México se ha entusiasmado con el nearshoring. Contamos contenedores, anunciamos parques industriales y celebramos los flujos de inversión extranjera como si esas cifras, por sí solas, explicaran el momento económico del país. Desde la frontera norte, el panorama parece alentador.
Sin embargo, basta revisar los datos de productividad para que el relato empiece a fallar.
Se habla de una etapa histórica de inversión, pero la producción por trabajador permanece prácticamente estancada. No se trata de una contradicción inexplicable. Es un problema de medición. Estamos intentando evaluar una economía de 2026 con indicadores diseñados para los años noventa.
Mientras el debate público se concentra en aranceles, reformas judiciales o tensiones regulatorias, una transformación mucho más silenciosa avanza fuera del radar. No ocurre únicamente en las grandes plantas industriales, sino en miles de pequeños negocios que están incorporando tecnología de forma pragmática para sobrevivir.
Un diseñador independiente en la colonia Roma hoy puede producir lo que antes requería un equipo completo, apoyado en herramientas de inteligencia artificial generativa. Un comerciante en la Central de Abastos organiza su logística mediante automatizaciones simples en WhatsApp. Un despacho legal pequeño reduce costos automatizando contratos en lugar de ampliar su plantilla. Estas decisiones no aparecen como inversión en las estadísticas oficiales, pero están alterando de manera estructural la forma de trabajar.
Esta es la economía cognitiva invisible del país. Y hoy, para efectos estadísticos, prácticamente no existe.
El problema no es exclusivo de México. En Estados Unidos, diversos economistas han advertido que el gasto en inteligencia artificial se está clasificando como costo operativo y no como inversión en capital productivo. El resultado es una subestimación de la productividad presente y una lectura incompleta de la capacidad futura. Si ese sesgo ya es relevante en economías avanzadas, su impacto en México puede ser mayor, dado el peso de la informalidad y de las micro y pequeñas empresas.
A esto se suma un factor clave: el territorio.
Un índice nacional de adopción de IA dice poco. Los promedios diluyen la realidad. Pueden sugerir que el país avanza cuando, en la práctica, son solo algunos municipios de altos ingresos, como San Pedro Garza García, Polanco o ciertos corredores industriales de Querétaro, los que están incorporando tecnología de forma sistemática, mientras amplias regiones permanecen rezagadas.
Por ello, México no necesita otro ranking agregado. Necesita un Índice Municipal de Inteligencia Artificial.
Sin información granular, la IA corre el riesgo de convertirse en un poderoso amplificador de desigualdad. Si no sabemos qué gobiernos locales están digitalizando servicios y cuáles no, normalizamos que millones de ciudadanos sigan enfrentando trámites en papel, procesos lentos y baja calidad institucional.
En este contexto, la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones puede desempeñar un papel estratégico. Más allá de consideraciones políticas, su mandato de simplificación y digitalización, junto con herramientas como la identidad digital y la infraestructura en la nube, ofrece una oportunidad inédita para observar la adopción tecnológica en tiempo real.
En coordinación con el INEGI, la agencia podría desarrollar un barómetro municipal que permita identificar avances, rezagos y brechas reales. No como ejercicio de comunicación, sino como insumo para política pública. Saber, por ejemplo, si un municipio rural en Oaxaca está utilizando herramientas digitales para mejorar servicios o si permanece completamente desconectado.
Sin esta medición, el discurso sobre soberanía tecnológica queda vacío. No se puede gobernar ni corregir aquello que no se mide.
Hoy, México intenta conducir una economía cada vez más digital con instrumentos de otra época. La transformación ya está en marcha. La pregunta es si tendremos la capacidad de verla con claridad y de asegurar que sus beneficios no se concentren solo en los mismos lugares de siempre.

