En la conocida “neurosis dominical” anidan inquietudes que tienen que ver con el estilo de vida, la exigencia de productividad y la difícil cuestión del sentidoEn la conocida “neurosis dominical” anidan inquietudes que tienen que ver con el estilo de vida, la exigencia de productividad y la difícil cuestión del sentido

La pregunta del domingo por la tarde

2026/01/25 11:00
Lectura de 4 min
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Autora de novelas como Madame Claire y El círculo encantado, que bajo su apariencia romántica describen los desafíos de mujeres solas enfrentadas a un mundo hostil, la británica Susan Ertz (1887-1985) sentenció: “Millones de personas anhelan la inmortalidad. Sin embargo, no saben qué hacer con ellas mismas en una lluviosa tarde de domingo”. No solo las lluviosas, sino también las soleadas tardes de domingos suelen ser el tiempo de una silenciosa ansiedad, una callada tristeza, una neblinosa melancolía. El psicoanalista húngaro Sándor Ferenczi (1873-1933), discípulo y amigo dilecto de Freud, dio cuenta de ese síndrome a comienzos del siglo pasado, lo vinculó al modo de vida de las sociedades industrializadas y lo bautizó como “neurosis dominical”. En estudios posteriores dedicados al tema se lo llama también “domingo oscuro”, Sunday Scaries (terrores del domingo) o Sunday Night Blues (tristeza del domingo en la noche) y suele presentarse incluso al regreso de las vacaciones, sean estas cortas o largas.

No cabe duda de que el fenómeno está vinculado con el retorno a la rutina laboral, a la invisible pero omnipresente cadena de montaje en la que esperan compromisos, obligaciones y tareas en las que se basan el sustento económico, la identidad profesional o laboral y en ocasiones también la inclusión social, pero en donde no aparece un sentido existencial, una razón que trascienda más allá de lo productivo o de lo formal. De diferentes maneras, algunas sutiles y otras implícitas, sobrevuela sobre el atardecer del domingo lo que el filósofo coreano Byung-Chul Han llama, en su libro La sociedad del cansancio, el imperativo del rendimiento.

En una cultura donde prevalece la valoración de las personas según lo que hacen (y, sobre todo cuánto hacen, cuanto producen, cuánto rinden), la pausa del fin de semana, especialmente la del domingo, que cierra el recreo, si bien por una parte ofrece descanso, por otra abre un silencio, una tregua incómoda, que denuncia el vacío a menudo oculto detrás de un trabajo que, al margen de su posible beneficio económico o su lustre público, no ofrece posibles caminos de respuesta a la pregunta que, consciente o inconscientemente, nos acompaña en nuestro trayecto vital: ¿para qué vivimos? La ausencia de esas respuestas es lo que se conoce como vacío existencial. Hay quienes procuran llenarlo con más trabajo, hasta aturdirse. Hay quienes lo intentan con adicciones (comida, consumo, alcohol, sexo, drogas, actividad física extrema, etcétera). Hay quienes lo hacen con relaciones tóxicas. Y hay quienes enfrentan el interrogante intuyendo que en la misma búsqueda de respuesta hay un germen de sentido. Existen, por cierto, trabajos que contienen ese germen. Son los que dejan huella en otros, mejoran el mundo, echan luz sobre el propio ser de quien los ejerce y convierten cada día en un domingo sin tristeza. En esos casos no hay temor al interrogante que planteaba el original y filoso novelista estadounidense Kurt Vonnegut (1922-2007), autor de Matadero cinco, Las sirenas de Titán y Desayuno de campeones, quien decía: “Hoy es domingo y surge la pregunta, ¿qué voy a hacer mañana?”.

Como para tantos otros síndromes, también para la tristeza o neurosis del domingo abundan los analgésicos. Se ofrecen desde diferentes espacios psicológicos o de bienestar, pero ninguno roza siquiera el corazón de la cuestión. Proponen, por ejemplo, elegir actividades dominicales placenteras, cerrar el día con una película divertida, no abrir ni enviar correos electrónicos referidos al trabajo, descansar bien, no acostarse tarde. Nada de eso está de más, por supuesto, pero en siete días habrá otro domingo y acaso el analgésico de hoy no haga efecto entonces, mientras se intente acallar esa tristeza y no darle lugar a su voz para entender de qué habla, qué pregunta y cuáles son las respuestas que demanda.

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