En 1986, Sergio Expert y sus amigos tuvieron un accidente que a él le provocó la amputación de una piernaEn 1986, Sergio Expert y sus amigos tuvieron un accidente que a él le provocó la amputación de una pierna

Festejaba un cumpleaños cuando estalló una bala de cañón: la explosión le arrancó una pierna y mató a su mejor amigo

2026/02/24 20:34
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Sergio Expert empieza la charla con un verbo particular y con una canción que habla de la suerte de algunos. El verbo es “caminar”. La canción, “Some guys have all the luck” (“Algunas personas tienen toda la suerte”), de Rod Stewart.

Some guys have all the luck, some guys have all the pain, some guys get all the breaks, some guys do nothing but complain”. La traduce o, mejor dicho, desmenuza la letra: algunos tipos tienen toda la suerte, algunos, todo el dolor. Algunos, todas las oportunidades. Otros no hacen más que quejarse. Los versos son un eco que le llega desde la noche del 11 de julio de 1986, cuando lo último que escuchó, antes de que su vida cambiara de un segundo para el otro, fue esa melodía.

Sergio Expert con la camiseta del SICSergio Expert hoy

Un adorno de metal

Esa noche hacía mucho frío. Siete amigos, unidos por el deporte, se juntaron en lo de Enrique, a quien Sergio conocía desde el jardín de infantes, para festejar su cumpleaños. Inauguraba los 20 un mes antes que Sergio. Era una reunión íntima: solo ellos, un asado, charla, música. El invierno no los iba a frenar. Muchas veces, en esas mismas circunstancias, o si llovía, por ejemplo, usaban una parrilla en la chimenea interna, se guarecían del tiempo.

Pero como una de las cuatro patas de la parrilla se había roto, y quedaba más corta que las otras, la familia de Enrique la equilibraba con un objeto particular: “Estaban acostumbrados a hacerlo. Ese adorno de metal era del mismo tamaño que la pata faltante. Cilíndrico y bastante grueso, soportaba todo. Hasta ese momento, soportaba el calor”, dice Sergio.

Sergio Expert

Ya habían prendido el fuego y preparaban la carne. Todos se ubicaban alrededor del hogar, tomaban cerveza, picaban maní. Hablaban de deportes, de mujeres, de “pavadas”, escuchaban música. Una velada típica.

Arrancó a sonar esa canción que habla de la suerte de algunos. Federico, otro amigo de Sergio que estaba con ellos, se levantó para subir el volumen, y casi como si hubiera sido un movimiento coordinado, la voz cascada de Rod Stewart quedó opacada por el estruendo. Some guys have all the luck. Some guys have all the pain.

Una escena de guerra

“Me abrazó una nube caliente de humo. Me tiró tres o cuatro metros para atrás. Yo estaba en un sillón frente a la chimenea, mesa ratona de por medio. No entendía nada. Primero pensé que estaba en un sueño, una pesadilla, que me iba a despertar y me iba a levantar en mi cama para ir a la facultad. Destellos rojos, naranjas, amarillos, todo se me venía a la cabeza, a la cara”, recuerda.

Una bala de cañón que usaban como adorno y creían vacía explotó mientras hacían un asado (Archivo)

De golpe, silencio y oscuridad. Algo había explotado, los había derribado con su fuerza expansiva. “Lo primero que quise hacer fue salir corriendo de ahí. Mi cabeza me empezó a dar órdenes, pero me quedaba quietito, no me movía. Entonces decidí arrastrarme, salir de ese lugar. Yo había ido tantas veces a esa casa, la conocía de memoria: sabía que a mi izquierda había un gran ventanal que daba al jardín de adelante, y esa iba a ser mi ruta de escape de lo que estaba viviendo. Me arrastré como un soldado por la tierra. En el camino había vidrios rotos en el piso, pedazos de techo, de mampostería, muebles quemados”, agrega.

Sergio describe los estragos de la explosión como una escena de guerra (Archivo)

Se escapó como un soldado, una comparación bélica que va a volver a usar. Llegó así, cuerpo a tierra, a la galería de piedra del jardín, pero seguía sin entender qué había pasado. Estaba cansado, muy cansado. Y cuando miró adentro, el caos: “Una escena de guerra. La casa toda oscura, porque se había cortado la luz. Hacía tanto frío que mi cuerpo y el de los otros chicos largaban un vaho que hacía que todo se viera tenebroso. Adentro había focos de fuego, y, de repente, gritos. Era la familia de Enrique, que por suerte estaba en la planta alta. Escucharon el cimbronazo, pensaron que la casa se les caía abajo, empezaron a gritar y a llorar”.

