Cada regreso a Macondo es también un regreso a la propia vida. Y si algo huele —literalmente— en esa casa interminable de los Buendía, es la cocina.Cada regreso a Macondo es también un regreso a la propia vida. Y si algo huele —literalmente— en esa casa interminable de los Buendía, es la cocina.

Muchos años después, en un pasillo de París

2026/03/06 16:04
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Viví en París en 1982, tenía 18 años, y fue un año que cambió mi vida y consolidó, para siempre, mi vocación por las letras. En una librería compré Cien años de soledad, del escritor Gabiel García Marquez, sin sospechar que ese libro me acompañaría mucho más allá de aquellas calles. Durante días no dejé de leerlo; por las noches, para no molestar a mi compañera de cuarto en la casa de asistencia, me salía al pasillo con el ejemplar entre las manos y seguía avanzando, como si temiera que Macondo desapareciera si cerraba los ojos.

La impresión fue tan profunda que nunca quise releerlo. Sentí que volver a sus páginas podría diluir la intensidad de aquel descubrimiento, y preferí conservar intacta la emoción en la memoria. Sin embargo, al acercarse el 6 de marzo —natalicio de Gabriel García Márquez— y recordar la fuerza con la que la comida atraviesa la novela, decidí regresar a ella. Lo hice con una mezcla de suspenso y temor: ¿sentiría lo mismo? La respuesta fue inmediata. La novela no sólo sostuvo su hechizo; reafirmó mi fascinación de entonces, incluso, al leer el primer párrafo un pequeña lagrima rodó por mi mejilla. Me sacudió esa deliciosa virtud narrativa que tiene de comenzar en el futuro para contarnos el pasado:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Cada regreso a Macondo es también un regreso a la propia vida. Y si algo huele —literalmente— en esa casa interminable de los Buendía, es la cocina. En Cien años de soledad la comida es una forma de narrar el tiempo, de medir la prosperidad y de revelar la soledad.

En los primeros años, cuando el pueblo apenas se sostiene, la alimentación es rudimentaria y ferozmente necesaria: carne de mico, caldo de culebra, lo que la naturaleza inmediata ofrece. Comer es sobrevivir. Más tarde, con el huerto ya establecido, aparecen el plátano, la malanga, la yuca, el ñame y la auyama; las gallinas cacarean en el patio y los cerdos engordan en los corrales. La cocina deja de ser urgencia y se convierte en permanencia.

En el centro de todo está Úrsula Iguarán. Ella prepara sopas de cangrejo, panes, bizcochos, almíbares, y sobre todo sus céle

bres animalitos de caramelo: gallitos, pescados, caballitos moldeados en azúcar brillante que recorren el pueblo en canastas y que sostienen económicamente a la familia. Con ellos, la cocina se vuelve empresa y el fogón, motor de progreso.

Hay escenas en las que el detalle culinario define carácter. Los Buendía beben café negro, fuerte y amargo, casi como un ritual de pertenencia. Amaranta amasa y hornea mientras reprime pasiones imposibles; Fernanda del Carpio intenta imponer recetas ceremoniosas y banquetes formales que contrastan con la espontaneidad criolla de la casa. Incluso en los momentos festivos, los dulces, los panes recién salidos del horno y las conservas perfumadas llenan la mesa de una prosperidad que parece eterna.

Pero el esplendor se resquebraja. Con la llegada de la compañía bananera, el banano —fruta aparentemente inocente— se convierte en símbolo de explotación y tragedia. Y cuando la decadencia alcanza a la estirpe, la comida vuelve a su forma más austera. Aureliano consigue en el mercado cabezas de gallo desechadas para que le preparen sopas aumentadas con verdolaga y aromatizadas con hierbabuena. Son platos mínimos, casi invisibles, pero cargados de dignidad, al final, exquisiteces de la miseria.

Incluso los gestos más inquietantes pasan por la boca. Rebeca, devorando tierra y cal de las paredes, convierte el alimento en síntoma del desarraigo. Comer, en su caso, no nutre, recuerda.

En Macondo todos comen, pero casi siempre en soledad. Aun en las mesas largas, entre panes, sopas de cangrejo, café humeante y dulces de azúcar, cada personaje carga su propio silencio. La comida reúne los cuerpos; la historia separa las almas.

Por eso, al conmemorar hoy el natalicio de García Márquez, vuelvo a aquella joven que leyó para siempre, en un pasillo parisino, sin imaginar que esa novela la acompañaría toda la vida. Entiendo ahora que en Cien años de soledad la cocina no es un escenario secundario, es el corazón palpitante de Macondo. Y quizá por eso, tantos años después, sigo creyendo que cocinar —como escribir— es una forma de luchar contra el olvido.

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