Daewoo Corporation contrató a Do Sun Choi cuando tenía 19 años. Su ingreso fue casi accidental. La empresa coreana buscaba un traductor para participar en una lDaewoo Corporation contrató a Do Sun Choi cuando tenía 19 años. Su ingreso fue casi accidental. La empresa coreana buscaba un traductor para participar en una l

“Empezamos de nuevo”. El inmigrante coreano que llegó al país sin hablar español, creció en Fuerte Apache y rescató una marca clásica argentina

2026/03/05 20:42
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Peabody nació en la Argentina a mediados del siglo pasado, vinculada a la empresa metalúrgica Helametal. En la décadas de 1970 y comienzos de 1980 vivió su época de esplendor: tener una heladera Peabody fue el sueño de muchas familias. Las publicidades hablaban de “calidad” y prometían un “frío confiable” para el hogar.

En aquellos años era habitual que las empresas argentinas adoptaran nombres extranjeros. Y tiene una explicación lógica: como gran parte de la innovación tecnológica llegaba desde Estados Unidos y Europa, los industriales locales apostaban por un denominación extranjera que evocase “progreso, modernidad y prestigio”. En ese mismo clima cultural se inscribieron Drean, Atma y Noblex, entre otras marcas.

Peabody es un apellido de origen inglés. Su traducción literal es “cuerpo de arveja” y nada tiene que ver con el universo de las heladeras.

Como tantas otras empresas de la industria nacional, Peabody quedó atrapada entre crisis económicas, cambios en el consumo y transformaciones del sector. En la década de 1990 la compañía pasó a manos de Philco y los productos Peabody desaparecieron del mercado. Pero la marca, como sello de garantía, sobrevivió en la memoria de quienes habían crecido con una de sus heladeras en la cocina.

Peabody parecía condenada al olvido hasta que, a comienzos del siglo XXI, un inmigrante oriental sin vocación industrial compró la marca para concretar su sueño más ambiciosos: progresar y sacar adelante a su familia.

De Seúl a Buenos Aires

Do Sun Choi tenía doce años cuando dejó Seúl. Cruzó medio mundo junto a sus padres y su hermano menor para alcanzar su destino: la República Argentina. Le dijeron que era “la tierra prometida”, donde todos podían encontrar su lugar y progresar. Nadie en la familia hablaba español, pero creyeron que el idioma no sería un obstáculo. Como no consiguieron los permisos en Migraciones, entraron al país a través de Paraguay, de manera ilegal. No era un viaje de aventura ni de prosperidad: era una huida.

Sus padres habían sido refugiados de la guerra de Corea y escapaban de la dictadura que dominaba su país. Choi suele contar una historia que, para él, resume la perseverancia de su familia. Durante la guerra de Corea, su padre estuvo prisionero y en el campo de detención fabricó un cucharón de aluminio con sus propias manos. Años más tarde, ya en Argentina, todavía lo conserva. “Mi papá lo hizo pensando en un futuro. Yo empiezo cada día pensando cuál va a ser mi cucharón”, dijo en una entrevista con La Nación.

Do Sun junto a sus padres en Corea

En Corea se hablaba de la Argentina como de una tierra lejana y próspera, casi un destino prometido. “En ese entonces, en Corea había una excelente imagen de la Argentina. Se imaginaba que era un país muy rico”, recordaría años después en una entrevista para LA NACION.

Pero al llegar, en el año 1977, se encontraron con otra realidad. El país también estaba gobernado por una dictadura militar. El destino era irónico: habían viajado miles de kilómetros para escapar de una dictadura, y se encontraron con otra al llegar.

La vida en Fuerte Apache

Los primeros años fueron muy duros. La familia se instaló en Fuerte Apache, el complejo habitacional de Ciudadela. Allí comenzaron una vida nueva, sin documentos, sin hablar español y con muy pocas certezas.