Festejaban un cumpleaños cuando una bala de cañón antigua, que habían comprado creyendo que estaba vacía, explotó

Después de eso, los tiempos se le mezclan y no recuerda bien el intermedio entre ese estar afuera mirando, escuchando, y que empezaran a sonar las sirenas de los bomberos a lo lejos. Habían sido alertados por un vecino. Cada vez que Sergio escucha la canción de Rod Stewart se pone a pensar en ese momento, a analizar el motivo de la letra. Algunos tipos con suerte, algunos que no. Se aplicaba a la perfección al estallido y al resultado variado que tuvo para los siete amigos: “La vida termina siendo así: una situación resulta de distintas maneras para distintas personas”.

Sergio hoy da charlas empresariales adaptando su experiencia en Explosión de vida

“Algo malo me pasó”

Sergio estaba grave. Muy grave. Martín, uno de ellos, también. Otros sufrieron quemaduras. Al chico que estaba sentado al lado de él no le pasó casi nada. Enrique falleció a los cinco días. ¿Cómo se internaliza esa disparidad de resultados?: “Al principio, en mi cabeza eran los porqué. Ahora, con 40 años de trayecto, de seguir caminando el camino que elijo y me toca, te das cuenta de que en la vida te pasan un montón de cosas. A la gente le pasan un montón de cosas. A veces las que parecen increíbles terminan siendo un problema, o una atadura, algo que no te sumó. Sí, las cosas pasan. Después, cada uno va a ver cómo trata de transformarlo para bien. Es muy difícil, es difícil proyectar, porque la vida cambia así, de golpe”.

Esos porqué son muy difíciles también. Las cosas suceden, sí, y los momentos son azarosos. Así lo demuestra esa explosión. ¿Qué había pasado? ¿Por qué ese día, ese momento? ¿Por qué ellos?

La placa de la operación que pudieron hacerle a Sergio en San Francisco para recuperar la pierna izquierda

El adorno que tantas veces habían usado para equilibrar las patas de la parrilla provenía de una tienda de reservas militares. Era una antigua bala de cañón que se vendió como descargada. La familia de Enrique la compró con esa certeza. Pero resultó que todavía le quedaba un poco de trotyl, el compuesto químico del TNT. Un explosivo. “Y bueno, explotó ese día, como podría haber explotado el 4 de agosto de 74, o el 6 de julio del 92. Se podría haber caído y explotado, porque estaba muy volátil el material. Pero la compraron pensando que estaba vacía, un lindo adorno”, remarca. Ese es el azar.

En el momento del accidente no se dio cuenta, pero sabía que algo le había pasado. Se acuerda de formas y colores: llevaba unas zapatillas azules. Las observaba mientras yacía boca arriba en la galería. El pie derecho apuntaba hacia su cara. Se dijo: “Algo malo me pasó”.

Llegó la ambulancia, una Volkswagen combi amarilla. En el trayecto al hospital, a aproximadamente 15 minutos de donde estaba, tenía una cosa bien clara: no quería morir.

“Hasta que llegué al quirófano, nunca me dejé vencer por el cansancio, por el sueño, por el dejarte ir, porque si bajás la guardia, te vas. Pero yo no me quería morir, y lo tenía bien claro, no me quería morir. No sé si tenía muchos proyectos serios, pero era un pendejo. Quería vivir”. Se obligó a resistir, a seguir vivo.

Enfrentar un nuevo cuerpo

El resultado de ese accidente fue la amputación de la pierna derecha. Estuvieron a punto de tener que amputar también la izquierda, pero lograron salvarla. ¿Qué parte de la canción de Rod Stewart correspondería a esa suerte?

“Me la salvaron, me pudieron arreglar la arteria femoral, que es la que irriga y que si tiene una complicación, no te llega sangre y te morís. Por suerte me la pudieron arreglar, pero perdí como diez centímetros de tibia. De esto me enteré mucho después”, detalla.

A Sergio le pudieron reconstruir la pierna izquierda en San Francisco

Cuando se despertó, lo primero que sintió fue dolor en todo el cuerpo, en la pierna. Como tener un “Fitito encima”. Pero todavía no se había dado cuenta de que le faltaba una pierna. Mientras tanto, en la izquierda, para mantener los huesos en su posición original, le pusieron unos tutores externos con una pesa a la altura del pie para que estirara. “Parecía un artefacto de tortura medieval. Pero yo lo tenía recubierto por una manta, no lo veía. Por el mecanismo de negación que tenemos, recién supe que me habían amputado la pierna cuando me trasladaron al sanatorio en la capital, y ahí me agarró un médico, padre de un amigo mío, y me contó todo lo que había pasado”. Habían pasado casi cinco días, durante dos de ellos estuvo con riesgo de muerte.

