones espaciales futuras y colocará al país en un grupo selecto de apenas cuatro naciones que participan de esta misión tripulada, denominada Artemis II.
El lanzamiento de Artemis II tendrá una ventana inicial a partir del 6 de febrero, con nuevas oportunidades previstas entre febrero y abril. Como ocurre con este tipo de misiones, la fecha exacta dependerá de múltiples factores técnicos que la NASA irá confirmando públicamente.
El proyecto se gestó a partir de una carta en diciembre de 2023, cuando la NASA invitó formalmente a la agencia nacional a presentar una propuesta para integrar un CubeSat a la misión Artemis II. La CONAE tuvo que cumplir con una serie de requisitos y revisiones para finalmente ubicarse entre los países que hoy vuelven a tener una relevancia en el mundo de la exploración espacial.
No fue una convocatoria abierta, sino una invitación directa basada en más de 30 años de cooperación técnica entre ambas agencias. “La NASA nos conoce. Trabajamos juntos desde los años 90 y hemos hecho varios satélites con ellos: toda la serie SAC, que son aplicaciones científicas, el A, el B y el C. Después vino el Aquarius, el SAC-D, para medir la salinidad del océano”, explica el líder del proyecto.
Dentro de la misma línea, Andrés Sakamoto, líder de Aseguramiento de Producto y Seguridad de la agencia comenta sobre los desafíos que tuvieron que enfrentar como equipo: “Al ser una misión tripulada, teníamos revisiones semanales donde la NASA nos pedía información, nosotros se lo devolvíamos, ellos lo aceptaban, nos hacían sugerencias y nos agregaban cosas. Y todo eso generaba más actividad…”
La NASA pedía cumplir con tres etapas de verificaciones para garantizar la seguridad del proyecto: “En la primera se revisaba qué peligros asociados hay en la operación del satélite. En la segunda, se verificaba que estén controlados desde el diseño. Y en la tercera, se comprobaba la evidencia de que la verificación está hecha”.
Aparte de la CONAE, los otros jugadores que formaron parte del proyecto fueron la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (FIUBA), el Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR), la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y la empresa argentina aeroespacial VENG. Cada uno de estos actores contribuyó en el diseño de la plataforma y cuerpo del satélite.
Aunque es un satélite de aproximadamente 30 x 20 x 20 centímetros, su misión es estratégica. Entre sus principales objetivos se destacan:
Toda la información recolectada será compartida con la NASA y servirá para desarrollar tecnologías que podrían utilizarse en futuras misiones a la Luna, Marte y otros destinos del sistema solar.
“Creo que es una gran oportunidad que se abre. Antes estábamos con la observación de la Tierra y hoy nos estamos yendo a la Luna y explorando el sistema solar. También se abren oportunidades de investigación en astrofísica”, destaca Marcelo Colazo, gerente de Vinculación Tecnológica de la CONAE.
La CONAE es el organismo responsable de la política espacial argentina. Fundada en 1991, cuenta con cientos de profesionales altamente especializados, varias sedes en el país y proyectos de alcance internacional. Uno de ellos es Conrado Varotto, quien fue Director Ejecutivo y Técnico de la CONAE entre 1994 y 2018. Orquestó el Plan Espacial Nacional y logró concretar el lanzamiento de varios satélites importantes. Actualmente se desempeña como asesor de la agencia nacional.
Entre sus misiones más relevantes se destacan SAOCOM, el sistema ítalo-argentino SIASGE, y el próximo lanzamiento de SABIA-Mar, un satélite desarrollado junto a Brasil para el monitoreo de los océanos y las costas, previsto para 2027.
“Uno de los objetivos que tiene la CONAE como agencia espacial es articular la vinculación de las empresas argentinas con empresas del exterior y otras agencias, a las cuales estas agencias les pueden proveer servicios”, subraya el gerente de Vinculación Tecnológica. En consonancia, Sakamoto señala que este próximo lanzamiento “valida la capacidad técnica que tiene la Argentina para estar en este grupo selecto de países que pueden diseñar un satélite. Es una gran vidriera y abre puertas para futuras colaboraciones”.
De algún modo, el proyecto ATENEA también dialoga con una idea tan antigua como la astronomía misma. Ex Astris Scientia, una expresión en latín (usada en la serie Viaje a las Estrellas) que puede traducirse como “del cielo surge el conocimiento” o “el conocimiento viene de las estrellas”, resume con precisión el espíritu de esta misión. No se trata solo de enviar tecnología al espacio, sino de aprovechar ese viaje para aprender, medir, detectar fallas y volver con información que permita dar los próximos pasos en la exploración humana.
ATENEA no tiene como objetivo llegar a la Luna, sino recolectar datos que ayuden a entender cómo avanzar más allá de la órbita terrestre y preparar futuras misiones de mayor escala.
El líder de la misión lo resume con una frase que, según recuerda, le compartieron desde la Agencia Espacial Europea: “Si un proyecto de este tipo no tiene problemas, es porque no es serio”.


