Confieso que muchas veces siento que no encajo, soy mexicano, sin embargo no me gusta comer enchilado, mi promedio de lectura está lejos de tres libros al año y puedo confesar algo que suena a herejía en Regiolandia… el futbol me da igual.
Pero este 2026 trae un futbol muy peculiar, uno que se convierte en escenario donde unas 6,000 millones de personas ponen atención: el Mundial de la FIFA.
A diferencia de hace cuatro décadas, en esta ocasión la sede es tripartita, por lo que el foco de atención se diluye… aun así Nuevo León está dispuesto a gastar como si todos los partidos fueran a ser en Monterrey.
Y entiendo la lógica. Aunque sean solo cuatro juegos en la casa de los “Rashados”, el Mundial no es solo futbol: es cámara, narrativa y foco global. El problema es cuando confundimos foco con legado. La cámara durará 360 minutos; la factura nos va a durar años.
Hace unos días hablé con el dueño de una Pyme de Apodaca que vive con la ansiedad operativa de estos tiempos. Me dijo: “César, antes yo me iba en carretera a visitar clientes al Bajío. Hoy lo urgente vuela… y yo también. Lo que mando por tierra va con colchón, con plan B y con una oración.” No estaba siendo dramático. Estaba describiendo lo que tiene que hacer un negocio cuando el contexto mete variabilidad por donde se espera rutina.
Ahí es donde el Mundial y la economía regional se dan la mano…pero de forma incómoda. Porque la discusión pública se va a ir por la foto: vialidades, estadio, turismo, la ciudad “puesta guapa”. Y mientras tanto, la Pyme está preguntando otra cosa: ¿podré mover gente y mercancía con confiabilidad cuando el reflector se apague?
Brasil es el espejo que nadie quiere colgar en la sala. No porque “se haya caído por el Mundial” (eso es una simplificación muy corta) sino porque nos recuerda qué pasa cuando un país cree que el evento es estrategia. El gigante sudamericano entró en una recesión profunda a partir de 2014 por diversas causas; por ejemplo, el Banco Mundial reportó una contracción de 3.8% del PIB en 2015. Lo que dejó resaca no fue la fiesta en sí: fue la fantasía de que el aplauso sustituye a la productividad.
Y aquí viene lo interesante: mientras por un lado apostamos a un megaevento (y aprovechamos para la foto), por otro lado el mercado está haciendo su propia jugada para “coser” el país. La alianza de Viva y Volaris anunciada el pasado 18 de diciembre nace de una idea pragmática: ampliar conectividad y bajar costos con escala.
Por aire, el país intenta integrarse mejor. Por tierra, se nos sigue desintegrando en tramos con soldados en tenis.
No podemos tapar el sol con un dedo. Cuando la carretera se vuelve incierta, el “mercado accesible” de una Pyme se encoge aunque el mapa diga lo contrario. No es solo el robo, es la variabilidad: rutas que cambian, horarios que se recortan, decisiones de “ya no salgo de noche”, seguros más caros y un costo financiero silencioso por inventario y reprogramación. Y lo peor: buena parte de ese costo no se presume, solo se absorbe.
Entonces, ¿qué tiene que ver Regiolandia con todo esto? Mucho. Porque el Mundial puede ser un acelerador de decisiones: inversión, infraestructura, coordinación entre niveles, presión por “llegar”. Y al mismo tiempo, la región compite por convertirse en un nodo real de negocios, no solo en un set de televisión. Eso se construye con movilidad y confiabilidad, no con relees de Instagram.
Para una Pyme local, la lectura práctica es cruda pero útil:
Primero, si el entorno terrestre se mantiene friccionado, la conectividad aérea se vuelve un salvavidas para lo crítico: visitas comerciales, urgencias, refacciones, muestras, cierres. La alianza aérea, si se materializa, puede ayudar a que ese salvavidas sea más accesible y frecuente. Pero no sustituye el volumen que viaja por tierra: solo reduce la probabilidad de que un paro de línea, una entrega crítica o un “cliente enojado” se conviertan en desastre.
Segundo, el Mundial va a traer una demanda temporal, pero las Pymes que ganan no son las que “se suben al tren”, sino las que convierten el pico en capacidad: estandarizar servicio, clarificar promesas, profesionalizar cobros, mejorar tiempos, hacer que la operación aguante el estrés sin romperse. Ahí es donde el legado se vuelve real: no en el estadio, sino en el sistema operativo de las empresas.
Tercero, si algo nos enseñó Brasil es que la resaca no viene por hacer algo grande; viene por creer que lo grande es suficiente. El Mundial no paga la nómina. La paga tu capacidad de cumplir cuando el contexto aprieta.
Mi perspectiva, es que el Mundial es una gran foto para nuestra región, sí. Pero el verdadero partido se juega en si podemos usar ese reflector para atacar lo que de verdad frena a quien hace que la economía fluya: las Pymes, que hoy lidian con variabilidad logística, movilidad, y un país que por aire se conecta y por carretera se vuelve un “depende”.
Porque cuando se vayan las cámaras, lo único que queda es lo que sí funciona.

