El agente secreto (O Agente Secreto, Brasil-Francia/2025). Dirección: Kleber Mendonça Filho. Guion: Kleber Mendonça Filho. Fotografía: Evgenia Alexandrova. Edición: Matheus Farias, Eduardo Serrano. Elenco: Wagner Moura, Robério Diógenes, Maria Fernanda Cândido, Tânia Maria, Gabriel Leone. Calificación: Apta para mayores de 16 años. Distribuidora: Maco Cine. Duración: 161 minutos. Nuestra opinión: excelente.
El agente secreto es una película misteriosa. No porque haya un enigma por resolver o su entendimiento eluda al público. El misterio del film de Kleber Mendonça Filho es una estrategia de seducción y también una forma de entender la realidad, a través del cine.
La primera escena pone las cartas sobre la mesa. Un hombre llega manejando un VW Escarabajo amarillo a una estación de servicio casi abandonada, en medio de la ruta polvorienta. Un cartel sobre la imagen explica que la acción se desarrolla en Brasil, en 1977, “una época llena de malicia”. El cadáver tirado frente a la estación, cubierto por unos cartones, es un indicio de los tiempos turbulentos en los que está sumido el país; también es el primer misterio de la película. Este no será revelado, porque la historia se concentra en el conductor del auto, Marcelo, interpretado con una autenticidad y carisma invencibles por el brillante Wagner Moura. Luego de ser víctima de una muy pobre extorsión policial, sigue su camino a Recife, su ciudad natal, donde lo recibe Doña Sebastiana (la fabulosa Tânia Maria, adueñándose de cada escena), una mujer mayor que da refugio en su vecindad a gente escapada de distintos lugares y por diversos motivos.
Marcelo (cuyo verdadero nombré será revelado luego) va a buscar a su hijo, que vive con sus abuelos desde que su madre murió y él se mudó a San Pablo. El espectador deberá esperar para saber por qué se fue y por qué unos sicarios lo buscan para matarlo.
La narración está construida en capas, incluye saltos en el tiempo y cambios en el tono de las escenas, que van desde una emotiva conversación en la que se revela la historia del protagonista, hasta un violento desenlace callejero digno de un thriller. La clave es que todo está afinado en una misma frecuencia.
Es un verdadero logro del director y guionista, quien juega con una aparente dispersión, mientras se dirige con firmeza hacia un objetivo claro, valiéndose de una puesta en escena de una enorme riqueza visual y un uso del color idiosincrático, para una historia tan local que, como suele suceder, resuena de forma universal.
La sensación de amenaza constante, la tragedia inminente, la omnipresencia de la corrupción y la violencia estatal, conviven con el humor, que llega hasta el absurdo y la parodia de terror, con una subtrama sobre una pierna peluda que ataca a la gente (su explicación racional, por supuesto, es mucho más oscura).
La pulsión de vida está expresada en la música siempre presente, el sexo y también en la solidaridad y la compasión por los otros, encarnada en quienes ayudan al protagonista.
Con la sentencia de muerte colgando sobre su cabeza, Marcelo atraviesa la multitud que festeja el Carnaval, la fiesta emblemática para sublimar todo lo malo. Lo hace bailando, un poco como exorcismo, pero más que nada porque resulta la mejor manera de llegar hasta el otro lado de la calle. El ritmo como una forma de supervivencia.
“La vida tiene sus cosas malas pero también cosas buenas”, dice, con confiada sencillez Doña Sebastiana, mientras brinda por sus protegidos. La capacidad para ver lo humano en un contexto deshumanizado está puesto en esas simples palabras, pero, sobre todo, plasmado en el punto de vista de la película.
La realidad del Brasil de los 70 está enfocada siguiendo la tradición del cine de esa misma época: desde los films políticos y los thrillers paranoicos, como los de Alan J. Pakula, hasta el padre de todos los megaéxitos, Tiburón.
El póster de Tiburón tiene hechizado al hijo de Marcelo, porque representa algo que no puede ver y que su imaginación convierte en pesadillas. Mientras tanto, la taquillera película de Spielberg inspira a una morbosa operación de prensa para maquillar una realidad violenta.
Mendonça Filho, que fue crítico cinematográfico, lleva lo observado desde la teoría hacia la práctica, haciendo de El agente secreto una película que celebra la influencia del cine de los 70, tomando sus mejores características, para contar una historia de ese tiempo, pero de una forma posmoderna.
Después de un último tramo que es puro nervio de thriller, la película se toma un respiro con un epílogo que completa la historia de Marcelo. Al mismo tiempo, refleja las complejidades de la identidad familiar y la memoria, temas que son centrales en el film, sin necesidad de que estén expresados en discursos, sino asomando entre sus muchos misterios.
Y en ese final, a través de una coincidencia que marca los cambios de las épocas y cómo se reflejan en las ciudades, el cine también reclama su lugar en la Historia.

