La COP 30 que terminó hace una semana en Belem, Brasil, no sólo fue otro ritual de autoflagelo, y de promesas irrealizables, sino que evidenció la futilidad de todo el sistema multilateral de Cambio Climático. Es cierto que se logró mantener el diálogo, y que formalmente no se desfondó este sistema, pero también es verdad que quedó constatada su irrelevancia. Fue el parto de los montes. Sus resultados consistieron en un texto anodino, que ni siquiera menciona a los combustibles fósiles, y en nuevas promesas incumplibles de dinero para países pobres, envueltas, eso sí, en lenguaje políticamente correcto. Esto, para consumo interno de burocracias nacionales y de Naciones Unidas, y de ONG que se alimentan del plancton que arrojan a la pecera fundaciones internacionales. Fue frustrante que ni siquiera se haya podido avanzar significativamente en el mercado de carbono, ni en la importante propuesta de Brasil para proteger los bosques tropicales. Diez años después del Acuerdo de París, y 28 años después del Protocolo de Kioto, las emisiones globales de Gases de Efecto Invernadero (GEI) siguen creciendo. Superan en la actualidad 58 mil millones de toneladas (gigatoneladas) anuales, mientras el planeta se encamina a un aumento en la temperatura promedio en torno a 3°C, muy por encima del objetivo-mantra de 1.5°C del propio Acuerdo de París. Tal escenario ya se ve, cínica o resignadamente, como inevitable. Algunos lo consideran “realismo climático”. Lo que es inevitable deja de ser un problema. No hay forma de que el mundo se deshaga a tiempo de los combustibles fósiles. Así, habrá que esperar el derretimiento masivo de los casquetes polares y del permafrost (y la posible liberación y reanimación de antiguos virus potencialmente letales), la muerte generalizada de corales, acidificación de los océanos, infernales tormentas de fuego por incendios forestales, huracanes más frecuentes e intensos (esto puede ser discutible), cambios dramáticos en patrones de precipitación y sequías, crisis por escasez de agua, dislocación de la agricultura, extinción de la Amazonia, mortíferas ondas de calor, e incluso, la paralización de la Corriente del Atlántico Norte que le permite a Europa vivir con un clima relativamente benigno. Pero los costos de abandonar los combustibles fósiles a muchos les parecen demasiado elevados, y las consecuencias del calentamiento global empiezan a considerarse sin pudor, como manejables. Las fronteras entre la resignación, el cinismo y el pragmatismo se hacen cada vez más borrosas. Ayuda mucho a este “realismo” que los pronósticos tengan una considerable incertidumbre en torno a trayectorias de emisiones, sensibilidad del clima a diferentes concentraciones de CO2 en la atmósfera, respuestas de los ciclos o metabolismo de carbono planetario, absorción de CO2 en océanos y ecosistemas terrestres, papel de las nubes en mitigar el calentamiento, y a las emisiones de CO2 y Metano por el derretimiento del permafrost en las regiones subárticas. Los “realistas” piensan que el aumento en la temperatura tal vez no sea tan pronunciado. ¿Vale la pena correr tales riesgos? Ellos creen que sí; y que además no hay alternativa. Confían que con el tiempo los riesgos bajen de categoría: de apocalípticos a catastróficos a simplemente desastrosos. O puede ser que pronto se inicie otra era glacial, y eso resuelva todo. Consideran, además, que la Tierra se ha calentado y enfriado cíclicamente, y la vida sigue. En todo caso, es obvio que la fuerza de los combustibles fósiles es mucho mayor que la fuerza de las COP, de las burocracias internacionales, y de las ONG. Simplemente, las aspiraciones e intereses reales de los consumidores, de las sociedades, y de los gobiernos son incompatibles con 1.5°C. Igualmente es claro que nuestras tasas de descuento inter-temporales son altísimas, y que, por tanto, nos tienen sin cuidado el futuro lejano y las generaciones futuras. Además, muchos ambientalistas se oponen a la minería en tierra y a la minería submarina, sin lo cual es imposible suministrar los materiales necesarios para la transición energética: litio, cobalto, grafito, manganeso, níquel, cobre, tierras raras, uranio. Otros, obtusamente, se siguen oponiendo a la energía nuclear, y ahora, también, a las grandes centrales eólicas en tierra y off shore, solares, y geotérmicas, que requieren Fracking o Fractura Hidráulica a miles de metros de profundidad. Simplemente, las preferencias netas de la sociedad global no favorecen a una lucha eficaz contra el cambio climático en los términos de las COP´s.La