PARÍS.– Los ataques contra infraestructuras hídricas son poco habituales en tiempos de guerra, pero comenzaron a aparecer en el actual conflicto en Medio Oriente con bombardeos contra plantas desalinizadoras, instalaciones esenciales para el abastecimiento de agua de millones de personas en la región.
Una planta de desalinización en Bahrein sufrió daños el domingo tras un ataque con drones iraníes, según informaron autoridades locales. El episodio ocurrió apenas un día después de que Teherán denunciara un ataque similar contra una instalación en la isla de Qeshm, en Irán, que habría afectado el suministro de agua de unos 30 pueblos.
El incidente —y el posterior bombardeo iraní contra una planta desalinizadora en Bahrein— ha despertado temores de que la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán pueda derivar en ataques más amplios contra infraestructuras hídricas críticas en el Golfo Pérsico, poniendo en riesgo el suministro de agua para millones de personas.
Por ahora, este tipo de agresiones siguen siendo limitadas. Sin embargo, expertos advierten que podrían tener consecuencias devastadoras si se multiplican. “El primero que se atreva a atacar el agua desencadenará una guerra mucho más devastadora que la actual”, advirtió Esther Crauser-Delbourg, economista especializada en recursos hídricos.
En una de las regiones más áridas del planeta –donde el acceso al agua es hasta diez veces inferior al promedio mundial, según el Banco Mundial– las plantas desalinizadoras desempeñan un papel fundamental para el abastecimiento de agua potable y para la actividad económica.
Medio Oriente concentra alrededor del 42% de la capacidad mundial de desalinización, de acuerdo con un estudio reciente publicado en la revista Nature.
La dependencia de estas instalaciones es enorme: en Emiratos Árabes Unidos, el 42% del agua potable proviene de plantas desalinizadoras; en Arabia Saudita la proporción alcanza el 70%, en Omán el 86% y en Kuwait el 90%, según datos del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (Ifri).
“Allí, sin agua desalinizada, no hay nada”, resume Crauser-Delbourg, especialmente en grandes ciudades como Dubai o Riad.
La importancia estratégica de estas instalaciones no es nueva. Ya en 2010, un informe de la CIA advertía que la interrupción de las plantas desalinizadoras en los países árabes podría tener consecuencias más graves que la pérdida de cualquier otra industria o recurso.
Dos años antes, en 2008, un cable diplomático estadounidense revelado por Wikileaks señalaba que Riad podría tener que ser evacuada en el plazo de una semana si la planta desalinizadora de Jubail –que abastece a la capital saudita– o sus oleoductos quedaran gravemente dañados o destruidos.
Además de los ataques militares, estas plantas son vulnerables a otros factores, como cortes de energía o la contaminación del agua de mar, especialmente en caso de mareas negras, señalaron expertos.
“Se ha reforzado la seguridad en los accesos y los controles en el perímetro inmediato de las instalaciones”, explicó Philippe Bourdeaux, director para África y Medio Oriente de la empresa francesa Veolia, que opera plantas en Arabia Saudita y Omán.
“Los acontecimientos recientes nos obligan a mantener una vigilancia constante”, añadió. En algunos países, precisó, las autoridades han desplegado baterías antimisiles alrededor de las plantas más grandes para protegerlas de drones o proyectiles.
En el caso de derrames de petróleo, los operadores también cuentan con herramientas para limitar los efectos sobre el sistema de filtrado y captación de agua.
En la última década se registraron algunos ataques contra instalaciones de desalinización. Yemen y Arabia Saudita se bombardearon mutuamente durante su conflicto, y en Gaza varias plantas fueron alcanzadas por ataques israelíes, según el registro de conflictos relacionados con el agua que mantiene el centro de investigación estadounidense Pacific Institute.
Antes de 2016, el antecedente más significativo se remonta a la Guerra del Golfo de 1991.
Las consecuencias de un ataque pueden ir desde interrupciones puntuales del suministro hasta una crisis de gran escala si los daños se prolongan.
“Podríamos ver grandes ciudades enfrentando evacuaciones o racionamientos de agua”, advirtió Crauser-Delbourg.
También se generarían efectos en cadena sobre la economía, en sectores como el turismo, la industria o los centros de datos, que consumen grandes volúmenes de agua para refrigeración.
Sin embargo, existen ciertos mecanismos de protección. Muchas plantas desalinizadoras están interconectadas, lo que permite compensar la interrupción de una instalación con la producción de otras.
Además, los sistemas suelen contar con reservas equivalentes a entre dos y siete días de consumo, lo que puede evitar crisis inmediatas siempre que los daños no se prolonguen demasiado.
En el caso de Irán, el riesgo se ve agravado por una crisis hídrica que ya existía antes de la guerra. El país enfrenta desde hace años una grave escasez de agua provocada por el cambio climático, el uso intensivo en la agricultura y décadas de mala gestión de los recursos.
Teherán, una ciudad de unos diez millones de habitantes, sufrió sequías persistentes y el año pasado las precipitaciones cayeron cerca de un 45% por debajo de lo normal. Las represas y reservorios que abastecen a la capital operaban con niveles mínimos y las autoridades meteorológicas advirtieron que varias ciudades estaban al borde del llamado “día cero del agua”, cuando los sistemas de suministro dejan de funcionar.
Expertos señalan que, además del cambio climático, la crisis se profundizó por decisiones políticas adoptadas durante décadas. Tras la Revolución Islámica de 1979, Irán aceleró la construcción de represas y embalses en busca de autosuficiencia hídrica, pero muchas de esas obras fueron levantadas en lugares poco adecuados y hoy varios reservorios están casi vacíos.
Un estudio publicado en 2024 sobre 1700 reservas de agua en 40 países concluyó que 32 de los 50 acuíferos más sobreexplotados del mundo se encuentran en Irán, una señal de la presión extrema que sufre el sistema hídrico del país.
Según especialistas, la combinación de escasez estructural de agua y devastación económica causada por la guerra podría agravar la inseguridad alimentaria y provocar desplazamientos de población en los próximos años.
Agencia AFP y diario The New York Times

