Los huevos son un superalimento que están en los hogares de todo el país. Desde el momento en el que uno los compra, existen ciertos lineamientos a tener en cuenta para cuidar el producto y, por consiguiente, preservar nuestra salud.
Uno de los grandes errores que se comete es lavar o limpiar los huevos antes de guardarlos en la heladera o dejarlos en el maple al aire libre. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) el contacto con el agua debe postergarse estrictamente hasta el momento previo a su cocción. La razón técnica reside en la existencia de la cutícula, una fina capa proteica natural que recubre la cáscara y actúa como una barrera biológica sellando sus poros.
Al lavar los huevos de manera anticipada, esta protección desaparece, permitiendo que microorganismos patógenos —con especial énfasis en la Salmonella— penetren con mayor facilidad en el interior del alimento, aprovechando incluso microfisuras imperceptibles al ojo humano.
Por este motivo, los especialistas recomiendan que, en caso de presentar suciedad visible tras la compra, se opte por una limpieza en seco utilizando un paño o papel absorbente. De esta manera, se preserva la integridad de la barrera natural durante el período de refrigeración, limitando el uso de agua y jabón exclusivamente para los ejemplares que serán procesados e ingeridos de forma inmediata, garantizando así los estándares de seguridad alimentaria en el hogar.
La forma de cocinar los huevos marca una diferencia significativa en la alimentación diaria y en la calidad de los nutrientes que el organismo absorbe. Aunque los métodos tradicionales como los huevos fritos o revueltos dominan los hábitos de las familias argentinas, los especialistas en nutrición coinciden en que existen otras técnicas más saludables.
El método óptimo para cocinar este alimento consiste en hervirlo o pasarlo por agua, ya que estas variantes permiten conservar vitaminas y proteínas clave sin recurrir al uso de grasas añadidas.
Cómo hacer huevos durosLa recomendación técnica se fundamenta en beneficios concretos para el metabolismo. Al prescindir del aceite, el consumidor evita la incorporación de calorías innecesarias y previene la oxidación de grasas, lo cual facilita el proceso de digestión. Según los expertos, esta técnica protege los componentes esenciales del huevo al no someterlo a temperaturas extremas. De esta manera, el alimento mantiene niveles óptimos de proteínas, vitales para el desarrollo muscular, junto con vitaminas esenciales como la B12 y la D. Una yema que conserva una textura cremosa contribuye, además, a una digestión más sencilla y eficiente para el cuerpo humano.
El factor temporal adquiere una relevancia central en el resultado final. La sugerencia general establece un rango de entre seis y ocho minutos de cocción, medida que permite ajustar la consistencia de la yema según las preferencias individuales. El equipo de expertos advierte que exceder este tiempo de cocción resulta contraproducente. Un período prolongado en el agua hirviendo endurece la yema, altera su textura y, lo más importante, merma parte de las propiedades nutricionales del producto. Por lo tanto, alcanzar el punto justo de cocción significa encontrar un equilibrio necesario entre la seguridad alimentaria, la calidad gastronómica y la preservación del valor nutricional original.
Este contenido fue producido por un equipo de LA NACION con la asistencia de la IA



En el año de 1976, Telmex recibió un título de concesión mediante el cual se le permitía instalar, operar y mantener una red pública de telecom