COP 30 que terminó hace una semana en Belem, Brasil, no sólo fue otro ritual de autoflagelo, y de promesas irrealizables, sino que evidenció la futilidad de todo el sistema multilateral de Cambio Climático. Es cierto que se logró mantener el diálogo, y que formalmente no se desfondó este sistema, pero también es verdad que quedó constatada su irrelevancia. Fue el parto de los montes. Sus resultados consistieron en un texto anodino, que ni siquiera menciona a los combustibles fósiles, y en nuevas promesas incumplibles de dinero para países pobres, envueltas, eso sí, en lenguaje políticamente correcto. Esto, para consumo interno de burocracias nacionales y de Naciones Unidas, y de ONG que se alimentan del plancton que arrojan a la pecera fundaciones internacionales. Fue frustrante que ni siquiera se haya podido avanzar significativamente en el mercado de carbono, ni en la importante propuesta de Brasil para proteger los bosques tropicales. Diez años después del Acuerdo de París, y 28 años después del Protocolo de Kioto, las emisiones globales de Gases de Efecto Invernadero (GEI) siguen creciendo. Superan en la actualidad 58 mil millones de toneladas (gigatoneladas) anuales, mientras el planeta se encamina a un aumento en la temperatura promedio en torno a 3°C, muy por encima del objetivo-mantra de 1.5°C del propio Acuerdo de París. Tal escenario ya se ve, cínica o resignadamente, como inevitable. Algunos lo consideran “realismo climático”. Lo que es inevitable deja de ser un problema. No hay forma de que el mundo se deshaga a tiempo de los combustibles fósiles. Así, habrá que esperar el derretimiento masivo de los casquetes polares y del permafrost (y la posible liberación y reanimación de antiguos virus potencialmente letales), la muerte generalizada de corales, acidificación de los océanos, infernales tormentas de fuego por incendios forestales, huracanes más frecuentes e intensos (esto puede ser discutible), cambios dramáticos en patrones de precipitación y sequías, crisis por escasez de agua, dislocación de la agricultura, extinción de la Amazonia, mortíferas ondas de calor, e incluso, la paralización de la Corriente del Atlántico Norte que le permite a Europa vivir con un clima relativamente benigno. Pero los costos de abandonar los combustibles fósiles a muchos les parecen demasiado elevados, y las consecuencias del calentamiento global empiezan a considerarse sin pudor, como manejables. Las fronteras entre la resignación, el cinismo y el pragmatismo se hacen cada vez más borrosas. Ayuda mucho a este “realismo” que los pronósticos tengan una considerable incertidumbre en torno a trayectorias de emisiones, sensibilidad del clima a diferentes concentraciones de CO2 en la atmósfera, respuestas de los ciclos o metabolismo de carbono planetario, absorción de CO2 en océanos y ecosistemas terrestres, papel de las nubes en mitigar el calentamiento, y a las emisiones de CO2 y Metano por el derretimiento del permafrost en las regiones subárticas. Los “realistas” piensan que el aumento en la temperatura tal vez no sea tan pronunciado. ¿Vale la pena correr tales riesgos? Ellos creen que sí; y que además no hay alternativa. Confían que con el tiempo los riesgos bajen de categoría: de apocalípticos a catastróficos a simplemente desastrosos. O puede ser que pronto se inicie otra era glacial, y eso resuelva todo. Consideran, además, que la Tierra se ha calentado y enfriado cíclicamente, y la vida sigue. En todo caso, es obvio que la fuerza de los combustibles fósiles es mucho mayor que la fuerza de las COP, de las burocracias internacionales, y de las ONG. Simplemente, las aspiraciones e intereses reales de los consumidores, de las sociedades, y de los gobiernos son incompatibles con 1.5°C. Igualmente es claro que nuestras tasas de descuento inter-temporales son altísimas, y que, por tanto, nos tienen sin cuidado el futuro lejano y las generaciones futuras. Además, muchos ambientalistas se oponen a la minería en tierra y a la minería submarina, sin lo cual es imposible suministrar los materiales necesarios para la transición energética: litio, cobalto, grafito, manganeso, níquel, cobre, tierras raras, uranio. Otros, obtusamente, se siguen oponiendo a la energía nuclear, y ahora, también, a las grandes centrales eólicas en tierra y off shore, solares, y geotérmicas, que requieren Fracking o Fractura Hidráulica a miles de metros de profundidad. Simplemente, las preferencias netas de la sociedad global no favorecen a una lucha eficaz contra el cambio climático en los términos de las COP´s.

