Pedro Friedeberg, fallecido a los 90 años la mañana de este jueves 5 de marzo, fue de los contados artistas que lograron hacer de la contradicción, el absurdo y la excentricidad partes fundamentales de su manifiesto.
En su vida diaria, Friedeberg era un trabajador compulsivo, un obsesionado hasta los extremos con la amalgama de elementos como geometría, astronomía, astrología, tarot, mitología, pero sobre todo ironía y sarcasmo, muchos de ellos con diferencias irreconciliables, pero todos como parte integral de la huella dactilar que impregnó sobre todos de sus cuadros y artefactos.
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Amistades e instituciones despiden al genio excéntrico
De Friedeberg se despidió la plana grande del arte en México, entre instituciones, funcionarias y artistas, como la escritora Guadalupe Loaeza, la cual rindió "un pequeño homenaje" a su amigo, quien, dijo, "se fue con todo y su silla de mano. Lo voy a extrañar mucho".
Por su parte, la también autora Sabina Berman habló en tiempo presente sobre el trascendido: "Adoramos a Pedro Friedeberg. Yo por ejemplo tengo todos sus libros, una serigrafía y una de sus sillas-manos, pero no tanto como merece su genio pop, surrealista, místico".
La Secretaría de Cultura del gobierno de México calificó al finado y a su obra como parte del patrimonio artístico. Lo propio hicieron organismos públicos y privados como la UNAM, la UAM, el Festival Cervantino, el Museo de Arte Moderno y el festival Ambulante. También la plataforma Netflix se despidió del artista, a propósito de que en su catálogo se incluye el documental "Pedro", un asomo a la vida pública y privada de este genio excéntrico. A propósito de él, Netflix expresó: "El mundo es un poco más surrealista hoy. Y eso es un homenaje en sí mismo. Hasta siempre, Pedro".
Hasta el cierre de esta jornada, la familia del finado decidió manejar las exequias en privado. Sobre la posibilidad de rendirle sendos homenajes, la Fundación Friedeberg expuso que hasta el momento no hay algo confirmado.
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Amistades e instituciones despiden al genio excéntrico
De voz áspera, mirada burlona y arranques impredecibles, pero mayormente hilarantes, Pedro Friedeberg se formó un personaje público, una máscara que amplificaba su deseo de ruptura frente a las formalidades del arte, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX en México.
Toda persona que compartió al menos unos minutos con el trascendido atesora relatos sobre sus desbordes de extravagancia, que fueron como la firma y la fecha de conclusión de cada pieza, el sello distintivo y el remate de un performance que se trazaba en el aire.
Por ejemplo, era la noche del 5 de junio de 2014. El Museo Franz Mayer presentó una particular exposición bajo el título "Manos por México", integrada por 186 reproducciones del trabajo epítome de Friedeberg, la inconfundible "Mano-silla", esa pieza que aprendió a reproducirse por sí misma –para entonar con el sarcasmo del referido– y que al mismo tiempo es tanto un objeto utilitario como un lienzo.
El sentido de la muestra en el Franz Mayer fue precisamente ése, el de entregar una reproducción de la "mano-silla" a artistas de todos los rangos, consagrados y emergentes, para que la intervinieran. Del ejercicio participaron referentes como Marta Chapa, Vicente Rojo, Jazzamoart o Sebastian.
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Amistades e instituciones despiden al genio excéntrico
Friedeberg asistió a la inauguración. Se presentó muy elegante, con un saco azul y un suéter Ralph Lauren, además de su infaltable sombrero tipo fedora pero éste con motivos de cebra, del todo llamativo, y una máscara de gato hecha con cartón, que no se quitó en un solo momento.
Cuando el entonces director del Franz Mayer, Héctor Rivero Borrell, invitó a Pedro para que ofreciera algunas palabras en el acto, éste recibió el micrófono y únicamente arguyó un "miau", una onomatopeya, una especie de maullido con la misma voz ronca, potente y burlona de siempre.
Así era Pedro Friedeberg, cuya iconografía estuvo en todos los niveles, desde las subastas privadas de la élite, pasando por los catálogos de la televisión en streaming, hasta adherida en las paredes y techos de uno de los pasajes del Metro Bellas Artes.


