Existe un extendido consenso en que la alta informalidad lesiona la productividad del trabajo y, con ello, de toda la economía, por lo que contribuye al estancaExiste un extendido consenso en que la alta informalidad lesiona la productividad del trabajo y, con ello, de toda la economía, por lo que contribuye al estanca

Bajo crecimiento con alta informalidad

2026/02/04 15:00
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El desempeño de la economía mexicana en 2025 resultó mediocre: el PIB aumentó 0.7 por ciento, lo que implica, como consignó El Financiero (30-01-26), “el cuarto año consecutivo de desaceleración del crecimiento”. A la vez, la informalidad laboral alcanzó a 33 millones de personas, el 54.6 por ciento de los ocupados.

Al comparar las cifras de INEGI de diciembre de 2025 con el mismo mes de 2024, la ocupación total aumentó en un millón 57 mil personas, pero la informalidad lo hizo en 1.2 millones, así que el saldo del año pasado fue de destrucción neta de empleo formal.

Bajo crecimiento y alta informalidad son los dos rasgos inseparables de la mala marcha de la economía mexicana que se han asentado por demasiado tiempo.

Salvo para los discursos autocomplacientes que niegan la importancia del crecimiento del PIB como variable clave de la economía o que desdeñan la alta informalidad por tener una tasa de desempleo abierto baja (sin entender que esta última se logra aquí precisamente por la extensa precariedad del empleo), entre distintos economistas hay una seria preocupación por el estancamiento del producto y la insuficiencia de empleo formal, así como por la estrecha relación entre ambos fenómenos.

Existe un extendido consenso en que la alta informalidad lesiona la productividad del trabajo y, con ello, de toda la economía, por lo que contribuye al estancamiento.

Pero a la par hay un debate económico, poco atendido pero no por ello menos relevante, sobre la causalidad en la relación entre bajo crecimiento y extendida informalidad. ¿Qué es la causa y qué el resultado? Sintetizo dichas posturas como la polémica entre Santiago Levy y Felipe López Calva, por un lado, y Jaime Ros (q.e.p.d.) y José Casar, por otro.

Se trata de cuatro economistas respetados con amplias trayectorias académicas y argumentos más que atendibles. Mi intención no es zanjar el debate, sino más bien invitar a que se conozca y extienda.

Levy publicó el libro Esfuerzos mal recompensados. La elusiva búsqueda de la prosperidad en México (BID, 2018), en el que sostiene que “las actuales políticas tributarias, de seguridad social y de protección laboral son defectuosas, que constituyen el principal motivo por el que el crecimiento es lento”.

En agosto de 2023 Levy y López Calva publicaron en Nexos el artículo “¿Qué falló? ¿Qué sigue? México 1990-2023”, donde argumentan que si “la informalidad hubiese disminuido, la inversión y la productividad hubiesen sido más altas y, en consecuencia, la tasa de crecimiento del PIB también habría aumentado”.

Ros hizo en 2019 en la revista Economía UNAM (vol. 16, núm. 46) una reseña del libro de Levy, señalando que éste no toma en cuenta la escasez de inversión aun cuando “la productividad se estanca precisamente en el periodo en que la tasa de acumulación de capital se desploma”. O sea, la baja inversión lleva al pobre crecimiento y dispara la informalidad.

Casar, siguiendo la argumentación de Ros, analiza (también en Economía UNAM, vol. 21, núm. 61, 2024) el texto de Nexos y muestra que las estimaciones de Levy y López Calva se basan en los censos económicos sin considerar la encuesta de empleo del INEGI, por lo que dejan de tomar en cuenta a dos terceras partes de la informalidad, entonces a 19 millones de trabajadores que “se ganan la vida, a veces sin remuneración, pero participando en el trabajo y el consumo del hogar, mediante el comercio en vía pública, prestando servicios individuales a familias de mayores recursos o a alguna empresa formal o informal”.

Esos trabajadores conforman una enorme masa laboral que desborda la capacidad de absorción de la economía mexicana formal por la crónica escasez de inversión que padece.

De estas lecturas contrarias se desprenden, también, políticas económicas distintas para enfrentar el bajo crecimiento y la informalidad. Si bien es necesario fortalecer, como sugieren Levy y López Calva, las capacidades estatales para reducir la informalidad, el grueso de ésta no es voluntaria, sino que es una suerte de condena que la mala marcha de la economía impone a millones de trabajadores.

En mi opinión, la clave para romper el bajo crecimiento es aumentar, como han insistido Ros y Casar, la formación bruta de capital, empezando por la inversión pública.

Porque una política procíclica que se desentiende del crecimiento, como la que han sostenido los gobiernos de tres partidos diferentes, no hace sino alimentar la informalidad en un círculo vicioso.

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