“Imaginé esta casa-estudio tal como experimenté el lugar desde el primer momento, incluso antes de iniciar su diseño y construcción. Mi objetivo fue preservar todo y permitir que los ritmos de la selva, la brisa del océano, la luz del sol y las sombras atravesaran la vivienda”, nos dijo la arquitecta checa Dagmar Štěpánová del Estudio Formafatal de su hogar y espacio de trabajo que comparte con su socio Karel Vančura, ubicado en la localidad de Uvita, Costa Rica.
La pendiente del terreno —con una caída en dos direcciones— se convirtió tanto en el principal desafío como en la guía del proyecto. Lejos de imponer una forma rígida, la casa acompaña la topografía, se amolda a sus curvas y se abre paso con cuidado entre las raíces de los árboles, dejando que la vegetación existente forme parte natural de la arquitectura.
Una plataforma “flotante” conduce a la entrada principal —a la que se accede mediante losas de hormigón— y, al mismo tiempo, conforma el techo del baño. Esta planta alta reúne el corazón del estudio de la arquitecta y dueña de casa. Cocina, comedor y estar se integran en un único espacio abierto, organizado en torno a una isla central que funciona como punto de encuentro.
Cuando proyectó la isla —una pieza de hormigón macizo de cuatro metros de largo— la arquitecta la imaginó como una superficie de trabajo, cubierta de muestras de materiales y grandes planos impresos. Hoy, ese uso pensado desde el inicio se confirma en la práctica cotidiana.
“La idea de que fuera no solo mi casa sino mi espacio de trabajo surgió de no estar acostumbrada a trabajar en una habitación cerrada, como en las oficinas tradicionales. Muchas veces recibo a mis clientes en casa: conversamos, compartimos ideas y desarrollamos los proyectos en conjunto”, contó Štěpánová de cómo pensó el espacio.
Por eso, parte del mobiliario de la cocina fue pensado como espacio de guardado para diferentes elementos de trabajo que la arquitecta necesita tener a mano, pero sin que queden a la vista.
El vínculo con el paisaje selvático se potencia en el espacio principal gracias a la total apertura de uno de sus frentes. El paisaje ingresa a la casa como una escena en constante transformación: la selva, la luz y el paso del día atraviesan los ambientes y vuelven a fundirse con el exterior. El aire, los sonidos y los juegos de sombra activan los sentidos y desdibujan la frontera entre adentro y afuera.
Lejos de mirar la naturaleza desde una ventana, aquí se la vive desde adentro. Cada ambiente fue pensado para capturar el sol o las estrellas en un momento preciso, dando forma a un diálogo natural y continuo entre la casa y su paisaje.
“Era fundamental percibir el lugar en su totalidad y comprender por qué me había enamorado de él desde el primer momento. Observar el recorrido del sol y la sombra, la dirección del viento y la llegada de la lluvia fue clave: sabía que no quería perder ni el más mínimo fragmento de la magia que este lugar ofrece”, explicó la arquitecta del proyecto que tomó un año en total.
Los animales también siguen su propio ritmo, casi exacto. Con el tiempo, es fácil reconocer a qué hora y por qué recorridos vuelan las guacamayas, cuándo aparecen los tucanes y en qué árboles prefieren posarse, qué flores atraen a los colibríes, por dónde se desplazan los agutíes o qué árbol eligieron las iguanas como refugio. “Todo ese pulso natural debe ser respetado al momento de diseñar la casa: una responsabilidad enorme, asumida con una profunda sensación de humildad”.
En el nivel inferior se organizan los dormitorios y un baño con vista al mar, conectados de forma directa con una pileta infinita de diez metros que acompaña la topografía del terreno.
La paleta de materiales, dominada por tonos terrosos, establece un diálogo natural con la vegetación que envuelve la casa. Los protagonistas son la tierra y el hormigón: materiales honestos, ligados al lugar y a su paisaje.
La tierra utilizada en los muros de tapia proviene de las propias excavaciones y de un sector de la ladera donde se talló una parrilla. “Gracias a la arcilla roja, los muros adquieren un color intenso y natural, como si la casa emergiera directamente del suelo. Son superficies que respiran, con textura propia, y no necesitan revestimientos ni agregados”.
La filosofía wabi-sabi, presente en la casa, se expresa en la elección de superficies que aceptan el paso del tiempo, donde el desgaste y la transformación forman parte de una elegancia serena y contemporánea.
“Es una forma de pensar muy cercana a mí: valoro la naturalidad y la imperfección de los materiales que envejecen con gracia y se transforman con el tiempo, sin que una mancha o una pequeña huella alteren el equilibrio. Creo que no podría vivir en un interior estéril, donde todo esté perfectamente terminado y pulido, y donde la mínima imperfección se convierta en el centro de atención”, explica.
Para la arquitecta, esta casa no es para cualquiera. Tal vez porque, como humanidad, nos hemos ido alejando casi por completo de la naturaleza y olvidando de dónde venimos. Aquí, en cambio, se propone volver a lo esencial: habitar con lo justo, reconectar con el entorno y recuperar una manera más consciente de estar en el mundo. Esa reconexión es considerada fundamental para Dagmar. Sentir el aire, la luz, los sonidos y los ritmos naturales es algo “profundamente saludable y reparador”.
A lo largo de su recorrido profesional, Dagmar recuerda especialmente las palabras de un cliente que, al pensar su casa, no habló de metros ni de materiales, sino de sensaciones: de cómo quería sentirse allí algún día, qué deseaba experimentar, qué le daba alegría y qué lo hacía feliz.
“Y creo que de eso se trata realmente. Siempre estoy aprendiendo, revisando y confirmando qué decisiones fueron las acertadas en cada proyecto. Por ahora, no cambiaría nada de esta casa —y eso no significa que todo sea perfecto”, confesó.