Do Sun Choi, que adoptó el nombre “Dante”, recuerda esa etapa como una época de miedo. “Vinimos escapando de una dictadura y acá encontramos otra... A las cuatro de la madrugada llegaban los soldados a Fuerte Apache, cerraban los monoblocks y empezaban a requisar a la gente. Realmente, vivíamos con miedo, fue una época muy difícil”, contó años después en una entrevista.

Do Sun tenía 12 años y viajó con sus padres y su hermano menor a la Argentina

Los Choi vivieron prácticamente en la ilegalidad hasta 1983. Como no tenían documentos, Do Sun y su hermano no conseguían vacantes en ninguna escuela. Luego de mucho insistir, sus padres consiguieron que los dejasen entrar “como oyentes” en un instituto privado.

Recién a los 19 años, con el retorno de la democracia, Do Sun consiguió su documento argentino. Recién entonces pudo rendir los exámenes pendientes, terminar la secundaria, e ingresar a la Universidad de Buenos Aires para seguir su vocación: estudiar Filosofía.

La familia hizo lo que pudo para sobrevivir. Cerca de su casa había una fábrica de bicicletas que empleó a los cuatro (padre, madre y sus dos hijos) en el armado de ruedas. Les tocó la parte más delicada del proceso: debían colocar los rayos uno por uno y ajustar la tensión con precisión. “Nos dieron 400 ruedas para armar. Toda la familia trabajaba en casa. El pago era una bicicleta y después la vendíamos”, recordaría Choi. Con el tiempo abrieron un pequeño quiosco que terminó convirtiéndose en un almacén.

Quince años en Daewoo

Desde chico era un lector empedernido y leía todo lo que caía en sus manos. Los diarios argentinos se convirtieron en su escuela informal: leyéndolos no solo aprendió el idioma, sino también empezó a entender el país al que había llegado.

Daewoo Corporation contrató a Do Sun Choi cuando tenía 19 años. Su ingreso fue casi accidental. La empresa coreana buscaba un traductor para participar en una licitación en la Argentina

En la comunidad coreana pocos dominaban el idioma y Dante comenzó a traducir noticias y revistas para quienes no podían entenderlas. Aquel trabajo improvisado terminaría cambiando su destino.

A los 19 años fue contratado como traductor por la multinacional coreana Daewoo Corporation, que participaba en licitaciones en la Argentina. Lo que iba a ser un trabajo circunstancial, de apenas dos o tres meses, terminó convirtiéndose en una carrera de quince años.

Choi recuerda esos años como un ritmo de trabajo extremo. Durante ocho años seguidos no tomó vacaciones. “Las empresas coreanas te daban tres días por año, incluyendo sábado y domingo. Nadie se tomaba vacaciones”, contó después. Y la diferencia horaria hacía el resto: cuando en Buenos Aires eran las ocho de la noche, en Corea recién comenzaba la jornada laboral. “Trabajaba veinte horas por día. A las 20 de acá eran las 8 de la mañana de allá y empezaban a llamar. Los domingos a la noche también”, recordó en una entrevista.

Con el tiempo Do Sun fue creciendo dentro de la compañía hasta llegar a ser gerente de Desarrollo de Negocios

La caída y la crisis

Con el tiempo fue ascendiendo en la empresa hasta convertirse en gerente de Desarrollo de Negocios. En aquellos años Daewoo era un gigantesco conglomerado industrial con actividades que iban desde automóviles y textiles hasta comercio internacional. Pero a fines de los años noventa, durante la crisis financiera asiática, el gigante coreano colapsó. Muchas de sus filiales en el mundo se desarmaron.

Y para Choi fue un punto de inflexión. “Sentía que necesitaba hacer otra cosa”, diría después. En ese momento el mercado de las computadoras de escritorio estaba en auge y decidió importar componentes para ensamblarlos en la Argentina.

El negocio marchaba bien, hasta que llegó la crisis de 2001. “Todo explotó”, recuerda. La economía se desplomó y durante dieciocho meses prácticamente no tuvo ingresos. El mercado estaba paralizado.

