La sardina se mantiene como uno de los alimentos más nobles de la despensa mexicana. Es accesible, rendidora y versátil. En mercados, tienditas y supermercados se encuentra fresca o en lata durante todo el año, con precios que suelen oscilar entre los 20 y 45 pesos por lata, dependiendo de la marca y presentación. Pocos ingredientes ofrecen tanto por tan poco.
Desde el punto de vista nutricional, es un auténtico tesoro marino. La sardina es rica en proteína de alta calidad, aporta omega-3 —clave para la salud cardiovascular—, además de vitamina D, calcio y vitamina B12. Al consumirse con espina suave en su versión enlatada, su contenido de calcio puede ser incluso superior al de algunos lácteos. Es saciante, ligera y con menor concentración de mercurio que pescados de mayor tamaño.
Pero más allá de los datos duros, la sardina es profundamente sabrosa. Tiene un perfil intenso y marino que combina perfecto con chile, limón, jitomate, aguacate y tortilla caliente. Es el tipo de ingrediente que, con pocos elementos, se transforma en un platillo completo, casero y reconfortante. Rica, nutritiva, económica y fácil de encontrar: pocas proteínas cumplen con ese cuádruple atributo en la cocina mexicana.


