Construida en dos años y medio, esta casa de 620 m² en Jacona plantea una forma de habitar serena, introspectiva y profundamente conectada con la naturalezaConstruida en dos años y medio, esta casa de 620 m² en Jacona plantea una forma de habitar serena, introspectiva y profundamente conectada con la naturaleza

Así es un refugio de piedra a orillas del río Celio, en México, diseñado para vivir a ritmo lento

2026/01/24 11:00
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“El futuro dueño de la casa quería explorar una nueva forma de habitar. Desde el inicio, la confianza fue fundamental, sobre todo en aquellos momentos en los que algunas decisiones del proyecto podían generar dudas. Que se sostuviera en el tiempo, junto con las ganas de creer en el proceso y en nuestro trabajo, fue clave para que el proyecto pudiera desarrollarse”, nos dijeron los arquitectos Diego Torres Guízar y Diana Ortiz Moreno, del estudio TAAB, responsables del diseño de una casa de 620 m2 en un pequeño barrio privado a orillas del río Celio, en Jacona, Michoacán, México.

La herrería fue diseñada especialmente para la casa: cada ventana se fabricó a medida del proyecto.

El cliente ya había confiado en los arquitectos para otros proyectos y, cuando compró los terrenos, decidió volver a llamarlos. La casa se apoya sobre un gran lote triangular, con una arista curva que se repite en la esquina más cercana al río. Desde ese gesto nace el muro perimetral, que se pliega y se abre para recibir, y luego acompaña y contiene los jardines, con un movimiento suave inspirado en el curso de agua que bordea el terreno.

El muro de granito fue uno de los grandes desafíos del proyecto: por su peso y dureza, su construcción acompañó la obra de principio a fin.

“Al cliente le generaba cierta inquietud el terreno: no lograba imaginar cómo podía construirse una casa en un lote así. Sin embargo, para nosotros ese tipo de particularidad fue el punto de partida fundamental, lo que marcó el rumbo del proyecto. Una de las primeras decisiones fue materializar ese gesto en un gran muro construido con piedras de la región”, explicaron los arquitectos.

Pausa

El ingreso, contenido por muros de piedra, conduce a un espacio de transición que funciona como antesala de bienvenida. “El gran ventanal se abre y enmarca el patio curvo, que quisimos traer hacia el interior y repetir como gesto a lo largo de toda la casa. Es un lugar pensado para detenerse”.

“Convocar al estudio de interiorismo de Karla Vázquez fue uno de los grandes aciertos. Logró acompañar muy bien la arquitectura, aportando escala y calidez, y construyendo un interior coherente, con una clara influencia japonesa que nos encanta”, contaron los arquitectos. Los cuadros -pintados en acuarela y enmarcados por Encuadre- muestran el volcán Paricutín haciendo explosión y visto desde arriba.

El muro de granito oscuro define el carácter del conjunto y funciona como resguardo, mientras que los interiores cálidos —resueltos en tierra bruñida y con madera presente en las vigas— remiten a las casas tradicionales de la región.

Un patio central articula los espacios de la casa, integrando luz, vegetación y una atmósfera de calma. Lámpara (Isabel Moncada Atelier).

Separar sin cerrar

En la antesala aparece un biombo de madera que filtra la mirada hacia la zona más íntima de la casa, donde se ubica la cocina, sin bloquearla por completo. Al mismo tiempo, ese elemento cumple una función clave en la organización del espacio: divide y distribuye. De un lado, conduce hacia los sectores de servicio; del otro, guía el recorrido hacia la cocina.

El proyecto se organiza en dos crujías vinculadas por un jardín central: una destinada a los espacios privados y otra que reúne las áreas sociales, prolongadas bajo un pórtico en voladizo. Los pisos están revestidos en porcelanato. La madera utilizada en los muebles de la cocina es encino.

Los muros de tierra implicaron un proceso largo y minucioso. No se trataba de una tierra local, y llegar a la mezcla adecuada llevó cerca de ocho meses de distintas pruebas. El acabado exigió distintos tipos de lijado —a mano, con agua y con máquinas— hasta alcanzar la textura buscada. “Fue un proceso extenso, casi artesanal, que mejoró conforme el paso del tiempo y la experiencia”.

La casa familiar funciona como un ritual doméstico, un recorrido sensorial que invita a la contemplación y a valorar la presencia de los elementos naturales en cada rincón.