COP 30, futilidad y realismo climático

La COP 30 que terminó hace una semana en Belem, Brasil, no sólo fue otro ritual de autoflagelo, y de promesas irrealizables, sino que evidenció la futilidad de todo el sistema multilateral de Cambio Climático. Es cierto que se logró mantener el diálogo, y que formalmente no se desfondó este sistema, pero también es verdad que quedó constatada su irrelevancia. Fue el parto de los montes. Sus resultados consistieron en un texto anodino, que ni siquiera menciona a los combustibles fósiles, y en nuevas promesas incumplibles de dinero para países pobres, envueltas, eso sí, en lenguaje políticamente correcto. Esto, para consumo interno de burocracias nacionales y de Naciones Unidas, y de ONG que se alimentan del plancton que arrojan a la pecera fundaciones internacionales. Fue frustrante que ni siquiera se haya podido avanzar significativamente en el mercado de carbono, ni en la importante propuesta de Brasil para proteger los bosques tropicales. Diez años después del Acuerdo de París, y 28 años después del Protocolo de Kioto, las emisiones globales de Gases de Efecto Invernadero (GEI) siguen creciendo. Superan en la actualidad 58 mil millones de toneladas (gigatoneladas) anuales, mientras el planeta se encamina a un aumento en la temperatura promedio en torno a 3°C, muy por encima del objetivo-mantra de 1.5°C del propio Acuerdo de París. Tal escenario ya se ve, cínica o resignadamente, como inevitable. Algunos lo consideran “realismo climático”. Lo que es inevitable deja de ser un problema. No hay forma de que el mundo se deshaga a tiempo de los combustibles fósiles. Así, habrá que esperar el derretimiento masivo de los casquetes polares y del permafrost (y la posible liberación y reanimación de antiguos virus potencialmente letales), la muerte generalizada de corales, acidificación de los océanos, infernales tormentas de fuego por incendios forestales, huracanes más frecuentes e intensos (esto puede ser discutible), cambios dramáticos en patrones de precipitación y sequías, crisis por escasez de agua, dislocación de la agricultura, extinción de la Amazonia, mortíferas ondas de calor, e incluso, la paralización de la Corriente del Atlántico Norte que le permite a Europa vivir con un clima relativamente benigno. Pero los costos de abandonar los combustibles fósiles a muchos les parecen demasiado elevados, y las consecuencias del calentamiento global empiezan a considerarse sin pudor, como manejables. Las fronteras entre la resignación, el cinismo y el pragmatismo se hacen cada vez más borrosas. Ayuda mucho a este “realismo” que los pronósticos tengan una considerable incertidumbre en torno a trayectorias de emisiones, sensibilidad del clima a diferentes concentraciones de CO2 en la atmósfera, respuestas de los ciclos o metabolismo de carbono planetario, absorción de CO2 en océanos y ecosistemas terrestres, papel de las nubes en mitigar el calentamiento, y a las emisiones de CO2 y Metano por el derretimiento del permafrost en las regiones subárticas. Los “realistas” piensan que el aumento en la temperatura tal vez no sea tan pronunciado. ¿Vale la pena correr tales riesgos? Ellos creen que sí; y que además no hay alternativa. Confían que con el tiempo los riesgos bajen de categoría: de apocalípticos a catastróficos a simplemente desastrosos. O puede ser que pronto se inicie otra era glacial, y eso resuelva todo. Consideran, además, que la Tierra se ha calentado y enfriado cíclicamente, y la vida sigue. En todo caso, es obvio que la fuerza de los combustibles fósiles es mucho mayor que la fuerza de las COP, de las burocracias internacionales, y de las ONG. Simplemente, las aspiraciones e intereses reales de los consumidores, de las sociedades, y de los gobiernos son incompatibles con 1.5°C. Igualmente es claro que nuestras tasas de descuento inter-temporales son altísimas, y que, por tanto, nos tienen sin cuidado el futuro lejano y las generaciones futuras. Además, muchos ambientalistas se oponen a la minería en tierra y a la minería submarina, sin lo cual es imposible suministrar los materiales necesarios para la transición energética: litio, cobalto, grafito, manganeso, níquel, cobre, tierras raras, uranio. Otros, obtusamente, se siguen oponiendo a la energía nuclear, y ahora, también, a las grandes centrales eólicas en tierra y off shore, solares, y geotérmicas, que requieren Fracking o Fractura Hidráulica a miles de metros de profundidad. Simplemente, las preferencias netas de la sociedad global no favorecen a una lucha eficaz contra el cambio climático en los términos de las COP´s.

En este escenario, la sola esperanza que le queda al planeta es China, con su formidable capacidad de innovación tecnológica y gigantescas economías de escala, que han hecho a las energías limpias más baratas que las energías fósiles, lo que permite adoptarlas masivamente en todo el mundo, independientemente de lo que se diga en las COP´s. China también inunda los mercados internacionales con vehículos eléctricos y baterías a precios muy bajos, además de que ofrece trenes de alta velocidad y centrales nucleares a costos extraordinariamente accesibles, e ingeniería y tecnología de punta para redes eléctricas inteligentes. Es el único camino que nos queda.

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