Desde Minneapolis, Gabriela* nos transmite una sensación de urgencia. Hace siete años que vive en esa ciudad del norte de Estados Unidos, a la que llegó en 2019 por una historia de amor y de trabajo artístico. No imaginaba entonces que su vida como migrante pronto quedaría atravesada por una secuencia de violencias, controles y miedos que hoy vuelven a intensificarse. La pandemia del COVID-19, el asesinato de George Floyd a pocas cuadras de su casa y, más recientemente, la ejecución a sangre fría de Renée Good a manos de un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), marcaron un antes y un después en la experiencia cotidiana de quienes, sean migrantes o no, viven y trabajan allí.
“Yo nunca fui fanática de Estados Unidos”, dice. “Vine acá porque me enamoré (su pareja es estadounidense) y pensamos que iba a ser lo mejor poder tener la ciudadanía y volver a Argentina”. Ese proyecto, sin embargo, quedó atrapado en una maraña burocrática que se volvió cada vez más asfixiante. Con la llegada de Donald Trump al poder, los tiempos para obtener la green card y luego la ciudadanía se extendieron de manera drástica. “Todo se hizo muchísimo más largo y complicado. Si pudiéramos volver el tiempo atrás, no haríamos ninguna de todas esas cosas”, reconoce. Hoy, la espera por la doble ciudadanía mantiene a Gabriela y a su pareja “trabados” en una situación en la que nunca imaginaron que iban a atravesar.