El resultado se percibe claramente al habitarla. De hecho, muchas personas, al entrar por primera vez, sienten el impulso de tocar sus muros: la superficie es sorprendentemente suave. La tierra, conocida como Tadela, se pule de tal manera que sus poros se cierran por completo, generando una terminación lisa y dura, casi pétrea, capaz incluso de retener agua. “Ya no se siente como un simple revoque de tierra, sino como una reinterpretación contemporánea de las casas tradicionales de adobe, con vigas de madera y patio central”.

“Diseñamos esta casa como un refugio sobrio y cálido, donde cada pieza, atemporal y esencial encuentra su lugar. Una atmósfera silenciosa que habla de materia, permanencia y calma”, nos dijeron los arquitectos.

La vivienda, pensada para un padre y una de sus hijas —ya que el resto vive en el exterior—, se proyectó para habitarse íntegramente en planta baja. “Toda la casa está concebida para desarrollarse en un único nivel y, cuando el resto de los hijos llega de visita con sus familias, alojarlos en el segundo piso”, explicaron.

Una ventana al sur capta la luz invernal y, al abrirse, favorece la ventilación natural de los espacios sociales.

“Es un proyecto que nos dio muchísima satisfacción como equipo. Nos permitió trabajar con materiales naturales que nos interesan especialmente, como la tierra y las piedras de la región de Puebla, donde existen canteras de granito macizo”, confesaron.

La luz, tanto natural y artificial, ha sido diseñada para acompañar la arquitectura: sigue sus pliegues y curvas, con una presencia mesurada y precisa.

Cerrar para habitar

En cada proyecto, el estudio suele elegir postigos de madera en lugar de las cortinas tradicionales en los espacios sociales y habitaciones. “Lo interesante es que, al cerrarlos, el espacio queda completamente oscuro y aislado del sonido. Nos gusta trabajar con la madera y que el postigo tenga la misma escala que la ventana; sentimos que eso le aporta una calidez distinta al ambiente”, explicaron.

La relación con el entorno es constante: la luz, el aire y la vegetación atraviesan la arquitectura, haciendo del paisaje parte esencial del habitar. Cuadro de la artista mexicana Fernanda Mereles.A la izquierda, una de las habitaciones de huéspedes y, a la derecha, un rincón de la habitación principal, con acceso directo al patio.

Entre libros y vino

Para el dueño de casa, contador de profesión, era fundamental contar con un espacio de trabajo para las tardes. “Lo interesante fue poder cumplir con un pedido especial: una puerta oculta en la biblioteca conduce a una cava subterránea, aportando sorpresa y profundidad al recorrido”.

Madera, luz contenida y una biblioteca que acompaña el tiempo lento del trabajo y la lectura. El Eames Lounge Chair & Ottoman, diseño icónico de Charles y Ray Eames. Jacona Cava

La construcción de la cava de vinos también resultó un desafío: está prácticamente metida en el río, con el nivel de agua muy alto. La obra exigió materiales resistentes y un bombeo constante durante todo el proceso. Para ventilarla, se incorporaron extractores que conducen hacia el jardín de doble altura del ingreso, permitiendo que el sótano respire a través del muro del fondo.

En la cava, los pisos —diseñados por el estudio— se resolvieron en concreto de tono café desgastado, trabajado con papelillo. Muros de piedra y recorridos interiores dan forma a un laberinto doméstico íntimo y silencioso.

Vida verde

Además del diseño arquitectónico, el estudio puso especial atención en el paisajismo. Con más de once años de trayectoria, fue construyendo una mirada propia que entiende al paisaje como parte central de cada obra, al mismo nivel que la arquitectura.

Ubicados a pocos metros del río, los árboles encuentran un contexto ideal para desarrollarse, reforzando la idea de un paisaje integrado y en sintonía con el entorno.

El patio interior fue pensado como un pequeño bosque más que como un jardín tradicional. En lugar de recurrir al pasto —recurso muy habitual en las casas mexicanas—, los arquitectos apostaron por especies locales, pavimentos alternativos y una vegetación que crece de manera natural, sin necesidad de poda. En este caso, eligieron pirules mexicanos, árboles de follaje persistente, verde intenso y con una caída suave, que además producen pequeños frutos rojizos similares a la pimienta.

Cada metro cuadrado del muro de piedra pesa casi una tonelada. Los arquitectos plantaron árboles en su fachada para que lo vayan cubriendo y lo lleven a un segundo plano. “La idea es que la naturaleza se lo apropie, como sucede en el paisaje rural”.

“A diferencia de otros trabajos, en este caso el equipo pudo acompañar la obra de principio a fin, con la satisfacción de participar en una obra de gran escala. El cliente quedó muy agradecido y todos nos sorprendimos con el resultado final”, concluyeron del proyecto que tomó dos años y medio en total.

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