Sergio, luego del accidente, con compañeros de rugby

La intervención lo impactó en varios sentidos: era deportista, estaba empezando a jugar al golf, jugaba al tenis “muy mal”, al rugby “más o menos bien”, al fútbol “mal”. Tenía 19 años. El deporte, la ropa, el cuerpo eran importantes en su vida social. Y de golpe, perdió todo eso. Sí, las cosas pasan, hoy lo sabe, pero comprender lleva su tiempo.

“Me enojé mucho. Me enojé un montón con todo. Primero el por qué a mí, por qué a mí. Me enojé con todos, con Dios, con la sociedad, con mis amigos, con la familia. Si era completamente injusto lo que me pasaba. Estuve bastante tiempo enojado, después tuve miedo de quedarme solo, de que nadie me quisiera, de cómo iba a ser enfrentar mi nuevo cuerpo, la discapacidad”, destaca.

Su mundo cambió por completo. ¿Cómo se sale de ese enojo?

Sergio Expert, junto a sus padres, luego de la operación en San Francisco

Microsegundos de lucha

La familia fue un gran pilar, un soporte. Cuando lo pasaron a una habitación normal del hospital, su papá juntó a sus hermanos y les ordenó: “A él se le dice la verdad, no se le esconde ni se le edulcora nada”. Así le contaron del fallecimiento de Enrique. Fue duro, pero él lidiaba con su “propia situación” al mismo tiempo. Salir de ella no era fácil: “A veces cuesta, a veces cuesta menos, pero hay herramientas disponibles. Lo que motoriza todo son tus ganas. El que tiene que estar siempre al frente de esa batalla es uno. Yo puedo tener la mejor compañía, pero si no soy el que estoy todo el tiempo dándome manija, no voy a salir nunca. Y empecé a darme cuenta de que todo iba a depender de mí. No quiere decir que soy superpoderoso, sino que va a depender de mí. Y si necesito ayuda, pedirla. Y si me dan apoyo, tomarlo”.

El mamá y la papá de Sergio

Empezó a entender que para que haya un cambio, tenía que empezar por él. Cita a Einstein: el loco es el que pretende distintos resultados ante una misma acción. El otro verbo: “hacer”. Eso lo caracteriza: “Hago y soy entusiasta. Me puede salir mal, y a veces me cuesta conseguir entusiasmo, pero está. De a poquito, vas saliendo. Y tuve la bendición de tener una familia y amigos increíbles. Y yo, las ganas de salir”. Habla de sus amigos, de su papá y su mamá. Se le enrojecen los ojos, la mirada se nubla.

La situación fue dura para todos. A él lo atravesó “por el físico y por el alma”, a ellos, por el alma. Pero los entiende: hoy es padre y en agosto va a ser abuelo. “Ellos siempre estuvieron. Y los extraño un montón a mis viejos. Me dieron un amor distinto, porque no era un amor de contacto, no nos dábamos muchos besos, no nos dábamos muchos abrazos. Era una amor genuino, que es mi fortaleza todos los días. Yo todos los días tengo una lucha constante. Antes de ponerme mi pierna ortopédica, cuando me despierto, tengo microsegundos de lucha, una persona que dice: ‘¿Viste, Sergio, todo lo que te pasó? Vos te merecés estar en la cama, quedarte ahí y que nadie te joda’. Y del otro lado tengo una persona que dice: ‘No, tenés la posibilidad de hacer algo, vamos, levantate’. Tengo la suerte de que siempre ganó esa. Pero todos los días lucho. Todos los días”.

El otro pilar de su recuperación fue su propia fortaleza, su capacidad de entender: decidió no quejarse, no ser “el pibe de la explosión”.

Foto de enero de 1987, recién operado de la pierna izquierda, con su papá y su hermano

Retomar la vida

Tardó dos años en volver a caminar. En mayo de 1988 pudo pararse de nuevo.

Por suerte, sus padres pudieron afrontar un viaje a San Francisco, California, a principios de 1987, para que se operara la pierna que acá lograron preservar. Había que injertar hueso, una operación que entonces era de avanzada. Fueron 12 horas en el quirófano. Le sacaron la cresta ilíaca de la cadera derecha, la colocaron en la tibia faltante con tornillos y placas: “Y a la buena de Dios para que eso se fortaleciera y se hiciera callo”. Allá también le tomaron el molde para la pierna ortopédica.

En San Francisco también le tomaron el molde para hacerle una pierna ortopédica

Por más de un mes estuvo enyesado desde el dedo gordo del pie hasta la ingle. Pararse era su “zanahoria”: “En mayo voy a poder estar parado”, se decía. Pero cuando se colocó la pierna ortopédica, la expectativa se desvaneció. No era como esperaba: “Era completamente distinto a lo que me había imaginado, usar la pierna, caminar, moverme. Pensaba que me ponía la pierna, y listo. Y fue de nuevo otro proceso, otro duelo, otro aprendizaje. Me costó, porque cuando las expectativas son muy altas, y la realidad muy distinta, te juega en contra. Después me fui acostumbrando y me fui adaptando. Me podía poner la pierna y no se me salía, no me lastimaba y podía hacer cosas. Y bueno, iba a distintos lugares con mi andador. Pasó a ser parte de mi vida un buen tiempo, hasta que lo cambié por muletas. Después me sacaron el yeso y arranqué con la vida nuevamente”.

