Marta tiene 36 años, duerme mal desde hace meses y vive con la sensación constante de estar llegando tarde a todo en su empresa. No importa cuánto se esfuerce: siempre siente que no es suficiente. “Me enseñaron a ser buena trabajadora antes que a ser buena conmigo. Y ahora no sé cómo ponerme en primer lugar sin sentir que estoy fallando”, explica.
Su historia no es excepcional. Es, de hecho, profundamente representativa de una generación educada bajo una idea aparentemente incuestionable: que el trabajo debía ocupar el centro de la vida, y que el esfuerzo sostenido sería recompensado con estabilidad, reconocimiento y seguridad. El problema ha surgido cuando esa ecuación ha dejado de funcionar y, aun así, seguimos aplicándola como si el fallo solo pudiera estar en nosotros.