Lo que iba a ser un trabajo corto, de apenas dos o tres meses, terminó convirtiéndose en una carrera de unos quince años dentro del grupo

Una oportunidad llamada “Peabody”

En lugar de rendirse, Choi decidió empezar otra vez. En noviembre de 2003 fundó una pequeña empresa llamada Goldmund S.A.. Tenía una estructura mínima. “Éramos tres personas: una secretaria, un cadete y yo”, contó en La Fábrica Podcast.

Fue entonces cuando apareció una oportunidad. En el mercado circulaba el nombre de Peabody, una antigua marca de heladeras que había sido muy conocida en la Argentina, pero que llevaba años desaparecida. La marca había pertenecido a la empresa Helametal y luego había quedado dentro de la estructura de Philco.

Para muchos era apenas un recuerdo del pasado. Pero Choi vio algo distinto. Cuando mencionaba el nombre, las personas mayores lo reconocían enseguida: recordaban las heladeras que habían tenido en sus casas décadas atrás. Si bien la marca estaba fuera del mercado, seguía viva en la memoria de los consumidores. Y para un emprendedor que recién empezaba, eso valía mucho. No partía desde cero. Detrás de ese nombre ya existía una historia. Para Choi, las marcas tienen algo que el dinero no puede comprar fácilmente: confianza acumulada en el tiempo. Choi decidió comprarla y apostar a darle una segunda vida.

“Nunca soñé con ser industrial”

Su plan original era sencillo: iba a importar electrodomésticos para luego venderlos en el país bajo el nombre Peabody. Pero el contexto económico otra vez cambió: las restricciones a las importaciones lo obligaron a replantear su estrategia. Si quería seguir adelante, tendría que fabricar en la Argentina.

“Yo nunca soñé con ser industrial porque no tenía ese background”, reconocería después.

Para dar ese primer paso se asoció con su amigo Gianni Cozzuol, un empresario de La Plata que era dueño de una fábrica de autopartes. En su planta de Pacheco comenzaron a producir los primeros pequeños electrodomésticos: planchas, calefactores eléctricos y algunos productos de cocina.

Sin embargo, la sociedad duró poco. Al cabo de un año, Cozzuol necesitó recuperar el espacio para ampliar su negocio automotriz y Choi tuvo que empezar otra vez.

Choi devolvió al mercado a Peabody

Encontró un pequeño depósito de apenas setecientos metros cuadrados en Villa Flandria, en el partido de Luján. Allí instaló su nuevo taller. Era un lugar modesto, pero suficiente para volver a intentarlo. “Empezamos de nuevo, muy de a poco”, recordaría después.

Desde ese galpón comenzaron a salir los primeros productos de la nueva etapa de Peabody. Sin grandes recursos, pero con una marca que todavía sobrevivía en la memoria de los consumidores.

Dante Do Sun Choi, dueño de la marca Peabody

Con el tiempo, Peabody -actualmente con planta de producción en la Tablada, en el partido de La Matanza- dejó de ser solo una marca rescatada del pasado y se convirtió en una de las empresas argentinas más conocidas en pequeños electrodomésticos.

Hoy la historia de Peabody vuelve a enfrentar un momento de inflexión. La empresa Goldmund, dueña de la marca, anunció su presentación en concurso preventivo para reestructurar deudas y atravesar un contexto complicado para la industria de electrodomésticos, golpeada por la caída del consumo y la presión de las importaciones. Aun así, la compañía aseguró que continuará operando mientras busca reorganizar su estructura financiera.

Choi suele recordar una historia que resume el espíritu de su familia. Durante la guerra, su padre fue prisionero y pasó dos años en un campo de detención. Allí encontró un pedazo de metal descartado, lo moldeó con herramientas improvisadas y fabricó un cucharón. Choi aún lo conserva: para él es un símbolo de resiliencia y de la capacidad de salir adelante incluso en las peores circunstancias
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