Sergio y su papá en la cama del hospital de San Francisco

Volvió a la facultad. Eso era parte de arrancar de nuevo. Estudiaba en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. El accidente fue justo cuando terminaba el primer cuatrimestre. No quería saber nada de volver a estudiar. Eso se lo agradece también a su familia.

Para explicarlo, cuenta la historia de su papá, que llegó a la Argentina desde Bélgica cuando tenía 20 años y sin hablar castellano. A los 10 se había al sur de Francia después de vivir seis meses sin ventana, con techos rotos, sin puertas, por los bombardeos nazis a la ciudad.

Ese “tipo luchador”, como lo llama, le dijo: “Todo lo que te pasó fue una cagada. Hay muchas cosas que no vas a poder hacer, muchas otras que te van a costar. Pero tenés algo que tenemos todos nosotros: las mismas 24 horas de los siete días de la semana. Usá la cabeza y con eso vas a hacer la diferencia”. Le estaba diciendo que retomara los estudios.

Aunque él no tenía ganas, se dijo que le iba a “seguir el juego”. Iba a ser complicado, los profesores deberían tomarle exámenes en la casa. No pensaba que su papá fuera a conseguirlo. Pero este movió cielo y tierra. Y lo logró. “Él fue mi primer gran mentor, sin saberlo, porque me dijo la posta”, asegura.

Nada fue fácil: ascensores que no funcionaban, escaleras. Podía rendirse o insistir. Lucharla, dice. Y lo hizo: “Tengo ese ejercicio de buscarle la vuelta a lo que te pasa”.

Sergio visitó en 1990 al cirujano Ralph Davies, quien lo operó en San Francisco

La fuerza de Dios

Con el tiempo, la vida se acomodó, y él formó su propia familia. Lo cuenta con orgullo, los nombra: su esposa Felicitas, sus hijos Marcos, Marina y Sofía. Sus faros: “Lo más importante, el resto son anexos. Pero a veces lo urgente tapa lo importante. Ellos son lo importante, para mí son lo importante”.

Cuando su papá falleció en 2010, Sergio se propuso “hacer algo” con todo lo que le pasó, aprovechar esa “experiencia rica”. Armó una consultora que se llama Explosión de vida: en función a su relato, toma temas que aplica en organizaciones, como la adaptación al cambio, la resiliencia, aunque no le gusta esa palabra (“La resiliencia se vive, no se dice”), el manejo de las adversidades, el trabajo en equipo. También la inclusión de personas con discapacidad en los ambientes de trabajo.

Es un trabajo de todo el año, menos enero, febrero y marzo. Pero en esos meses, no para, los dedica al turismo: en 2001, cuando lo echaron del trabajo, se asoció en la agencia de viajes de un amigo. La sacaron a flote. Empezó a generar experiencia en el manejo de grupos deportivos. Ahora, por ejemplo, se va a Sudáfrica, y va a aprovechar para dar charlas en universidades de allá. No para nunca.

“Todo lo que voy haciendo me pone más fuerte con respecto al día anterior. Y eso surgió a partir de la experiencia tan fuerte que tuve, que me hizo cambiar 180°, me puso en un nuevo papel y me dijo: ‘A partir de ahora es así. A partir de ahora va a depender de vos’. Y lo tomé para dar siempre un poco más. Una condición no me va a frenar —asegura—. No me frenó en mis ganas de hacer, creo que eso es lo que me define a mí. La etimología de ‘entusiasmo’ es: la fuerza de Dios que llevamos dentro. Y creo que es lo que me mantiene vivo. De dos piernas en un instante, a media pierna. Y seguimos. Y pasaste de todo. Y tuviste hijos, y te divorciaste, y te casaste de nuevo. Y tuviste mil trabajos. Y tuviste mil quilombos. Y estamos. Y seguimos”.

Pasaron 40 años desde esa experiencia. Pasó el enojo, la queja, la sanación. Aprendió, incorporó y sanó. Construyó un trabajo y, sobre todo ese pilar que es su familia, que son sus amigos. Hoy, después de todo es tiempo, aquella canción que que sonaba de fondo puede tomar otro color: algunos hombres tienen toda la suerte del mundo.

Sergio aprendió a tomar las adversidades como aprendizaje y creó Explosión de Vida para transmitir su experiencia a quien lo necesite
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